En realidad, quizás el pajero sea yo, que no estoy muy embarcado en la lucha por el sentido común para la que, creo, existen ya otros canales más masivos que este humilde blog. Que suele ser brillante, ojo. Bah, no, pero tampoco es tan mediocre, convengamos. Son esos canales, más masivos, coto de caza de oportunistas. Y no se si está bien o no (algunos compañeros están convencidos de que no), pero esto es capitalismo, muchachos. Y el relato en nuestro país no roza niveles venezolanos como para mentirnos que caminamos hacia un socialismo que no existe. En Latinoamérica, que es el lugar en el mundo en que están actualizándose viejas ideas con algún sentido humanista, social, no existe. Y es, a la vez, el rincón más progresista del mundo. Qué jodido que está, ¿eh? Menos que antes (por estos lares, por lo menos), pero a veces pareciera que el horizonte es la imposibilidad.
Clarín miente, Lanata mienten. No explicitan cuál es el plan del establishment (el de De Narváez, supongo sin mucho temor a equivocarme). El oficialismo, por su lado, a veces, muchas, pinta con épica cuestiones que harían bien en ser patinadas con gris weberiano. Y tampoco explica el plan aunque uno lo intuya y apoye definitivamente hacia dónde se dirige. Como también detesta el plan que desde el clarinismolanatista impulsan, y compran -junto con la inexistencia electoral-, políticos pre-kirchneristas. Lamento si lo anterior es una repetición de esto.
Más allá de posicionamientos actuales o expectativas electorales, hay algunas cositas, tres o cuatro, ponele. O una, en la que todos deberíamos estar de acuerdo: que el piso sea siempre este (o el inmediato anterior, si conseguimos avanzar algún escalón más). Nunca menos. Y desde ahí partir para encontrar los mecanismos que permitan ir por más. Sí, muy lindo el voto a los 16 pero cómo seguimos mandando a los chicos a la Universidad con una economía que se mueve, en una medida importante, por canales informales (y en la que conseguir acortar la brecha de desigualdad cuesta tanto). O cómo hacemos que ésta, la economía, sea mayormente formal si eso significa parálisis, caos de tránsito y el largo etcétera de la conflictividad social como corolario de la Guerra de Tronos georgerrmartiniana. Ponernos de acuerdo en 4 o 5 cositas cuando el sistema política peronista -que es en buena medida el argentino-, al que califican como verticalista tiránico, es un conglomerado de liderazgos provinciales que aceptan un paraguas nacional, si les conviene, es difícil. ¿Quién asume el costo, sin reparto de dividendos, de una reforma impositiva? ¿Quién es el terrateniente buenito que la aceptaría sin poner al nuevo De Ángeli en cámara para que llore la tristeza de los niños ricos? ¿Cómo hacemos para salir de una lógica en la que las minorías intensas se disputan a las mayorías silenciosas con argumentos que datan de 2008? O cómo hacemos para escuchar a esas nixonianas mayorías silenciosas entre el ruido.
Nuestra historia indica que para conseguir cambios en serio se necesita una alianza policlasista que va mucho más allá del poder meramente institucional. Si nos encorsetamos uceerrísticamente dentro de los límites del republicanismo, los de abajo están fritos. Lo sabemos. Pero tampoco alcanza sola o mayormente con el poder del Estado. Se necesita un poco más: sindicatos, organizaciones sociales, el empresariado, medios de comunicación, etc. (antes, esta enumeración hubiera debido consignar a las FF.AA.). La estrategia de acumulación kirchnerista ha sabido dotar al Estado de mayores recursos, pero registra en el debe (quizás se trate sólo de un sueño, pienso ahora) ese "un poco más" que podría permitir, sí, que los enunciados comparando al kirchnerismo con el chavismo, el chauchescucismo y el fin de la república gocen de algún asidero en la realidad.
Repitamos, una vez más, que sólo debería ser posible el post-kirchnerismo. Entendido, claro, como comprensión y aprehensión del kirchnerismo. Desalienta escuchar que se piense que sólo Cristina puede garantizar alguna clase de post-kirchnerismo, que se ensaya ya, aunque no en lo discursivo (que es también, claro, mirá si después de hacer tanto discurso no lo vamos a reconocer, importante: mientras más radicalizada una posición, mayor espacio le entrega a la contraria, o siguiente, que puede sentirse bien cómoda ocupando el polo opuesto cerca de su extremo. El eterno péndulo). Entristece aún más que no exista un debate al respecto. Y llama a la franca desazón, a uno que no es opositor (imaginen entonces cómo se siente un opositor/odiador que se alimenta de PPT), que no exista una oposición política seria -y en serio- que se piense alternativa de poder y sea capaz de explicar su visión de país y futuro. Sus alianzas. Uno mira las opciones y es hasta capaz de votar Diana Conti 2015 aunque milite, racionalmente, en el antiultradianacontismoeterno.
Es lo que supimos, hasta ahora, conseguir. Nada muy distinto a cualquiera de nuestros países vecinos o a cualquier país serio e imperialista del mundo, ¿eh?
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