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lunes, 23 de octubre de 2017

Follow the yellow brick road a 2019

Pese a encontrarse con un Congreso en buena medida adverso, en 2015 se dijo que Macri contaría con el PEN, PBA y CABA, los mayores presupuestos a nivel nacional y un esquema de poder distinto al del kirchnerismo inicial, que debió apalancarse en la opinión pública y los resultados económicos para alinear a su grupo de poder. El macrismo entra en una van —metáfora de aquel kirchnerismo— pero debe negociar con pocos afuera para arribar a sus consensos, bastante estándares para el credo liberalconservador, debemos agregar.

Ese macrismo, que en palabras de Michetti agredece a los héroes que bancaron el cambio y aún no lo sienten —eslogan sintomático de la economía y política comunicacional macrista si los hay—, puede decir sin faltar a la verdad que triunfó en su primer test electoral en el poder. Podrían tentarse entonces, cuando encuentren algunas (pocas) resistencias para sus cacareadas reformas, a nuestro conocido “si no les gusta, armen un partido y ganen las elecciones". Lo dirán sus periodistas, sin dudas, pero en lo que a manejo de percepciones se refiere tendrán tino, y lo demuestra el hecho de que apuntaran y acertaran en sus blancos: desbancaron a Urtubey en Salta y destrozaron a Massa en PBA y hasta en Tigre. Los peronistas blancos que se autoconstruían y eran publicitados por los medios porteños como alternativas racionales para una continuidad macrista fueron los grandes derrotados en estas legislativas.

El massismo esperaba conservar en este 2017 los casi 20 puntos con los que resistió con aguante en 2015. Era lo que Ias encuestas prePASO le auguraban. Se acercó, en cambio, al 15%, perdiendo casi los mismos puntos que sumó la lista de María Eugenia Vidal - María Eugenia Vidal (sic) por sobre lo que le pronosticaban en agosto. Anoche, la lista Massamarga (licencia poética) apenas arañó los 11 puntos, pudiendo sumarse su pérdida y la mayor participación para explicar el resultado cambiemista en PBA. Resulta así evidente que el cálculo político de Massa en 2015, de evitar un triunfo peronista y favorecer una alternancia que lo posicionara mejor de cara al pejotismo, resultó nuevamente fallido. Ya le había ocurrido en 2013/2014. Ahora, en la derrota salteña del urtubeycismo, ¿cuánto hubo de castigo por su macrifriendlismo si la Unidad Ciudadana provincial alcanzó el 22,5%, a escaso punto y medio de la lista del gobernador? ¿Y cuánto dirigió de su propio voto Urtubey hacia la lista amarilla con tanto elogio al macrismo? La ancha avenida podía ser una alternativa de emergencia al kirchnerismo, más para el Círculo Rojo que para un sujeto social inexistente. Y negar al kirchnerismo, que interpela a un colectivo, no resultó ganador. Ambos, Urtubey y Massa, prefirieron extemporáneamente la construcción de su perfil nacional antes que el resguardo de sus territorios. Y lo pagaron caro.

Quienes entendieron que las elecciones eran distritales —y sólo nacionales para Macri— fueron los gobernadores peronistas que consiguieron triunfos en sus provincias. El peronismo aguanta los trapos en Tucumán (y Manzur ya lanzó su campaña 2019), Catamarca, Formosa, La Pampa, Río Negro, San Luis, San Juan, ¿Misiones?, ¿Santiago del Estero? El caso tucumano resultó una prolongación de lo que escribimos en relación a las PASO, así que poco queda por agregar más que Manzur puede aspirar ahora a nacionalizar su figura (al contrario de lo que señalamos de Urtubey) y que José Cano puede correr la suerte de otros derrotados consuetudinarios. ¿Hay espacio para una liga de gobernadores? Bastante menos que el que hubo para condicionar y negociar con De la Rúa (el PJ contaba entonces con PBA, y candidatos en gateras para reemplazar al aliancista como finalmente ocurrió) pero el peronismo necesita un proyecto de futuro que tome en consideración la coyuntura y las aspiraciones del electorado y que habilite la emergencia de un liderazgo claro en un mapa que contiene al macrismo y liderazgos territoriales desperdigados.

¿Qué queda como dique de contención al macrismo? Poco. Deberemos continuar renegando con nuestro sindicalismo herbívoro y temeroso del carpetazo, algo lógico si enfrente se mancomunan el oficialismo, el poder judicial, los servicios y los medios en una ensalada que no permite diferenciar bien qué factor es ingrediente y cuál aderezo. ¿Y del Congreso, leitmotiv de estas elecciones, qué podemos esperar? El macrismo pudo en 2016 legislar merced a la chequera y a la extorsión con la gobernabilidad; en este 2017 se les complicó por errores propios pero, fundamentalmente, por su política económica en un año electoral. 2018 será diferente: no podrán apelar a la extorsión pero, además, será el año en que la reforma laboral y la poda de derechos sociales a la que aspiran deberá sortear el escollo del Congreso, menos adversativo merced, lamentablemente, a la voluntad popular.

Para una próxima entrega quedan Cristina, Vidal y la PBA.

martes, 15 de agosto de 2017

2017 y la democracia de la derrota

Pasaron las primarias y nos dijeron que algunas cosas que dábamos por supuesto fueron sólo eso: hipótesis que luego la cruda verdad desnudó; y así quedamos, medio en bolas. Pero intentemos apuntar algunas cuestiones que no pude leer en ningún análisis, quizás porque leí pocos, sepan disculpar.

1. El peronismo no es sólo PBA. No haremos un pormenorizado, pero sí diremos que el empate/derrota del peronismo en PBA obturó que éste, en frentes provinciales, triunfó ampliamente en Tucumán, Catamarca, Río Negro, Chaco, ¿a Santiago del Estero cómo le decimos? En definitiva, puede que desde el puerto se dificulte ver el bosque porque parecen creer que el peronismo nace en la primera zanja de Alsina y finaliza en la frontera del Conurbano o quizás un poquito antes. No.

2. En Tucumán el Frente Justicialista le sacó casi 22 puntos de diferencia a Cambiemos, duplicando la distancia que separó a ambos en la recordada elección a gobernador de 2015. Tucumán era contabilizada como una de las provincias ganables por Macri, considerando que contaban con un candidato competitivo, instalado, muchos años de peronismo al frente de la gobernación, el antecedente del fraude que nunca fue y los presupuestos del PEN para disciplinar (al oficialismo distrital) y construir (la victoria del —oh— cambio). Hicieron todo mal desde Nación y la UCR local y el PJ tucumano resultó fortalecido de cara a 2019. Es la provincia más grande gobernada por el PJ y consiguió 200.000 votos de distancia. Pero ocurrió algo similar en Catamarca con el ya tradicional Frente Cívico y Social derrotado por el oficialismo provincial o también en Chaco. Entonces:

3. El mapa no varió mucho del de los resultados que arrojó 2015. En general ganaron los oficialismos, con las excepciones de Santa Cruz, Neuquén y Córdoba. ¿Cómo le decimos a la Docta? ¿Perdió el cordobesismo? ¿Ganó nuevamente el amarillismo? ¿Son antes antikirchneristas? ¿Son la prolongación del interior bonaerense?

4. El kirchnerismo te hizo creer que podías tener un celular con un salario medio y el macrismo te hizo creer que ganó por 7 puntos en PBA. Es cierto que a partir de las expectativas creadas por las encuestas publicadas, el empate parece antes un triunfo cambiemista. Pero mientras Cristina perdió sólo 1 punto de lo cosechado por Aníbal Fernández en 2015 (35 vs. 34), la lista del #cambio perdió 5 puntos de los 39 alcanzados por Vidal entonces. Sí, fueron 4 puntos más de los pronosticados por los encuestadores, pero es posible que se trasladaran desde los 19 puntos de Solá en 2015 (vs. los 15 de la fórmula Massa-Stolbizer este domingo). Ergo:

5. El macrismo fue más exitoso para instalar el eje político futuroM vs pasadoK que Unidad Ciudadana en imponer un debate basado en la economía macrista excluyente. Entonces:

6. A Macri lo vo-ta-ron. Sirve de consuelo el “2 de cada 3 le dijeron que no", pero no saltás el cerco repitiéndolo sin un Clarín de tu lado. Desde 2012 no damos pie con bola para entender qué quieren las mayorías. Lo irónico es que lo único que parece ofrendar Cambiemos es novedad, buena onda y antikirchnerismo. Es probable que los golpeados por la economía macristas no sean aún suficientes. O no alcancemos a comprender aún al nuevo sujeto histórico, más liberal, que el macrismo sí. ¿O es que no existe este sujeto todavía?

7. Teoría de los subconjuntos peronistas en PBA. En Salta y Chaco, los PJ y Unidades Ciudadanas locales fueron separados y sin embargo ganaron. Pero de presentarse juntos, en internas, las diferencias hubieran sido mayores. En PBA, desde 2012, el peronismo sufre fragmentaciones y arribó a estas legislativas divido en tres opciones filoP: moyanismo social sin Moyano, kirchnerismo sin malos modales y cristinismo sin poder. Lo ominoso es que éstos se inscriben en diagramas de Venn que no pueden sumarse sin excluir algún subconjunto. Podés intentar lad sumas UC+Cumplir o Cumplir+1País pero nunca adicionar al kirchnerismo con Massa. Nótese la personalización. Es un problema del distrito que puede no impedir recuperar la gobernación bonaerense, pero que complica las chances nacionales del peronismo por la dispersión del voto que promueve. Como ocurrió en 2015.

8. A futuro. Lo que 2015 legó y este resultado —que no sancionó a Cambiemos— afirmó es el retorno de la democracia de la derrota. La persistencia del kirchnerismo en PBA y los peronismos enfrentados al PEN en las provincias otorgan esperanza, pero un sistema que persiste inscripto en el clima de 2015, bajo la sombra del balotaje y en un marco de relativa paz social disminuye las probabilidades de ganar (o gobernar los primeros tiempos) contra Clarín, la SRA, las multinacionales, los bancos y sin un decidido apoyo del sindicalismo todo. ¿Las condiciones bajo las que llegó y operó en principio el kirchnerismo fueron excepcionales? Hasta ahí. Cambiemos puede reproducirlas con su política económica, pero no en el corto plazo. Y 2019 no queda tan lejos.

lunes, 27 de marzo de 2017

Que este blog y Kicillof digan si son kirchneristas

Escribimos poco y lo que sigue no es precisamente un análisis sino, aunque odiemos las compilaciones, un grandes éxitos (?) del blog. Sepan disculpar, como deberán también disculpar a Kiss&Love. ¿Qué dijo Axel ayer nomás?:

«El exministro de Economía y actual diputado nacional Axel Kicillof sostuvo hoy que una candidatura de la exmandataria Cristina Kirchner le es "muy funcional" al Gobierno, y consideró que la elección de medio término debe ser para "plebiscitar" la gestión del presidente Mauricio Macri y no la de la líder del Frente para la Victoria.

"Al Gobierno le resulta muy funcional que esta elección se discuta en términos de si gana Cristina o pierde Cristina. ¿Este es un plebiscito a Cristina Kirchner en 2017? Si Cristina terminó de gobernar con un millón o medio millón en la plaza y se fue...Estamos plebiscitando a Macri", recalcó el dirigente kirchnerista, dando a entender que no es conveniente exponer a su jefa política ya que podría tergiversarse el sentido de esta elección de medio término, que tiene que ver con evaluar el desempeño del Gobierno de Cambiemos...».

¡Que Axel diga si es kirchnerista! ¡Que muestre el “no fue magia" tatuado en el pecho! Porque, bueno, a este bloguero lo acusan con epítetos peores por decir cosas como ésta, de diciembre del año pasado:

«...Uno de los grandes interrogantes es hoy Cristina: ¿va o no va? Tiene votos, tiene piso y tiene techo. Tiene, además, un sabor dulce para el macrismo. Desglosemos: 1) el macrismo está tensando la situación elástica que dejó el kirchnerismo en la macro pero también en la microeconomía; el deterioro es evidente. Aún así, las demografías electorales pueden no obedecer únicamente a este factor, y si bien esto aleja a muchos del 51% nacional del balotaje (o aún de los resultados de octubre en PBA: 39,5% a 35,2% para Vidal vs. Aníbal F. y 32,9% a 37,1% para Macri vs. Scioli), la situación (a hoy) no es tal que los obligue a refugiarse invariablemente en el kirchnerismo. 2) Descontando el concurso de la prensa oficialista, plebiscitar al macrismo no será el único eje electoral. 3) Buceando en las profundidades de las macrinomics y las macripolitiks, el peronismo realmente existente, antes preocupado por su supervivencia, buscará refugio en sus distritos. En este cálculo, las de 2017 deberían ser elecciones nacionales para Macri y una sumatoria de comicios locales para el peronismo. Ahora sí, finalizado el desglose, podemos decir que Cristina candidata nacionalizaría las legislativas, rememorando el clima de noviembre de 2015. El macrismo, por supuesto, recibirá como maná poder apelar a su reflejo primitivo, aquello que le dio constitución, su eje de campaña desde siempre: el antikirchnerismo; y entonces cada contendiente distrital, sea formoseño o riojano, podrá sustraerse del debate local o de sus insustancialidades constitutivas para discutir con Cristina y el gobierno que terminó en diciembre pasado...».

Gracias, Axel, por tanto. Perdón, Los Huevos y las Ideas, por tan poco. Después, si les apetece (?), pueden darse una vuelta por Twitter y occservar con ánimo arqueológico (?) mi tuit fijado.

martes, 7 de marzo de 2017

Cambiemos: el laberinto del Presente

El macrismo operó durante todo su primer año bajo la consigna de que en su debilidad residía su fuerza; con la extorsión implícita de tener al imaginario del “golpismo" en la punta de la lengua para descalificar cualquier oposición. Esto pudo ser resumido en la expresión “dejen gobernar", aparecida a poco de iniciarse el gobierno, nadie sabe muy bien cómo o desde dónde pero en espejo equivalente al “Macri gato" que comenzó a utilizar, luego, la oposición silvestre en las distintas redes sociales.

El apelativo a la extorsión y debilidad de origen caducaron. Resultó claro el año pasado: la Luna de Miel había terminado aunque sus brasas calientes le otorgaran aún márgenes al macrismo. En cambio, la caída de imagen de febrero, que resulta perezoso atribuir sólo a los escándalos del Correo y Avianca —si bien operaron sobre una de las líneas de flotación de Cambiemos: la supuesta honestidad— cuando sabemos que el impacto de la corrupción para un gobierno es indirectamente proporcional a sus logros en economía; la caída de febrero, decíamos, es la resultante de una aritmética decepcionante: esfuerzos de la clase media y y más de los sectores populares sin resultados palpables, solicitud de mayores sacrificios sociales y ningún horizonte de reactivación que no sean apelaciones al voluntarismo. Todo esto no ocurrió porque la oposición así lo quisiera, sino por mandato de la recesión buscada por el propio oficialismo.

Es a partir del imperio de lo real sobre cualquier relato, sea oficialista u opositor, que la sociedad va a demandar a partir de ahora, y cada vez más, un gobierno que pueda encauzar a la economía pero también al debate político en términos distintos a la mera comparación con el pasado, argumento que ya sólo interpela al núcleo duro macrista que representa, quizás, el porcentaje que recibió el PRO en las PASO 2015: alrededor de un 24%.

El universo simbólico en el que fluía y se sentía cómodo el macrismo cambió. Ya no podrá hacerse fuerte desde la debilidad, desde ser no-peronistas y nóveles: el paro docente y la gran marcha gremial son posibles ahora no sólo por la legitimidad de sus reclamos sino porque existe ya un colchón social de demandas de gestión insatisfechas, y que no pueden además atribuírse a la pesada herencia sin que parezca una ridícula tomadura de pelo.

Párrafo aparte para lo ocurrido en la marcha, con las bases sindicales exigiéndole a la cúpula poner fecha para un paro general: fueron las demandas que el macrismo generó con su política de redistribución regresiva y el triunvirato no reclamó lo que habilitó esa interpelación a la dirigencia y a cielo abierto, en un mensaje que parece decir “más calle y menos palacio, muchachos". El resultado está en el aire pero el triunvirato y otros líderes sectoriales quedaron deslegitimados. Eso sólo puede ser una preocupación para el macrismo, aunque en el corto plazo pueda parecer tácticamente deseable.

Es entonces una buena parte de la sociedad la que exige tener un gobierno y no simples comentaristas de la realidad en posiciones de poder. En definitiva, que el gobierno sea fuerte y capaz de comandar la economía. Y no hay modo de conseguirlo que no implique un triunfo en la provincia de Buenos Aires. Si hasta el año pasado parecía que un empate o derrota digna le alcanzaban al macrismo, este año le demanda ya un triunfo.

Como bien describió Martín Rodríguez, el macrismo descansó durante su primer año apoyado en el relato de un pasado apocalíptico y la promesa de un futuro promiso. Pero tenía además un relato para ese presente, aunque se cuidaran de mencionarlo poco: era el momento de un sacrificio, de “pagar la fiesta", la “resaca del populismo". La sociedad le demanda ahora que abandone las apelaciones al pasado o el futuro y se ocupe del presente, un laberinto que al macrismo le cuesta transitar. Los analistas de todo el arco político lo tienen claro y más aún los macristas, a quienes atormenta una consigna: Cambiemos debe cambiar antes de que la demanda sea por un nuevo cambio.

lunes, 5 de diciembre de 2016

2017 (parte II)

En el posteo que inicia esta saga (!) señalamos que las elecciones de 2017 significan casi todo para el macrismo puesto que, visto el escaso aval recibido, son la llave que abre un horizonte de sustentabilidad política que permita el arribo de “inversiones", imprescindibles para pensar luego en una reelección o continuidad. Para el peronismo, en cambio, no son definitorias, ya que de todos modos debería aguardar a 2019 para ordenarse en torno a una o dos figuras. Por ahora, entropía peronista. Cerrábamos entonces señalando que “el sistema político tenderá a dar soporte a Macri aduciendo razones de supervivencia (y que) Cambiemos no necesita hacer mucho más que pisar el freno de su ajuste para conseguir buenos resultados en 2017". Intentemos, ahora, sobrevolar las estrategias y dificultades que enfrentarán las principales fuerzas que animaron 2015 de cara a las próximas legislativas.

Cambiemos, Mauricio Macri.

El momento económico no es bueno. El combo recesión + inflación; déficit + deuda; bicicleta financiera + caída de la actividad y consumo no implica para el macrismo un incendio aún, como sí hubiera sido para un kirchnerismo gobernante. El gobierno quemó su etapa de Luna de Miel, pero patea aún algunas pocas cenizas al andar. Se avizora un “giro populista", pero poco se apunta que, de darse, será respetando su demografía electoral: contención apenas a los sectores populares e impulso del consumo a los sectores medios, procambistas. El plan es Tarjeta + Obra pública. No alcanzará lo segundo, que demanda tiempos que el macrismo no tendrá y un impulso que no está en el ADN de su plan económico, aunque provenga de la Patria Contratista. Para lo primero, confían en una dinámica de endeudamiento en plástico que viene muy ejercitada por nuestros sectores medios urbanos. Por supuesto, la burbuja que esto crearía —ya que no alcanzaría para eyectarnos del círculo vicioso en el que nos introdujeron Prat Gay y Sturzenegger— sería luego una preocupación, pero es una muestra más de cuánto está dispuesto a avanzar en la tercerización el macrismo, cuando este costo era asumido antes por el estado K, con posibilidades de financiación de las que carece la clase media. ¿Alcanzaría? Difícil cuando se trata no de un Plan A sino un Plan D.

Como señaláramos, el macrismo pretendía descargar en 2016 todo el ajuste posible, para “rebotar" durante el año electoral. El peronismo realmente existente y la CSJ lo enfrentaron en referencia al tarifazo. Los MMSS en referencia al ajuste en “gasto" social. El propio Macri se boicotea, cuando busca crear condiciones para su economía ornitológica (de buitres y golondrinas), porfiando en una flexibilización laboral con enfoque en “productividad", como sinónimo de mayor margen empresarial, o cuando detiene la obra pública con el sólo fin de evitar un mayor rojo fiscal. Pero la dimensión económica no será el único eje electoral, y vale recordar que aún no vimos a los principales presupuestos estatales y a los medios adictos jugados al triunfo y continuidad. ¿Alcanzará la dimensión política para un resultado decoroso? ¿Ser, todavía, lo nuevo? ¿Prenderá aún el relato de la corrupción K? ¿Explotarán a Cristina? El no al e-vote, con seguridad, será un argumento de campaña. Pretendían usarlo por la positiva, lo harán por la negativa.

No tienen, aún, candidato en PBA. ¿Tienen a Facundo Manes en (cuac) mente? Saldrán a poner el cuerpo Vidal y Macri, pero como bien sabe Insaurralde, no es tan simple “trasladar" el voto. De todos modos, la reciente derrota de la “reforma política" en el Senado obliga al macrismo a recalcular: ya no alcanzará con “empatar" para cabalgar un Congreso dividido vía billetera; está obligado a sumar representación legislativa para negociar desde una mayor fortaleza. También para redistribuir geográficamente (aún más) el ajuste.

Renovando la renovación.

Massa fue advertido: si pretende liderar algún peronismo, en 2017 debería demostrar con qué. Ello sólo basta para entender por qué amaga con no presentarse y sumar, en (nuevo) cambio, al Gen y a Libres del Sur. Este acercamiento a Stolbizer y Donda (progresistas en lo social, conservadoras en lo económico) tiende a dos objetivos: blindarse de antikirchnerismo (condición sine qua non de cualquier sistema de alianzas que pueda contenerlo y, además, preparación por si la emergencia de Macri es vía honestismo, en un símil 1999) y para tomar oxígeno cuando sólo se tiene a sí como figura convocante. Una alianza como única posibilidad de supervivencia, más en el candelero político que en lo estrictamente electoral.

Terciará en PBA y buscará sumarse al resultado del “cordobesismo". Poco para 2019, a menos que entonces reciba la “bendición" peronista y el PJ se trasvista como la UCR en Gualeguaychú para Macri. En su contra, el voto radical estaba ya con Mauricio; el voto peronista, si bien disperso, dista de aquel grado de orfandad.

¿Todos unidos triunfaremos?

Las opciones del peronismo —hablamos de PBA— son presentarse más dividido aún u ordenarse como una oferta electoral heterogénea. Esto último por acuerdo o posterior a internas. Como una turba de indios que desconoce o perdió a su cacique, son muchos los actores para pocos espacios. ¿Divididos para mantener la representación legislativa? ¿Juntos a la par porque interesa más derrotar a Macri? Lo primero no asegura números más amplios en el Congreso, y menos aún “manejarlo", como aprendió durante este año el cristinismo. Entonces, ¿internas o lista de unidad? Los intendentes deben recordar lo bien que resultó la disputa Aníbal - Domínguez.

Uno de los grandes interrogantes es hoy Cristina: ¿va o no va? Tiene votos, tiene piso y tiene techo. Tiene, además, un sabor dulce para el macrismo. Desglosemos: 1) el macrismo está tensando la situación elástica que dejó el kirchnerismo en la macro pero también en la microeconomía; el deterioro es evidente. Aún así, las demografías electorales pueden no obedecer únicamente a este factor, y si bien esto aleja a muchos del 51% nacional del balotaje (o aún de los resultados de octubre en PBA: 39,5% a 35,2% para Vidal vs. Aníbal F. y 32,9% a 37,1% para Macri vs. Scioli), la situación (a hoy) no es tal que los obligue a refugiarse invariablemente en el kirchnerismo. 2) Descontando el concurso de la prensa oficialista, plebiscitar al macrismo no será el único eje electoral. 3) Buceando en las profundidades de las macrinomics y las macripolitiks, el peronismo realmente existente, antes preocupado por su supervivencia, buscará refugio en sus distritos. En este cálculo, las de 2017 deberían ser elecciones nacionales para Macri y una sumatoria de comicios locales para el peronismo. Ahora sí, finalizado el desglose, podemos decir que Cristina candidata nacionalizaría las legislativas, rememorando el clima de noviembre de 2015. El macrismo, por supuesto, recibirá como maná poder apelar a su reflejo primitivo, aquello que le dio constitución, su eje de campaña desde siempre: el antikirchnerismo; y entonces cada contendiente distrital, sea formoseño o riojano, podrá sustraerse del debate local o de sus insustancialidades constitutivas para discutir con Cristina y el gobierno que terminó en diciembre pasado.

De hocico al piso, el voto electrónico y la posibilidad latente de fraude serán una preocupación menos, pero habrán más, habida cuenta de que las herramientas están en manos de Cambiemos, el Poder Judicial, los medios, AEA. Mientras, para 2017 el macrismo promete política electoral cuando sólo entrega su política económica. Massa persevera en su intento por evitar ser deglutido por la polarización, algo cada vez más difícil, mientras observa cómo Vidal le roba peones. El peronismo se debate en el desorden mientras decide entre ser tributario pasivo de la tendencia macrista por abrazar el desastre o propone, en cambio, una emergencia política, sea esta en continuidad (puaj) o alternancia al proyecto gobernante.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Voto electrónico y 2017

En reunión con algunos gobernadores PJ, el bloque de senadores del espacio concluyó que no pueden acompañar el cambio en la manera de votar. Macri debe decirle adiós a su capricho electoral, pero también a su intransigencia en la negociación política.

En agosto habíamos apuntado que “el voto electrónico sale con fritas. Y si no sale, sería una derrota más grave para Macri que la aprobación de la ley antidespidos luego vetada". Equivocamos el pronóstico, pero no así —creo— el análisis de la que por entonces no parecía una probable derrota macrista. ¿Qué pasó? Creyeron que muñequeando fondos a las provincias, agitando el fantasma del fraude que no fue y extorsionando con Cristina y el kirchnerismo, les alcanzaría. También yo lo creí así. Pero los tiempos políticos evolucionan mientras el momento económico, feo por dónde se lo mire, persiste.

La conducción política del intento de “reforma" fue espantoso; ni siquiera los medios adictos al macrismo tenían argumentos y debían publicar la opinión de informáticos y politólogos, revelando todos las vulnerabilidades (conocidas) del sistema. Frente a eso, el ¿argumento? de modernidad pareció poco. Nunca terminó de quedar claro para qué quería Macri el voto electrónico: ¿para librarse de la necesidad de fiscalizar y bajar los costos de mantener a la UCR adentro? Puede ser. Los mal pensados apuntaban en cambio hacia algún curro en la compra de un sistema caro. Los más mal pensados (que en política son más aún) decían que para hacer fraude. Lo cierto es que esta derrota obliga al macrismo a recalcular 2017.

Andrés Malamud apuntaba en Twitter los posibles gobiernos en stock: de mayoría, de coalición y de minoría. En el Senado, Cambiemos corresponde a este último. La negociación política, entonces, es casi mandatoria a menos que se apalanque fuertemente en la opinión pública. No fue el caso y Macri no quiso negociar sacar el chip o la Boleta Única en papel, ofrecimientos del PJ realmente existente. Como corolario, los gobernadores y senadores peronistas dijeron, por primera vez, “no, macho" a un proyecto de importancia vital para el macrismo. Entonces, si Cambiemos estaba feliz con sus triunfos legislativos 2016, debe mirar con preocupación el porvenir: si creía que por el desempeño del Congreso este año le alcanzaba con “empatar" (o no perder por mucho) las próximas legislativas, descansando en el alineamiento vía látigo o chequera de diputados y senadores, está obligado ahora a buscar un triunfo legislativo que le otorgue mejores números a la hora de negociar primero y votar proyectos después. Para eso, la estrategia de dividir al peronismo en PBA no sólo no alcanzaría sino que podría ser hasta contraproducente. Sabemos: los resultados pueden leerse de una manera el lunes siguiente a una elección, pero los números legislativos podrían obligar a mayores “compromisos" republicanos luego.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Macrismo: 2017, ¿rebote? y economía ornitológica

De lo realizado por el macrismo en el área económica, mucho es fundamentalismo liberal y bastante inocencia juvenil. You can't see with the sun in your eyes, cantaba Stereophonics. La baja de retenciones al agro puede conjugar ambas caracterizaciones, ya que no sólo se trata de una transferencia fenomenal en la distribución de la torta sino que esperaban, cándidos, que los agroexportadores les aportaran dólares rápido para bancar la salida del cepo y los primeros tiempos de ajuste. Pero es historia conocida, y acá pretendemos avistar la historia que el macrismo piensa escribir en estos tiempos venideros, marketineros y con escaso eros (excepto que seas de los que pueden dolarizarse).

Macri y su equipo económico pretendían imponer la mayor carga del ajuste que están realizando (sí, ok, están incrementando el déficit, pero si hay transferencia regresiva de recursos, fuga, caída de actividad, de poder adquisitivo y consumo, ¿cómo le dicen ustedes?) para este año. Las protestas por los tarifazos y la CSJ le pusieron un límite, pero la recesión que proyectaron —y a la que ya arribamos— es el ancla simple con la que pretenden frenar el incremento inflacionario provocado por sus medidas iniciales. No parece un panorama alentador para las próximas legislativas, ¿pero acaso la judicialización de la política les alcanzaría para obtener un resultado decoroso en 2017? No: pretendían descargar el ajuste ahora para “rebotar" en el próximo año electoral. Está explícito en este texto de Luciano Cohan, un economista cercano al macrismo, cuyo título optimista reza “¿Por qué vamos a crecer?":

«...Creo que Argentina volverá a crecer, y que pasará pronto. Este optimismo, que decae a medida que alargamos el horizonte y pensamos en el mediano y largo plazo, tiene su origen en un doble diagnóstico de la situación económica argentina (...) La primera parte es que creo que detrás el estancamiento del último tercio del kirchnerismo no había un problema de demanda, sino de oferta (...) La producción argentina no pudo seguirle el ritmo a los agónicos cartuchos de demanda que el gobierno derrochaba en apuntalar la actividad (...) Esta situación se complementa con la segunda parte del diagnóstico. Creo que la contracción de 2016 es principalmente un problema de demanda: el impacto contractivo de corto plazo del combo de políticas implementadas desde diciembre (...) concentrar los costos al inicio fue una decisión estratégica que tomó una dinámica que era esperable que tomara. La recesión de 2016 se explica, entonces, por un shock negativo de demanda. Devaluación, suba de tarifas, combustibles y tasas y liberación de precios reprimidos golpeo la capacidad de compra de los salarios. El ajuste fiscal del primer semestre, principalmente en obra pública, afectó la inversión y la política monetaria contractiva, inevitable tras la salida del cepo, hizo su aporte restringiendo la liquidez...».

Luego apunta que, según su visión, «...el shock negativo de demanda ha comenzado a revertirse (y) el país experimenta, desde fines del año pasado, un brutal shock positivo de oferta (...) en 2017 ambos efectos jugarán en el mismo sentido y es muy probable que el país vuelva a crecer. A partir de allí, sin embargo, y agotado el transitorio efecto rebote de la demanda, el país entrará en el mas viscoso terreno del mediano plazo, cuando deberán enfrentarse tensiones de difícil resolución...».

La esperanza del gobierno para enfrentarlas —dice—, es «...la inversión (...) El crecimiento en el mediano plazo - digamos, en la segunda mitad del gobierno de Macri - dependerá, como diría Keynes, de los animals spirits, de la percepción de que el crecimiento será sostenido y que vale la pena hundir capital en infraestructura, comunicaciones, en construcción privada, inversión petrolera, minera o agrícola, en maquinaria industrial, en soft, etc. La estrategia del gobierno es ambiciosa pero arriesgada, en tanto la última ancla es la propia confianza en su éxito...».

¿Estoy de acuerdo con todo lo que dice? No, con la mayoría no. Por ejemplo, no creo que el impacto contractivo de las medidas tomadas desde diciembre sea de corto plazo. Pero bien leído el texto confirma lo que podía presumirse y lo que sostenemos aquí desde febrero: 1) querían ajustar para “rebotar" y 2) las posibilidades de “inversiones" están atadas a la percepción de que el macrismo no será efímero. Dicho de otro modo: que puede ganar (o, de mínima, no perder feo) en 2017, para profundizar entonces sus políticas de cara a 2019 con la posibilidad de reelección o continuidad (¿vía Vidal?) abierta.

La esperanza del macrismo se basa entonces en la esperanza misma. No es un buen plan, si me preguntan. Menos si ese deseo es el de una economía ornitológica, puesto que ¿quiénes podrían “invertir" sino capitales golondrina en bicicleta financiera y buitres en la generación de más deuda? Esto dejando de lado: a) un mundo que busca colocar antes que tomar producción; b) el mayor incremento del déficit que querrán hacer vía el denostado populismo —o “gasto electoral" (que podemos inferir se destinará fundamentalmente a CABA, PBA, Sta. Fe, Córdoba, Mendoza y posiblemente Jujuy)— en contra de las recomendaciones que hará el FMI; c) la necesidad de nueva(s) devaluación(es) por atraso cambiario, d) la profundización del círculo vicioso recesivo en el que nos introdujeron y e) que están consumiendo rápidamente la soga que dejó la “pesada herencia" en la relación deuda/pbi.

Pero más allá del voluntarismo liberal y de clase (considerando también las posibilidades, por ahora menores, de que la economía se les escape de las manos), un rebote ayudado por una inyección de populismo en los distritos mencionados no puede ser descartado. Menos aún un amesetamiento en la caída que sea interpretado como una nueva normalidad: la naturalización de la intemperie al decir de Semán. Se tratan de escenarios que el peronismo deberá considerar para analizar el minué electoral. En definitiva, si bien en su relato predominante el kirchnerismo pretende situar al macrismo en el año 2000/2001 de la Alianza —y hasta el peronismo ortodoxo avienta el fantasma del helicóptero—, las condiciones posicionan a Macri más cerca de algunos momentos del menemismo (quizás a una velocidad mayor de deterioro). De este modo, pronosticar catástrofes que no ocurrirán mientras el oficialismo pueda apelar al endeudamiento o regular el ajuste sólo redundaría en beneficio del elenco gobernante. Hay que buscar otra vuelta de tuerca para criticar a un gobierno que pugna por desempleo, flexibilización, salarios más bajos y economía financiera pero que no colapsará en el corto o mediano plazo.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Boleta Única Electrónica: el Caballo de Troya de la transparencia

¿El macrismo propone una reforma política? No, solo un cambio en la manera de votar: el famoso voto electrónico, al que no quieren denominar así sino, como en CABA, boleta única electrónica. ¿Es solo el PRO intentando venderse como lo nuevo? Un poco. ¿Es la vieja sabana en papel por otros medios como señala Andy Tow? También. ¿Es favorecer a MSA, la empresa que tiene el monopolio de la BUE en el país? Claro, pero no solo eso.

Las denuncias mediáticas de fraude en las últimas —pero también en pasadas— elecciones fungen como justificativo. Existen, de todos modos, muchos argumentos para oponerse: desde la pérdida del control ciudadano y partidario sobre el acto electoral, soberanía que es “estatizada" para ser luego concesionada a una empresa privada, hasta las posibilidades ciertas de hackeo. Los sistemas en pugna son:

1. el que tenemos, de boleta partidaria de papel, re linda (?).

2. los sistemas cordobés y santafesino de boletas únicas de papel, feos (!) porque favorecen los personalismos, el desanclaje por categorías entregando legislativos con mayor fragmentación y la proliferación del voto en blanco y anulado. Los analizamos y comparamos brevemente en 2011.

3. el voto electrónico de Salta y CABA, distintos entre sí ya que el medio es el mensaje (?) y el entorno y diseño de pantallas modifica el modo de votar y lo que se vota, pudiendo interferir con la voluntad del elector. Aquí un buen muestreo de ambos por Juan Pablo Ruiz Nicolini.

Es el sistema de CABA el que propone Macri, por supuesto. Ocurre que no se trata de BUE —como señalamos al principio— sino de voto electrónico liso y llano. Delia Ferreira lo explicó en 2015 y la crítica es válida para el debate en curso, ya que el control no solo no puede hacerlo cualquier hijo de vecina con entrenamiento básico en lectoescritura, conocimiento somero de los derechos y obligaciones electorales, sino que no puede realizarlo nadie sino la máquina que computa los votos:

«...El escrutinio de mesa lo hace la máquina a través de la lectura del chip que contiene la boleta. Lo impreso se lee en voz alta y los fiscales pueden controlar -si el procedimiento es lo suficientemente pausado- que lo que aparece en la pantalla es lo mismo que está impreso. Pero lo que cuenta es lo que contiene el chip. Una vez que el chip ha sido leído por la máquina esos votos se han computado y las autoridades de mesa no pueden alterar manualmente lo que el lector del chip marcó. Si alguien planteara una objeción después que el chip fue computado, ya no habría forma de volver atrás o descontar ese voto...».

Jorge Landau recuerda, en sus consideraciones, que en Alemania se declaró inconstitucional el voto electrónico por la pérdida del control ciudadano que conlleva; Holanda abandonó también el VE por la posibilidad de pérdida del secreto que implica la utilización de chips emisores de radiofrecuencia. Hasta Richard Stallman realizó un alegato contra el VE

Habiendo señalado todo lo anterior, debería ser clara la inconveniencia de migrar al voto electrónico. Pero como señaláramos cuando se utilizaron las elecciones en Tucumán para instalar la figura del fraude a nivel nacional —y vaya si aquello ayudó a estimular y fidelizar el voto antiperonista, tan importante en el ajustado balotaje—, había que ser ciego para no advertir que la estrategia implicaba más que sólo octubre/noviembre de 2015: serviría para golpear al nuevo gobierno si hubiera sido este peronista (al modo brasileño) o para habilitar al voto electrónico y la pátina de transparencia en caso de triunfar Macri, como finalmente ocurrió. Entonces, a pesar de todos los contras del voto electrónico que propone el macrismo, mi impresión es que no existen argumentos políticos para oponerse mas que —como intentará la oposición— la adopción de la boleta única en papel en lugar de la electrónica. Menos aún cuando el debate es tan técnico, cuando los medios oficialistas lo utilizan como bandera porque será, probablemente, la única promesa electoral que el macrismo podrá reclamar como cumplida camino a 2017 —y porque sirve para recortar espacio al tarifazo o la economía hecha pomada— y, por si fuera poco, cuando existe una considerable masa social, tilinga, que cree que si lo propone Macri, es en detrimento del peronismo (falso: al FpV le hubiera convenido, por ejemplo, modificar su reforma electoral y anular las PASO en 2015 y, además, —como apunta Pablo Torres— unas primarias optativas, como propone el macrismo, favorecen el voto clientelar) y que solo por ser nuevo, debe ser mejor. ¿Mi pronóstico? El voto electrónico sale con fritas. Y si no sale, sería una derrota más grave para Macri que la aprobación de la ley antidespidos luego vetada.

viernes, 5 de agosto de 2016

"Son las elecciones de medio término, estúpido" (Bloomberg le copia a este blog)

¿Qué sostenemos desde febrero? Que las elecciones de 2017 son el examen que Macri debe rendir para conseguir que los dólares vengan. Dijimos en mayo:

«¿Qué implica 2017 para Macri? Casi todo: arribó al PEN con un Congreso desfavorable pero, más importante aún, es el examen que debe rendir frente a sus sponsors y posibles financistas offshore —entiéndase “financistas más allá de nuestras costas", ¿por qué deben ser siempre mal pensados?—. Es la sustentabilidad política en el tiempo la que daría “confianza" a los que harían “llover inversiones" —léase capitales de riesgo/golondrina— y no las “reglas claras de juego" que descuentan para un gobierno como el de Cambiemos, de restauración conservadora o, mirando ahora la región, pos-populista».

¿Qué dice Bloomberg ahora en “La nueva y mejorada Argentina es todavía un lugar complicado para invertir"?

«...De ocho managers de fondos de inversión consultados para este artículo, siete dijeron que están conteniendo/refrenando inversiones, principalmente por los controles pero también por la alta inflación y por la preocupación de que el tono pro-mercado pueda cambiar otra vez luego de las elecciones de medio término a fines de 2017...»

Paradoja cruel: lo que Macri necesita para ganar esas elecciones son, justamente, las inversiones que el mercado financiero solo quiere habilitar luego de que el gobierno gane las legislativas. O, por lo menos, que no resulte demasiado evidente que el peronismo está presto para reasumir en 2019. Dependerá, creemos también, si ese peronismo es el macrista—friendly (léase Massa/Urtubey) o, al decir de Prat Gay, uno que pueda referenciarse en un “desconocido de Santiago del Estero" (podemos leer como emergente del peronismo más territorial; no, no sueñen, ningún kirchnerista puro tiene chances, al menos evaluadas desde el presente).

Va la captura de la nota de Bloomberg. La tradujo tu vieja:

miércoles, 13 de julio de 2016

El macrismo: between a rock electoral and a hard place económico

Suele equipararse al poder (del Estado) con un violín: es tomado con la izquierda y ejecutado con la derecha. También con un noble equino, con intenciones similares. Estas famosas sentencias no se verifican matemáticamente, pero como toda frase popular encierran vestigios de veracidad o sirven, por lo menos, para justificar giros pragmáticos o aun regresiones distributivas cuyo salvajismo depende de muchas circunstancias.

A qué vamos, se preguntará usted si no soltó ya estas líneas maldiciendo el calesiteo. A que suele existir un divorcio entre las razones del voto y las razones de gestión. Quizás porque votan unos y gobiernan otros, vaya'saber. Ahora, los liberales suelen fingir afectación frente a las razones electorales porque los colocan en desventaja: que Argentina es un país estatista, que prefiere lo público sobre lo privado, que son todos unos zurdos de mierda, digamos. Recientemente listó las líneas de este consenso Carlos Pagni, en La Izquierda Diario, ante una pregunta de @RossoFer sobre la ideología de los argentinos:

1) lo nacional es mejor que lo extranjero.
2) los pobres siempre tienen razón respecto de los ricos.
3) cualquiera sea el tema, a priori, el Estado siempre va a resolver la cuestión mejor que los privados.

Señala luego Pagni que “estos tres axiomas que están en el corazón del discurso del kirchnerismo tienen un arraigo de décadas en la Argentina. Lo raro ha sido lo otro, lo insólito es que aparezca algo más ligado al capitalismo que en algún punto, por cinco minutos ponga en tela de juicio alguna de estas tres tesis, y contra este problema pelea en el fondo Macri". #Ponele. Macri debió colocarse a la izquierda de su electorado en aquella noche de triunfo larretista, cuando su público gritaba “¡noooo!" ante cada arenga del candidato a favor de algunos pilares kirchneristas como AUH, Aerolíneas o YPF estatizados. Pero de ahí a decir que pelea contra eso media la distancia entre la fantasía del optimismo y la melancolía de la realidad.

Ocurre que estos axiomas se verifican camino a las urnas, no tanto así luego. Pero no siempre, o debería ganar solo el peronismo y no es lo que sucede. De todos modos, no es este el “problema contra el que pelea Macri en el fondo", como señalara Pagni y como si de una batalla cultural PRO se tratara. Es 1 persona 1 voto para el domingo electoral y, en cambio, para el resto de los grises días de mandato, el peso de una corporación no es directamente proporcional al número de votos de sus integrantes sino a su capacidad de daño. O a las simpatías, compromisos y visión de país del gobernante de turno. Más aún, si estos axiomas guían la pelea electoral, el sentido común del ejercicio del poder está establecido, en cambio, en las coordenadas de un conservadurismo liberal-de-la-boca-para-afuera y lactante-estatal-del-bolsillo-para-adentro en el que la pax social está dada por la consecución de resultados económicos o, en su defecto, la entrega de las llaves de los despachos en un símil loteo del poder estatal entre corporaciones. Como hizo Cambiemos. Cuánto aguanta esto último es materia de otro posteo. Volviendo, esa suerte de consenso electoral genera una lógica que, luego, la patria corporativa trastoca durante el mandato por uno distinto.

Esto resulta trágico para la mayoría, y más aun para la mayoría silenciosa, ya que un gobierno que desafíe el consenso de ejercicio —si queremos ubicar al kirchnerismo en alguna categoría— está obligado a dar “batallas" culturales y un gobierno cuya gestión colisione contra aquel consenso electoral —sea “nueva" derecha, neoconservadurismo o liberalismo a secas (ubique al macrismo donde prefiera)— no solo no necesita “batallar" en las profundidades del subconsciente nacional sino que, con callar, con no decir lo que realmente hace mientras, en este caso, vende vitalismo y espiritualidad new age, le basta y sobra. Pero esa es la definición misma de batalla cultural: el macrismo no necesita explicar sino apelar a preconceptos como “racionalización", “sinceramiento" y “pagar la fiesta"; el kirchnerismo, en cambio, debió explicar cada medida a partir de 2008 así fueran AFJPs, YPF o AUH, aun cuando maridaran con los axiomas pro estatistas de la argentinidad electoralista al palo. Los consensos electorales y de gestión parecen pertenecer, así, a campos semánticos diferentes.

Quizás sea una de las razones por las que pocos esperan que las promesas de campaña sean cumplidas o, en todo caso, resulte gratuito incumplirlas.

Retornando a Pagni y Macri, lejos se encuentra el desafío macrista de la necesidad de desplegar una batalla cultural, aunque pretenda disfrazar de tal a un honestismo imposible e impracticable para el elenco gobernante. Su pelea de fondo continúa siendo la que señaláramos en febrero y luego en mayo: ¿la política electoral o la económica?, ya que sus necesidades de política económica colisionan con sus necesidades electorales. Y a más de un nivel. Entonces, mientras se aferran al tarifazo, se insinúa también un cambio de pantalla y encontramos a Cambiemos abandonando su prédica de ajuste fiscal y descuidando los propósitos económicos planteados en su primer semestre; ocurre que avistaron las legislativas de 2017, ahí en el horizonte. Bajan tasas, prometen retomar la obra pública, quieren impulsar el otrora adjetivado “deficitario" polo tecnológico de Tierra del Fuego con un canje de celulares y pretenden ampliar el Ahora 12 por la caída del consumo, aún a costa de enterrar su dogma liberal. Promesas todas de difícil cumplimiento, que no servirían para reactivar la economía sino, tan solo, para frenar la carrera hacia el abismo. ¿El objetivo es arribar a un equilibrio bajo la actual situación, sin mejora pero tampoco con mayores dificultades a las ya impuestas para la microeconomía? ¿Eso que Ernesto Semán definió recientemente como naturalización de la intemperie? Suena complicado bajo el contexto regional y global, agravado ahora por un Brexit con consecuencias imposibles aún de mesurar. Más aún si el gobierno, en tan solo siete meses, transita su Plan C (de blanqueo de capitales; el A fue el campo, el B las inversiones post arreglo con Singer). Por si fuera poco, fue el propio oficialismo quién se encerró en la encrucijada, golpeando al mercado interno, consumo y actividad; elementos que fundamentaron el consenso electoral durante los años de kirchnerismo.

2017 es un horizonte para el macrismo y puede ser su último o el hito que le otorgue un periodo de ocho años. Decíamos que su disyuntiva entre lo político y lo electoral funciona a más de un nivel, y esto es así pues quienes pueden acercar dólares (¿para bicicletear? ¿Hay mucho más para hacer si el propio presidente promete “invertir"en Lebacs?), sea en forma de lluvia, llovizna o goteo, necesitan antes que Macri triunfe en su apuesta por liberalizar y primarizar la economía, precarizar el trabajo y que pueda, además, asegurarles un horizonte de control y estabilidad política, algo que solo otorgaría un triunfo legislativo que allane el camino a una reelección. Se plantea así una paradoja: para triunfar en 2017, el oficialismo necesita de lo que podría ocurrir solo luego de un triunfo electoral. ¿Puede el macrismo resolver la situación? Te la debo, no estoy en tema, estamos aprendiendo.

martes, 24 de mayo de 2016

2017

Quebremos, para empezar, un presupuesto germinal de la derrota del FpV-PJ en 2015: “tenemos razón y por eso vamos a ganar", pensar que la pura prepotencia de la realidad sería suficiente. Pasó Durán Barba, reactualizó el mantra lisérgico flower power de los '60, gritó canchero en su tonada cantarina “la realidad es lo que percibimos como real" y Mauricio Macri bailó donde nunca había tirado pasos. Sólo así podemos explicar un gobierno que en los datos duros es clasista combativo de derecha (bancos, multis, agro, mineras) y en las redes sociales —nucleares de su voto— se abraza con un vendedor ambulante de tortillas al rescoldo, sufre la discriminación del Papa y se preocupa —¡oh!— por generar empleo. Ahora sigamos; o empecemos.

La de 2017 es una elección nacional sólo para Mauricio Macri. Es, en cambio, una sumatoria de elecciones locales para el peronismo y, para el resto de la oposición, una oportunidad para incrementar las tajadas que puedan recibir luego.

¿Qué implica 2017 para Macri? Casi todo: arribó al PEN con un Congreso desfavorable pero, más importante aún, es el examen que debe rendir frente a sus sponsors y posibles financistas offshore —entiéndase “financistas más allá de nuestras costas", ¿por qué deben ser siempre mal pensados?—. Es la sustentabilidad política en el tiempo la que daría “confianza" a los que harían “llover inversiones" —léase capitales de riesgo/golondrina— y no las “reglas claras de juego" que descuentan para un gobierno como el de Cambiemos, de restauración conservadora o, mirando ahora la región, pos-populista. Un Congreso más favorable le permitiría, además, hacer el ajuste fino del ajustazo a brocha gruesa con el que pinta de amarillo la Patria. ¿Cómo? Castigando más al interior (con el imaginario de provincias inviables siempre al alcance de la mano) que al polvorín de la PBA, posibilitando el rescate de una María Eugenia Vidal que podría arrastrar al fango a la administración nacional, amén de ser una de las cartas sucesorias. Esto no podría realizarse sin una reconfiguración de las fuerzas parlamentarias.

Si para el peronismo no hay 2019 sin 2017 (cómo robaron con eso en 2013), para Mauricio Macri no hay gobierno sin 2017. En términos históricos, las elecciones del próximo año, ¿serán 1993 o 1997? En el peor de los casos pueden ser las legislativas del voto Clemente/feta de salame, octubre de 2001, pero para eso sería necesario que Mauricio continuara siendo Macri con más ajuste y nuevos tarifazo y devaluación.

¿El peronismo debe ganar en 2017 para aspirar a 2019? No necesariamente, y Macri2015 lo prueba. Como vertebrador de la oposición real y posible al oficialismo, el PJ-FpV no sufre las urgencias de Cambiemos y goza de más tiempo; pero adolece algunas taras que el gobierno no padecerá. En primer lugar, es oposición y cuenta con menores recursos. En segundo término, carece de un liderazgo aglutinador que pretenda delinear una estrategia pero, además, que pueda luego capitalizar nacionalmente un triunfo. Tercero, las “empresas a las que les interesa el país" y financian campañas tienen más interés en el país de Macri que en uno peronista. Finalmente, la minoría intensa opositora no debería descontar un estallido como bala de plata frente al macrismo: aquí creemos que no se producirá por múltiples razones. La situación elástica que dejó en la macro y microeconomía el gobierno de Cristina como una de las principales. Tanto es así que el oficialismo mete mano —¡oh, un Estado interventor!—, deteriora todos los indicadores económico/sociales y aún así no debe sufrir un paro general.

Si enfocamos los actores con mayor protagonismo y proyección del peronismo, veremos que la realidad descrita fundamenta algunos movimientos: el del PJ-PBA respaldando a Scioli pese a la derrota, pero reuniéndose también con Cristina; el pacto de Urtubey con su predecesor Romero, única chance de conseguir un triunfo plebiscitario en Salta que nacionalice su figura; Capitanich, desde la intendencia de Resistencia —con aguante—, notoriamente desdibujado desde el desembarco de Cristina en Comodoro Py. Massa (y Urtubey) proponiéndose al empresariado como pos-macristas que podrían hacer lo que a Mauricio y Cambiemos, por limitaciones de estructura y concepción política, se le complica.

Mientras, el macrismo incrementa el gap entre realidad y relato mucho más allá de lo que el kirchnerismo intentó. ¿Eso debería alcanzar para que el electorado castigue a Cambiemos en las próximas elecciones? Ni soñando. Pero será el imperio de lo fáctico lo que sustentará las chances de esta coalición pro mercado en la que el Mercado, aún, no confía para cabalgar el país contencioso, estatista y nebulosamente peronista. El macrismo deberá encontrar un relato que encauce el tránsito que propone a ese “segundo semestre" que no llega porque con el.antikirchnerismo no le alcanzará. El peronismo, por otro lado, podrá surfear en los reclamos laborales y sociales, pero deberá esperar a 2019 para aglutinarse en torno a una figura o dos, representando a los intereses sociales en pugna con el capitalismo salvaje macrista. Entre tanto, continuará braceando en el río revuelto post ballotage, avistando siempre el peligro de los carteles que en la costa señalan “Esto no es Normandía. No desembarque para golpear a Macri". No mencionamos al Führer solo para evitar la Ley de Godwin, claro, aunque Goebbels envidiaría el aparato comunicacional del oficialismo y piensa que Durán Barba es un tipo espectacular.

Como toda legislativa, las elecciones de 2017 dirán más del oficialismo que de la oposición. Pero a pesar de que el “segundo semestre" no llegará para traccionar las boletas de Cambiemos, el estallido tampoco se hará presente para hundirlo. Podemos presumir con alto grado de certeza que se incrementará la protesta social, pero el sistema político tenderá a dar soporte a Macri aduciendo razones de supervivencia. ¿Qué queremos decir entonces? Que no cualquiera le gana a Macri en 2019 y que Cambiemos no necesita hacer mucho más que pisar el freno de su ajuste para conseguir buenos resultados en 2017.

jueves, 3 de diciembre de 2015

El peronismo en entropía

Luego de la derrota en ballotage, y aun antes, con el triunfo de Vidal en PBA, el peronismo ingresó en una etapa en la que prevalecerá la reorganización puertas adentro. No se trata de la persistencia en el error que acarrea el sistema peronista/kirchnerista, de comunicación endogámica, sino de un proceso necesario para reemerger de cara a la sociedad. Valga decir, además, que no comprender que el macrismo gozará de un periodo de luna de miel, hasta que sus medidas pro mercado impacten en el bolsillo, es de una necedad parecida a la que nos llevó a la derrota. Pero antes de continuar, quizás convenga hacer una breve referencia a la selección del concepto entropía para caracterizar lo que viene. Leemos:

"...Coloquialmente, suele considerarse que la entropía es el desorden de un sistema, es decir, su grado de homogeneidad. Un ejemplo doméstico sería el de lanzar un vaso de cristal al suelo: tenderá a romperse y a esparcirse, mientras que jamás será posible que, lanzando trozos de cristal, se construya un vaso por sí solo. No obstante, considerar que la entropía es el desorden de un sistema sin tener en cuenta la naturaleza del mismo es una falacia. Y es que hay sistemas en los que la entropía no es directamente proporcional al desorden, sino al orden (...) hay muchas transiciones de fase en la que emerge una fase ordenada y al mismo tiempo, la entropía aumenta (...) por ejemplo cuando el agua y aceite tienden a separarse. También en la cristalización de esferas duras: cuando agitamos naranjas en un cesto, éstas se ordenan de forma espontánea...".

Pueden observarse ambas posturas entre los adherentes/militantes del peronismo: están quienes pretenden separar la paja del trigo y quienes sostienen que andando se van a acomodar los melones. Ambas prefiguran, al final del camino, un espacio de unidad. Entropía por la homogeneidad o entropía por el orden. Dos comentaristas en el posteo anterior sirven como ejemplos de lo anterior. Jorge sostiene que el 48,66% de Scioli no es el sciolismo, y que deberíamos tener presente que si el peronismo hoy puede reivindicarse como tal es gracias al kirchnerismo, que removió la mácula menemista: "¿Significa esto que Cristina lidera? No lo creo (...) Queda la incertidumbre (...) lo más sensato sería volver a ser Frente: juntar esos apoyos iniciales que supimos tener aprovechando el potencial marco de cohesión que uno supone generarán las políticas de Macri (...) Y aprovechemos la situación para detectar aquellos que militan en el peronismo acomodaticio, que son de la misma calaña que "el gallego" y el tigrense". ¿Opción por la homogeneidad? Martín de Encuentro Latinoamericano, por su parte, hace hincapié en "una debilidad que pudo ser uno de los grandes errores del oficialismo en las últimas elecciones: que nos haya unido, y a última hora, el espanto (Esto) complicó la unidad y la militancia del candidato propio. Si lo que viene es un FPV/PJ/etc. dividido entre los que dicen que se hizo todo bien, "Cristina 2019 ya" y los que dicen que se hizo todo mal, "Massa al poder", conseguir la unidad va a ser jodido. Más en ausencia de una conducción definida y aglutinante". Opción por el orden.

Acá acordamos con ambos, pero con alguna salvedad. Por ejemplo, creo que tanto Massa como De la Sota continuarán referenciándose en un peronismo antikirchnerista para, a la vez, jugar al cafierismo macrista. Contemplarlos entonces para lo que viene, intentar incorporarlos –digo–, resultará una pérdida de tiempo. Cualquier gestión en esa dirección implicará muscular a esa tercera fuerza y restarle energías al propio ordenamiento. Y ya que apelamos a los primero nombres propios, vamos con los del peronismo, porque sin ellos no hay política. Es claro que, pese a la derrota, son dos los dirigentes que tienen visibilidad y predicamento, es decir peso propio: Cristina y Scioli. Pese a sus diferencias, ambos comparten una característica: a partir de diciembre no contarán con poder institucional o territorial propiamente dichos, sino con la ascendencia que conserven sobre diputados/intendentes/gobernadores. De todos modos, La Cámpora, como expresión del cristinismo, haría bien en hacer pocas o ninguna ola; y la Ola Naranja no es o fue otra cosa que el despliegue electoral del sciolismo. Sigamos con los nombres propios. ¿Gobernadores? Urtubey, Manzur, Peppo. ¿Intendentes? Capitanich, algunos de la PBA, Magario, Cascallares, Insaurralde, Mussi. Con estas nominaciones, pudimos leer ya las primeras operaciones de prensa en lo que al control del PJ se refiere: que Scioli propone a Urtubey, que Cristina quiere y no quiere presidirlo, que una interna, Scioli al PJ-PBA; lo cierto es que antes de mediados de 2016 el partido debe ser encausado. Y convertirse en la plataforma desde la cual hacer una oposición ordenada y sensata al macrismo. No podemos dejar de anotar que ahora, como oficialismo, serán Macri y Vidal quienes dispondrán de herramientas para sentar el tono de la disputa, el terreno y los tiempos. Si lo hacen bien (y no como pareciera ser hasta ahora), tendrán ocho años. Si se equivocan escuchando a quienes quieren shock, ya, no aguantan más al kirchnerismo y lo quieren tirar del tren (!), tendrán solo cuatro. El peronismo deberá reconocer esta nueva realidad, acostumbrado como estuvo al dominio de la acción y la agenda.

No son muchas las certidumbres de cara al futuro, pero anotemos algunas propias:
:
1. Es 2017 o 2021. "No hay 2015 sin 2013" fue el mantra massista que no se verificó (Macri se guardó en aquella legislativa), pero será una obligación para el peronismo si pretende retornar.
2. Si debe renovarse, el peronismo debe hacerlo también en los modos de relacionarse con la sociedad. No dispondrá en este camino del aparato estatal del que gozó durante estos años, y la militancia sola no alcanza (menos aun si baja a evangelizar y no a escuchar). Las políticas de medios y de redes sociales resultaron grandes déficits en la pasada campaña.
3. Considerando el periodo de gracia del que dispondrá el macrismo, y la banca que los grandes medios ya realizan de su futuro gobierno, no restan dos años para las legislativas2017 sino, tan solo, uno. El FpV cometió muchos errores, pero uno de los más groseros fue patear las definiciones electorales hasta el final.
4. El peronismo deberá seleccionar con quiénes y cuándo dar la pelea grande. Si es contra un Macri potente en 2019, debería ser Scioli; contra un gobierno de capa caída, en cambio, la propuesta del peronismo debería ser de una renovación mayor, y podríamos aventurar una interna entre, por ejemplo, Urtubey y Capitanich.
5. Insistir con Cristina 2019 puede actuar como un ansiolítico para el alma política o un analgésico para las magulladuras del 2015, pero no suena sensato o instrumental si anteponemos los intereses de la mayoría al lustre del bronce histórico. Cristina contará con un gran poder simbólico luego de abandonar el PEN, pero no creo que vaya a constituirse en una demanda social que exceda al clamor de la militancia cristinista.
6. Hacer antimacrismo progre-capitalino solo nos asegurará muchos años de gobierno amarillo. Si los reflejos culturales antimenemistas le ganan a la defensa del bolsillo de las clases populares, Mauricio podrá disfrutar de la pizza con champán sin sobresaltos.
7. Listo, peguenmé.