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lunes, 14 de noviembre de 2016

Populismo y globalización: Brexit, Trump y... China

Uno de los sentidos que se tejen alrededor del populismo es su calificación como opuesto a la globalización, sea por hacer su crítica, por tener un sentido electoral (y por lo tanto, local) o porque economía y política puede circular por carriles separados. Así, el discurso proteccionista es populismo aunque, desde el discurso liberal, la praxis luego entregue barreras arancelarias, fitosanitarias y subsidios a la propia producción. Este sinsentido se repite ad nauseum y el populismo termina degradado a la categoría de “todo lo malo que no me gusta".

La teoría política, post factum, quiere ver en el triunfo de Trump —así como luego del Brexit una condena a la globalización y sus consecuencias. Es innegable que las reaganomics primero (el tatcherismo en el Reino Unido) y los procesos que Toffler sintetiza para su Tercera Ola, después, constituyeron cimientos para los púlpitos desde los que predicaron los brexiters y el realDonald. Claro, si imaginamos que esos escenarios se construyeron sobre las espaldas de los habitantes de los suburbios y la ruralidad, castigados por la economía financiera y la deslocalización empresaria. Pero, contrario a lo que sostiene la prensa liberal que quería a Hillary en el Salón Oval, no fueron el único material de construcción en lo que al triunfo de Trump respecta.

Repasando resultados, podemos decir que Rusia tuvo un protagonismo importante durante la campaña electoral, pero qué poco se mencionó el hecho, fundamental, que éstas se fueron las primeras elecciones norteamericanas en las que China, al convertirse en factoría mundial y actor global, y el sudeste asiático todo en polo tecnológico, tuvieron influencia decisiva. Muchas fotos de Putin, pocas del politburó que en su momento lideró Deng Xiaoping.

Hay más razones. También la norteamérica blanca (masculina y femenina) se “defendió" con el voto —y algunas trapisonerías electorales, en los estados del sur— de las minorías que apoyaban a Clinton. ¿Tiene que ver eso con la globalización? Sí, y con la inmigración que conlleva, pero en un sentido distinto al económico y relacionado estrechamente con lo social.

¿Qué queremos decir? Se le ha adjudicado a Trump —y también a brexiters como Boris Johnson— el apelativo “populista" para explicar las razones de sus éxitos. En la prensa liberal y antitrumpista, el populismo es simplificado como “decir lo que el electorado quiere escuchar". Es más complejo, no sean hijos de puta, responde Laclau. Todos son populistas, agrega —o nos tomamos la licencia poética de darle voz—. Incluso Hillary, cuando (tarde) hizo populismo del peor al demarcar el campo político con Donald J. como hito fronterizo. Antes, fueron escasos sus esfuerzos por encadenar las demandas disímiles de las minorías cuyos votos solicitaba. Planteó el EE.UU. del futuro, multicultural, respetuoso de la diversidad y las demandas de género, pero sólo pudo intentar articular estas propuestas en rechazo al magnate presidente electo. Trump, en cambio, con Make América Great Again y su foco en la casta política (I'm sorry for la troskeada, pero el realDonald la troskeó bastante), a la que no tildó de equivocada sino de inútil, hizo populismo antes y mejor, consiguiendo el voto de incluso un 30% de los mismos inmigrantes a los que prometía echar a patadas. En términos económico, EE.UU. fue puesto a elegir entre los '80s reaganianos y los '90s clintonianos. Pero desde un enfoque social, la dicotomía fue planteada entre pasado y futuro, siendo el primero, para una parte pequeña pero determinante del electorado, el recuerdo del añorado american way of life.

Aterrorizados aún por un triunfo que creían imposible cuando sólo era improbable, algunos analistas, interesados, hablan de una ola de populismo que destruiría más temprano que tarde al mundo. Están los que quieren ver el mundo arder y están los que se conforman con pronosticarlo. Pero si bien tanto Trump como los brexiters se apoyaron en eslóganes populistas, apelaron antes a un conservadurismo romántico y casi cinematográfico. En el caso Trump, un retorno al americanismo, la nostalgia de un pasado idílico en el que sólo iban a la guerra para detener nazis y sucios comunistas. Más que populista, Trump es lo que él reconoció ser: un conservador, en este caso, popular. Y cualquiera de nosotros puede entender a qué se refiere el término: “volvamos a la época de nuestros abuelos en la que... (acá) los chicos podían jugar en la vereda o (allá) teníamos al american dream delante de nuestras narices y el sky era el limit". En ocasiones, el pasado queda más cerca que el futuro.

Además de considerar que con Trump asistiríamos a un supuesto fin de la globalización, el imperialismo norteamericano ha sido puesto también en entredicho en su efectividad como factor cohesivo del lábil por diverso tejido social. Debe haber algo así, momentáneo, pero la constante apelación de Trump a su capacidad para destruir a ISIS desmiente parte del postulado. Así, ambos argumentos, el fin de la globalización y el expansionismo imperial norteamericano, se demuestran apresurados.

La globalización es hace tiempo una fuerza que supera largamente las posibilidades de control por parte de un Estado, así sea este el más poderoso del mundo en términos militares, culturales y —todavía— económicos. ¿La caída o reconfiguración de tratados como el NAFTA o el TPP implican algo distinto a un tiempo para repensar los modos en que el comercio mundial se moldea a sí mismo? ¿Más estado y menos mano invisible? Si consideramos que ya les tocó a las socialdemocracias europeas gestionar recortes al estado de bienestar, y se asimilaron a las derechas que las precedieron (con relativo éxito para el capitalismo financiero, desastroso para los sistemas políticos que vieron monocromatizadas sus ofertas electorales), es dable suponer que con el mismo grado de éxito (es ironía) los conservadurismos que vendrán —traccionados por los mismos condicionantes que explican el Brexit y a Trump— serán llamados a gestionar el rebote electoral que ahora pide por más estado-nación y menos economía global. Pero no se tratará de cambio de paradigma alguno, sólo un grado de variación en las relaciones de fuerza que navegan las aguas de una economía global, en la que China ganó en injerencia en detrimento de un EE.UU. que debe aún decidir si continúa siendo el gendarme mundial.

jueves, 14 de febrero de 2013

Paradigmas viejos y nuevos

Los siglos 19 y 20 significaron saltos cualitativos en lo que respecta a desarrollo productivo pero, aún así, fueron, especialmente el siglo pasado, de los más sangrientos en nuestra historia, algo en apariencia contradictorio, pero no tanto si pensamos que fueron las guerras, mundiales y fría, las que determinaron, en buena medida, los adelantos tecnológicos y, luego, con los resultados de los enfrentamientos bélicos puestos, los paradigmas que regirían en adelante el mundo y sus alrededores. En 1989, con la caída del Muro de Berlín, convencieron a la gran mayoría de que el fin de la Historia significaba haber alcanzado el punto cúlmine en el desarrollo humano y, era entonces obvio, y lógico, el paradigma triunfante reinaría por los siglos de los siglos, amén. Así el Mercado y todos sus instrumentos eran quienes podían asegurar la paz y la prosperidad. Y entonces, por supuesto, la felicidad. ¿Qué sabían Los Beatles? El amor. Ja. El liberalismo daba paso al neoliberalismo (o éste se abrió paso a las patadas), y más importante que todo, ahora era el comercio globalizado el paradigma último y triunfante. Y maximizaría sus ganancias a como diera lugar porque, bueno, eso era lo virtuoso, lo bueno. El egoísmo como pistón y cemento social. Capos.

Hasta el siglo 19 Europa regía el mundo. Luego de la I Guerra Mundial ya no fue así, y entonces nació la Unión Europea, como una comunidad económica antes que política, buscando conservar un espacio de poder. La unificación comercial vendría a resolver, pensaban, los problemas que habían llevado históricamente a los países europeos a luchar. Por espacio vital o por recursos. La actual crisis de los países periféricos europeos pone de manifiesto que esta presunción se trató de un terrible error. Esto es, pensar que el librecomercio podía resolver todo como si, efectivamente, fuera Dios en la Tierra con las tablas de Moisés bajo el brazo. O no se trató de un error, ya que la Historia no es otra cosa que la historia de opresores y oprimidos que luchan por ya no serlo.

Recientemente David Cameron, como primer ministro de la nación europea líder en euroescepticismo, dijo que el objetivo de la UE no debería ser “conseguir la paz, sino asegurar la prosperidad” y, por ello, amenaza con un referendum sobre la pertenencia de Gran Bretaña a la UE para negociar con Bruselas la recuperación de márgenes de autonomía británicos [1]. Es decir, cambiar la tendencia en cuanto al direccionamiento actual del poder: más para los Estados. Kirchnerista, tsk, tsk.

El triunfo de Hollande sobre Sarkozy, el triunfo de las oposiciones en las diversas elecciones y el crecimiento de la Derecha xenofoba en Europa son síntomas de que el intento de crear una identidad europea, por sobre las nacionales e históricas (uno de los objetivos de la UE), ha fracasado. Por el lado de este paradigma resta saber si podrán sostener el Euro, objetivo último.

China representa un nuevo paradigma: capitalismo de Estado o marxismo de Mercado, je. Debe todavía desarrollarse, pues los trabajadores, la creciente clase media, los nuevos actores sociales, no podrán ser controlados por siempre por el Partido Comunista Chino (menos en un mundo en el que la batalla cultural, ay, la lidera Hollywood). No son pocos quienes desde los medios presionan por reformas (ah, los Melconians del mundo [2]). El progresivo aumento de la conflictividad social, con manifestaciones catalogadas como masivas por el propio PCCH, constituyen muestra de que China deberá, forzosamente en el futuro, encarar políticas imperiales y no sólo comerciales. Entonces, para el capitalismo globalizado, habrá llegado el tiempo de "modernizar" África. Ya es territorio de disputa entre EE.UU. y la emergente potencia asiática.

Pensemos en Latinoamérica. Recientemente el brasileño Marco Aurelio García decía: “Los éxitos de las experiencias de gobierno de izquierda y de centroizquierda en América del Sur no pueden ocultar, sin embargo, sus límites cuyo examen crítico es fundamental para la continuidad de esas experiencias y, sobre todo, para su profundización" [3].

Vivimos todavía la década posneoliberal, un modelo distinto al de cualquier otra parte del mundo. Modelo en el que el Estado recupera márgenes que antes había resignado al Mercado, pero bajo la premisa de que una mayor igualdad social permite un desarrollo más armónico y hace a los países más sustentables. No es poco, para una región que periódicamente se vio sacudida por crisis económicas, sociales y fue históricamente coto de caza de los distintos imperios de nuestra Historia. Pero este paradigma no puede ser eterno, Diana Conti: más temprano que tarde se verá confrontado por los límites de las economías de mercado y por nuevos desafíos: el ambientalista será uno importante, colocando en veredas distintas al fundamental desarrollo con el necesario cuidado del ambiente/comunidades originarias. Ya se observa esta dicotomía en Brasil, Perú, Chile, Bolivia y, en menor medida todavía, en nuestro país. Tampoco es posible pensar que Estado y Mercado arriben a alguna clase de equilibrio, por eso la tensión y los tironeos son y serán moneda corriente si pretendemos algo parecido a un capitalismo más humano y menos financiero.

[1] http://internacional.elpais.com/internacional/2013/01/23/actualidad/1358924833_389106.html

[2] http://victimofred.wordpress.com/2013/01/08/solzhenitsyn-quote-adds-to-reform-clamour/ (nota del Financial Times).

[3] http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-213749-2013-02-13.html

jueves, 10 de noviembre de 2011

El equilibrio y las instituciones


A grandes rasgos las instituciones son los organismos a través de los cuales un colectivo social se dota de un grupo de normas, ya sean reglas formales o informales (dadas por el hábito), con el propósito de obtener un bien para dicha comunidad. Las instituciones son, entonces, las que normalizan el desarrollo social. Aunque generalmente intentan caracterizarlas como algo sagrado, inamovible, perteneciente al reino de lo natural son, en realidad, el resultado evolutivo de la actuación de los agentes que le dan vida.

El capitalismo es una de las instituciones, o la institución, que ordena al mundo. Está de moda decir que está en crisis, cuando lejos estamos de desarrollar un sistema que lo reemplace. La crisis que vivimos no es del capitalismo, ni está éste en entredicho, sino de una de las formas de acumulación de riqueza, el capitalismo financiero, o la obtención de ganancias a través de la especulación y no de la producción.

Aunque a los países centrales les cueste reconocerlo, el equilibrio actual del mundo está variando, trasladándose hacia el Este y el Sur, los BRICS y Latinoamérica. En la reciente cumbre del G20, los países de la eurozona tenían como uno de sus objetivos conseguir que los países emergentes -especialmente China y Brasil- contribuyeran al fondo de rescate europeo. Éstos últimos aclararon que prefieren invertir en el FMI. Esta negativa fue la que llevó a Lagarde, directora del Fondo Monetario, a advirtir, en visita a Pekín, que «si no actuamos juntos, la economía mundial corre el riesgo de (entrar en) una espiral de incertidumbre y de inestabilidad financiera». Lo que, traducido al chino, significa "no sean así, che, pongan una moneda, ratas". Toda una institución, el FMI.

El ejemplo de la crisis europea nos plantea un dilema, viejo como las mismas instituciones, acerca de los objetivos de éstas últimas. Ni las protestas en Grecia, Irlanda o España pudieron torcer el rumbo trazado por las instituciones dominantes: rescatar al capitalismo financiero, a los bancos, y que el costo lo paguen las sociedades con desempleo, pobreza y hambre. Como señala acertadamente Rucio: «la UE ha logrado por el momento conjurar la amenaza de que se repitan episodios como el Islandés». Las instituciones, esta idealización de los republicanos en Europa y en nuestro país -si no estaremos aturdidos de tanto escuchar apelaciones a la República y las instituciones por parte de los opositores al kirchnerismo, políticos y mediáticos-, demostraron que, en esta crisis financiera, sirvieron como escudos ante el desborde de las demandas populares y como canales para las demandas del capitalismo financiero. Tanto es así que no dudaron en dejar caer en desgracia a un propio como Berlusconi.