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jueves, 26 de enero de 2017

Populismos y el teorema de Baglini en la globalización

Es tiempo de reconocer que lo endeble de la economía global hace letra muerta del teorema de Baglini, aquel que reza que cuanto más cerca del poder más conservadoras se tornan las posiciones de un político. El pasado 2016 lo demostró: luego de la crisis subprime de 2008, de las golpeadas economías periféricas europeas y el menor crecimiento chino, no solo no hay timidez alguna para pegarle al sistema sino que, además, paga electoralmente. Y es probable que continuemos en la tónica por no pocos años.

Así el Brexit como Trump, manifestaciones ambas del descontento de un gran porcentaje de la población mundial con el estado actual de situación (que son noticia —claro— porque afectan a países desarrollados, al tope de la tabla de PBIs, aquellos donde nacieron las megacorporaciones que impusieron y son las ganadoras de la globalización); así Marine Le Pen en Francia, sentenciando el fin de la Unión Europea como promesa implícita de campaña. Estos casos dan cuenta de cómo las preconcepciones de lo políticamente correcto y hasta lo políticamente posible van siendo puestas no sólo en cuestión sino, directamente, abandonadas por no garantizar lo que un contexto más estable otorgaría en tiempos electorales: mayores chances de triunfo a las posiciones de centro.

El reciente discurso de Theresa May en Davos, explicando todo lo que supuestamente no implica el Brexit para la UE y la economía global, es síntoma de cómo el escenario de inestabilidad política provocado por las políticas económicas de las fuerzas globalizadoras los encuentra todavía sin respuestas superadoras. Y entonces sólo atinan a criticar la emergencia de distintas opciones políticas al grito desgarrado de “¡populismo, horrible populismo!" sin siquiera comprenderlo, como bien apunta MECasullo*. “...The forces of liberalism, free trade and globalisation that have hadand continue to havesuch an overwhelmingly positive impact on our world...", alaba May, cuando son algunas de las razones que explican el Brexit. Luego, sí, critica a las fuerzas políticas que se retroalimentan con sus consecuencias y están también en la base del resultado del referéndum: “...across Europe parties of the Far Left and the Far Right are seeking to exploit this opportunity, gathering support by feeding off an underlying and keenly felt sense among some peopleoften those on modest to low incomes living in relatively rich countries around the westthat these forces are not working for them...". Si no fuera por miopía o un raro fatalismo para tratarse de política, el discurso todo sería digno del mejor Groucho Marx.

Tenemos también cerca el caso de España, remedando a Bélgica en sus intentos por formar gobierno tras una y otra elección, con la emergencia de Podemos y Ciudadanos a uno y otro lado del arco político, tal cual describe en disconformidad Theresa May.

En Latinoamérica, lo anterior más la caída de las commodities explicó la ventana por la que arrojaron a Dilma y el PT, con la novedad de que enviaron necesariamente al drenaje a Odebretch, un privado y más que grande, algo impensable hace poco tiempo. Complicando además la política en otros países de la región, vistas las ramificaciones subcontinentales de los negocios de la constructora brasileña. En nuestro país explica, en parte, que votáramos un #cambio para volver a las recetas fracasadas de aperturismo comercial y economía financiera, justo cuando el admirado “mundo" se complica a consecuencia de todo lo anteriormente enumerado. Resulta gracioso, además, que el macrismo esté traicionando algunas de sus promesas electorales apelando a la racionalidad del ejercicio del poder.

Entonces, como si lo descripto no fuera suficiente, tenemos a China —¡a China!— liderando la resistencia por la economía global que hasta acá nos condujo, mientras Trump intenta redifinir el rol global de EE.UU. con una mirada hacia adentro, como una búsqueda de entropía dentro de un sistema que muestra signos preocupantes. Así, el descontento social por lo económico —y no tanto por lo injusto de la distribución de poder o riqueza sino antes por sus consecuencias, algo que no debe confundir a las elites políticas si quieren comprender el fenómeno— habilita posiciones que prometen saltos hacia lo desconocido con una liviandad que a veces asusta al más plantado. Quizás sea momento de reformular el teorema de Baglini, y decir entonces que en el actual contexto, el político sólo se torna conservador en sus propuestas... luego de acceder al poder.

* Habíamos apuntado que no sólo Trump hizo populismo, sino también Hillary Clinton, sólo que tarde y de manera poco efectiva. Además, que el término “populismo" no es de modo alguno el antónimo de “globalización".

lunes, 14 de noviembre de 2016

Populismo y globalización: Brexit, Trump y... China

Uno de los sentidos que se tejen alrededor del populismo es su calificación como opuesto a la globalización, sea por hacer su crítica, por tener un sentido electoral (y por lo tanto, local) o porque economía y política puede circular por carriles separados. Así, el discurso proteccionista es populismo aunque, desde el discurso liberal, la praxis luego entregue barreras arancelarias, fitosanitarias y subsidios a la propia producción. Este sinsentido se repite ad nauseum y el populismo termina degradado a la categoría de “todo lo malo que no me gusta".

La teoría política, post factum, quiere ver en el triunfo de Trump —así como luego del Brexit una condena a la globalización y sus consecuencias. Es innegable que las reaganomics primero (el tatcherismo en el Reino Unido) y los procesos que Toffler sintetiza para su Tercera Ola, después, constituyeron cimientos para los púlpitos desde los que predicaron los brexiters y el realDonald. Claro, si imaginamos que esos escenarios se construyeron sobre las espaldas de los habitantes de los suburbios y la ruralidad, castigados por la economía financiera y la deslocalización empresaria. Pero, contrario a lo que sostiene la prensa liberal que quería a Hillary en el Salón Oval, no fueron el único material de construcción en lo que al triunfo de Trump respecta.

Repasando resultados, podemos decir que Rusia tuvo un protagonismo importante durante la campaña electoral, pero qué poco se mencionó el hecho, fundamental, que éstas se fueron las primeras elecciones norteamericanas en las que China, al convertirse en factoría mundial y actor global, y el sudeste asiático todo en polo tecnológico, tuvieron influencia decisiva. Muchas fotos de Putin, pocas del politburó que en su momento lideró Deng Xiaoping.

Hay más razones. También la norteamérica blanca (masculina y femenina) se “defendió" con el voto —y algunas trapisonerías electorales, en los estados del sur— de las minorías que apoyaban a Clinton. ¿Tiene que ver eso con la globalización? Sí, y con la inmigración que conlleva, pero en un sentido distinto al económico y relacionado estrechamente con lo social.

¿Qué queremos decir? Se le ha adjudicado a Trump —y también a brexiters como Boris Johnson— el apelativo “populista" para explicar las razones de sus éxitos. En la prensa liberal y antitrumpista, el populismo es simplificado como “decir lo que el electorado quiere escuchar". Es más complejo, no sean hijos de puta, responde Laclau. Todos son populistas, agrega —o nos tomamos la licencia poética de darle voz—. Incluso Hillary, cuando (tarde) hizo populismo del peor al demarcar el campo político con Donald J. como hito fronterizo. Antes, fueron escasos sus esfuerzos por encadenar las demandas disímiles de las minorías cuyos votos solicitaba. Planteó el EE.UU. del futuro, multicultural, respetuoso de la diversidad y las demandas de género, pero sólo pudo intentar articular estas propuestas en rechazo al magnate presidente electo. Trump, en cambio, con Make América Great Again y su foco en la casta política (I'm sorry for la troskeada, pero el realDonald la troskeó bastante), a la que no tildó de equivocada sino de inútil, hizo populismo antes y mejor, consiguiendo el voto de incluso un 30% de los mismos inmigrantes a los que prometía echar a patadas. En términos económico, EE.UU. fue puesto a elegir entre los '80s reaganianos y los '90s clintonianos. Pero desde un enfoque social, la dicotomía fue planteada entre pasado y futuro, siendo el primero, para una parte pequeña pero determinante del electorado, el recuerdo del añorado american way of life.

Aterrorizados aún por un triunfo que creían imposible cuando sólo era improbable, algunos analistas, interesados, hablan de una ola de populismo que destruiría más temprano que tarde al mundo. Están los que quieren ver el mundo arder y están los que se conforman con pronosticarlo. Pero si bien tanto Trump como los brexiters se apoyaron en eslóganes populistas, apelaron antes a un conservadurismo romántico y casi cinematográfico. En el caso Trump, un retorno al americanismo, la nostalgia de un pasado idílico en el que sólo iban a la guerra para detener nazis y sucios comunistas. Más que populista, Trump es lo que él reconoció ser: un conservador, en este caso, popular. Y cualquiera de nosotros puede entender a qué se refiere el término: “volvamos a la época de nuestros abuelos en la que... (acá) los chicos podían jugar en la vereda o (allá) teníamos al american dream delante de nuestras narices y el sky era el limit". En ocasiones, el pasado queda más cerca que el futuro.

Además de considerar que con Trump asistiríamos a un supuesto fin de la globalización, el imperialismo norteamericano ha sido puesto también en entredicho en su efectividad como factor cohesivo del lábil por diverso tejido social. Debe haber algo así, momentáneo, pero la constante apelación de Trump a su capacidad para destruir a ISIS desmiente parte del postulado. Así, ambos argumentos, el fin de la globalización y el expansionismo imperial norteamericano, se demuestran apresurados.

La globalización es hace tiempo una fuerza que supera largamente las posibilidades de control por parte de un Estado, así sea este el más poderoso del mundo en términos militares, culturales y —todavía— económicos. ¿La caída o reconfiguración de tratados como el NAFTA o el TPP implican algo distinto a un tiempo para repensar los modos en que el comercio mundial se moldea a sí mismo? ¿Más estado y menos mano invisible? Si consideramos que ya les tocó a las socialdemocracias europeas gestionar recortes al estado de bienestar, y se asimilaron a las derechas que las precedieron (con relativo éxito para el capitalismo financiero, desastroso para los sistemas políticos que vieron monocromatizadas sus ofertas electorales), es dable suponer que con el mismo grado de éxito (es ironía) los conservadurismos que vendrán —traccionados por los mismos condicionantes que explican el Brexit y a Trump— serán llamados a gestionar el rebote electoral que ahora pide por más estado-nación y menos economía global. Pero no se tratará de cambio de paradigma alguno, sólo un grado de variación en las relaciones de fuerza que navegan las aguas de una economía global, en la que China ganó en injerencia en detrimento de un EE.UU. que debe aún decidir si continúa siendo el gendarme mundial.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Love Trump's hate

No era así el pésimo eslogan de campaña de Hillary, pero fue así como el discurso de Trump “trickled down" a los white uneducated, que vieron mermar sus fuentes de trabajo vía globalización, “Shaina" y la excusa de la inmigración descontrolada: el odio le ganó al amor. Pasó acá y también allá, con candidatos que no sólo no enamoraron sino que presentaron elevados niveles de rechazo.

¿Perdió Hillary? ¿Ganó Trump? Un poco de ambas. La peor candidata que podían presentar los demócratas frente a un supuesto outsider. Una campaña que hizo foco en demonizar al realDonald vs. promesas irrealizables y just common sense (para decir demagogia) por parte del anaranjado magnate. ¿Ganó el populismo, horrible populismo? No hagan que Laclau se corchee: populismo no es sólo decir lo que el público quiere escuchar. Las Trumponomics, en cambio, se parecen más al recetario tradicional del conservadurismo republicano (recortar taxes a los ricos, también salud pública y gastos sociales, por ejemplo) que al ideario peronista como quieren vendernos en la tele macrista. Pero retornemos. Hay más razones, claro: la participación (Hillary, 7 palos menos de votos que Obama vs. Trump, con sólo 1,5 palos menos que Romney); el voto del rust belt, Ohio, Pennsylvania, a priori azules, a la larga rojos enmarcados en razones similares a las que explicaron el Brexit; redes sociales vs. medios tradicionales, Rusia, WikiLeaks, etc., etc. Todo ha sido dicho ya.

¿Qué podemos pensar entonces? ¿Qué cabría esperar de una Trump administration? En principio, resulta una incógnita. El New York Times (con una importante participación accionaria del mexicano Slim), dijo re caliente: “we don’t know if he has the capacity to focus on any issue and arrive at a rational conclusion". Tranqui, eh. Como para que tenga y guarde. Uno querría agarrarse de su discurso de aceptación, moderado y calmo, para evitar pensar que es un monkey with a granade que va a enquilombar el comercio mundial, destruir economías dependientes del dólar (y en Latinoamérica no tenemos sólo a la Alianza del Pacífico, sino que debemos sumar a Temer y Macri), embarcarse en war trades con Shaina (aka as China), favorecer el desmembramiento de la Unión Europea, etc. Por lo pronto, una de las posibilidades es que produzca justo eso. O parte de eso. Otra posibilidad, más ansiolítica, es que en vista de que llegó sólo, sin equipo, y que su partido dominará ampliamente el Congreso, se avenga a encauzar un gobierno republicano como los conservadores mandan, entregando el gobierno al Partido y reservándose la figuración. Nombres como Giuliani o Gringitch ya suenan para su gabinete. En tal caso podríamos esperar, esperanzados (!), algo más parecido a la presidencia W. Bush que a la del host de The Apprentice. Sí, ya se, no suena inspirador, pero antes que rezar para que vengan los marcianos a invadirnos y respirar aliviados con un Mars Attack liberador, dejenmé con George W.

¿Que van a haber más tiros en yanquilandia, dicen? ¿Van a tirar abajo el Obamacare? ¿Chau a Roe vs Wade y todo el progresismo liberal norteamericano? ¿Que van a perseguir musulmanes, mexicanos y los van a cagar a palos más que ahora? Sí, puede ser. Pero votaron eso, chicos. Como acá votamos xenofobia, endeudamiento y bicicleta financiera con políticas anti industriales. A comerla o armar un partido para ganar las elecciones. A propósito de esto último, Obama y Hillary son Cristina y Scioli, y los demócratas deberán reencontrar su lugar en el mundo (político norteamericano) y reinventarse bajo un nuevo liderazgo. ¿Warren? ¿Michelle 2020? Es pronto para saberlo.

¿Y para Argentina, qué podríamos esperar? Amén de los groseros errores de política exterior del team Malcorra/Macri/Lousteau, no mucho en términos políticos pero sí en términos económicos si el realDonald termina siendo un mono con navaja. Turbulencias diplomáticas, difícil: al contrario de lo pregonado por el discurso del “oh, qué felicidad, ¡volvimos al mundo!", lo cierto es que les importamos tres carajos y tendrán preocupaciones geopolíticas más urgentes. No deberíamos dejar de anotar, de todos modos, que supeditamos nuestra política exterior a la candidatura de Malcorra a ONU para perder por sobreactuación hacia una administración norteamericana que se iba y que, a la postre, también perdió. No era lo más probable, pero tampoco era imposible. De todos modos, resulta más preocupante que el plan económico del macrismo fuera *abrimos comillas* consensuado *cerramos comillas* *igual seguimos haciendo comillas por un rato* con el secretario del Tesoro de Obama y que, además, la nueva administración trumpista deberá demostrar cuánto respeta la tradicional independencia de la Reserva Federal yanqui. Let's pray for Vidal, but first raise your hands to the Lord for Sturze & Prat Gay.

Gran idea, además, abrirse irresponsablemente a la globalización golpeando al mercado interno mientras la primera es cuestionada en los países centrales. ¿Se revalorizan los Estado-nación? Puede ser. ¿Estamos frente al fin del imperialismo norteamericano? Difícil: es más probable que, así como le tocó antes a la socialdemocracia europea lidiar con soluciones a problemas que la alejaron de los Estados de bienestar, la ciudadanía esté encargando ahora a los conservadores un retorno a cierta protección social por parte de estos Estados. Así, tan contradictorio como suena.

Mientras todas estas incógnitas se resuelven, podemos entretenernos intentando acertar el tono Koleston de Donald J., contando los días para el encarcelamiento prometido de Hillary o tomando nota de cómo lleva adelante Juliana su lenta, pero segura (?), transformación en Melania. Solo queda por decir: crooked Trump voters.

domingo, 24 de abril de 2016

Los interrogantes que plantea Brasil para la estabilidad política en la región

Brasíl, decíme qué se siénte
Que Témer quierá ser tú papá
Te júro que aunqué pasé'l impeáchment
Núnca nos vámos a olvidár
Que Cunhá te traicionó
Y el PMDB te abandonó
El PJ es más grande que el PT

Dos buenos artículos, hoy en LA NACION, hablan sobre la crisis política de Brasil. Crisis asentada, claro está, en una recesión económica que, junto al Lava Jato, crea las condiciones para el impeachment a Dilma y el intento por parte del establishment de hacer del Partido de los Trabajadores un recuerdo.

El texto de @MECasullo plantea tres interrogantes para las democracias sudamericanas: ¿Presidencialismo o Parlamentarismo?, ¿Coaliciones o Partidos? y ¿es más racional ser moderado o radical? Sobre esto último, dice: “Uno de los principios de fe del análisis político de la pasada década consistió en diferenciar entre los gobiernos de centroizquierda populistas y los gobiernos moderados o institucionalistas. Diversas notas sostenían que los gobiernos populistas privilegiaban el cortísimo plazo en lo económico y distribuían a mansalva, mientras que los gobiernos moderados privilegiaban la gobernabilidad de largo plazo con políticas más racionales, mayor crecimiento económico y el consenso no sólo de la sociedad política sino, crucialmente, de los sectores empresarios. Sin embargo, la realidad va en contra de esta dicotomía, al menos desde el punto de vista de los presidentes. Es cierto que Venezuela parece marchar rumbo a un colapso económico, pero la Bolivia de Evo Morales es un ejemplo de disciplina económica, con la inflación más baja de Sudamérica y con deuda tomada a una tasa del 6% en 2014; Ecuador también se ha mantenido estable económicamente. Mientras tanto, en Brasil el PT ha presidido sobre una recesión sin antecedentes y el empresariado brasileño accionó públicamente para su caída. Sin ir más lejos, el kirchnerismo argentino logró sobrevivir a varias coyunturas críticas y dejar el poder sin una crisis económica abierta. ¿Cuál será, mirando hacia adelante, el incentivo que tendrá un gobernante de centroizquierda para moderarse si, al fin y al cabo, esta moderación no parece conllevar de por sí mayores perspectivas de éxito?". Bien leída, resulta una advertencia también a los establishment regionales y globales: si la reacción a los gobiernos populares es tan virulenta y negociar con el empresariado no redunda en estabilidad política, ¿por qué no tensar la cuerda y señalar las Grietas? Claro, cada país presenta sus particularidades, y podemos decir a esta altura que el justo medio no se encuentra en el centro del arco planteado por la pregunta. Dos ejemplos de equilibrio —entre la radicalización que representa el chavismo y la moderación de Dilma y el PT— bien pueden ser las presidencias de Morales en Bolivia y Cristina Fernández en Argentina. Evo tuvo la muñeca política suficiente para rosquear con la medialuna oriental boliviana y CFK pudo comandar a la gran mayoría del peronismo hasta la finalización de su mandato.

De todos modos, estos procesos de destitución constitucionales o golpes institucionales consiguen un objetivo secundario al devaluar el valor del voto. Cuando la ecuación 1 persona = 1 voto no determina luego la estadía del representante seleccionado en el gobierno, la democracia que tanto costó conseguir en la región ve devaluado su sentido y la clase política toda entra en descrédito. La estabilidad institucional no puede ser sólo de aquellas instituciones que nos gustan, y las chances de Donald Trump en EE.UU. deberían fungir como advertencia suficiente.

La segunda pregunta de Casullo respecto a Coaliciones o Partidos parece responderse sola, visto el caso brasileño. Pero Facundo Cruz, también en LA NACION, pretende un giro de tuerca: no son las coaliciones —dice—, sino el modo de gestionarlas: “El problema de fondo radica en discutir los modelos de gestión de esos acuerdos entre partidos, es decir, el gobierno de la coalición antes que la coalición en sí misma". Y aunque desde un punto de vista peronista pueda parecer errado (“¡mejor un partido que las coaliciones! ¡Viva Perón, carajo!"), es también desde un punto de vista peronista (por lo pragmático) que lo apuntado por @facucruz tiene gran validez: los países con presidencialismo de coalición en la región, Chile y Brasil, no cuentan con un partido como el PJ, que puede mantenerse sólo en el poder, como demostró el último periodo de Cristina en el PEN. Para Brasil y Chile sólo queda surfear en la fragmentación de partidos para mantenerse arriba de la ola.

Esto último debería servir también para nuestro país, que se encuentra transitando el segundo gobierno de coalición de su historia democrática reciente (el primero, la Alianza, no dejó un buen recuerdo). Cambiemos y Macri deberían tomar buena nota de ello, y pensar que si tienen entre sus objetivos avanzar contra la lista sábana en la reforma electoral que planean (oh, la modernización), pueden estar favoreciendo el parlamentarismo de coalición antes que el presidencialismo que asegura —vaya paradoja— mayor estabilidad institucional.

viernes, 25 de marzo de 2016

Obama en la Argentina de Macri

¿Dejó algo la visita del presidente norteamericano a nuestro país? Amén del sinnúmero de demostraciones de cholulismo proimperialista de diversos comunicadores sociales enrolados en el periodismo militante antimilitante, poco. Me dirán: el espaldarazo político a Mauricio Macri, que necesita como nómada en el desierto del agua que lave las manchas de su política económica. Sí. Me recordarán la desclasificación de documentos concernientes a la última dictadura militar argentina, claro, pero ese no era el objetivo del viaje sino un gesto de Obama para ser bienvenido. Algo que Mauricio no tuvo en cuenta, por ejemplo, antes de viajar al Vaticano para aquellas fotos que resultaron en un gran fiasco político y un dulce de leche de relaciones públicas en el que el PRO debió remar.

Mientras, Mauricio Macri reversionó la teoría de los dos demonios en su mensaje de ayer, pidiendo “#NuncaMás a la violencia". En Alfonsín podía comprenderse: tenía los fusiles del partido militar todavía en la nuca. En Macri puede ser un gusto que se da, ya que el mensaje es un gran resumen de todo lo que Cambiemos quiere significar: la unión de todos los argentinos, incluidos los que quieren a Jorge Rafael como pretendía Duhalde en 2011. Este retorno a los '80 no es sino un retroceso en términos históricos y políticos. El Estado debería jugar un papel pedagógico en lo que a responsabilidades institucionales respecta, más allá de las necesidades coyunturales del relato macrista. En definitiva, el mensaje de Macri agranda en lugar de zurcir la grieta y las multitudinarias plazas de ayer, en todo el país, lo testimonian.

Pero retornemos a Obama. ¿Sólo el cambio de signo político lo impulsó a visitarnos? ¿Tanta energía política demanda el libre mercado? ¿No será el giro a la derecha que ya vive nuestro subcontinente una de las razones? No, sí y también. Pero EE.UU. piensa la geopolítica en términos más amplios que la escasa complejidad con la que el gobierno de Macri encara la cuestión —la condena a Venezuela a poco de asumir y la timidez rayana con la irresponsabilidad en el tardío pronunciamiento sobre la actualidad brasileña—. Para EE.UU. resulta más preocupante el avance de China en el tablero mundial, aliada a la Rusia de Putin, que felicitar al nuevo gobierno por su aperturismo neoliberal. Así, la visita de Obama tuvo como objetivo principal colocar un freno, aunque más no sea político, a la expansión de la influencia vía inversiones del gigante asiático en el subcontinente.

Resulta gracioso, de todos modos, que sean los países del Acuerdo del Pacífico los que mayores capitales chinos concentran en inversiones mineras. Resulta tragicómico que, en nuestro país, Macri reciba el espaldarazo político de un presidente norteamericano ajustando las últimas oraciones de su inclusión en los libros de Historia mientras, para el gobierno de Cambiemos, es mucho más importante el aporte financiero del swap con China negociado por el kirchnerismo.

Se fue Obama y hay que guardar las banderitas norteamericanas hasta el 4th of July. Consultado al respecto, Martiniano Molina señaló el afianzamiento de las relaciones bilaterales y agregó, como dato de color, lo importante que para eso resulta el hecho que el presidente americano sea negro pero no de alma*.

*NdelE: Martiniano Molina no dijo nada de lo señalado, sólo confundió el Pozo de Quilmes con un desperfecto asfáltico que debe ser bacheado. La aclaración corresponde porque ya no vivimos en tiempos del kirchnerismo: ahora se reprime, encarcela y los jueces citan a indagatoria por un tweet. Cambiamos.

sábado, 10 de enero de 2015

Ser o no ser Charlie Hebdo, esa *no* es la cuestión

Repudiar sin peros o contextualizar el atentado dividen las aguas del opinionismo nacional e internacional. Yo soy Charlie Hebdo o no soy Charlie Hebdo. Malditos fanáticos islámicos o Francia en Argelia, Estados Unidos y Al Quaeda, petróleo y sangre medioriental, etc. Cualquier posibilidad de comprensión se va al carajo así. Ahora, qué difícil repudiar sin la posibilidad de habilitar un debate que tienda hacia la comprensión del fenómeno, cuando todo repudio nace de comprensiones pasadas. Quizás si girase en torno a la secularización de las sociedades podría ser de mayor provecho. Pero ese debate se encuentra saldado ya, excepto para los radicalismos de cualquier índole.

¿Y Francia? Salió de cacería y abatió a quienes, presumen, serían los autores materiales. ¿Cuáles podrían ser las proyecciones políticas? Volveremos sobre ellas.

Rápidamente, luego del atentado, la prensa mundial sentenció: se trató de un ataque a la libertad de expresión. No de prensa, por suerte, porque no “bajaron” a un medio de comunicación sino que asesinaron a los periodistas/humoristas que en él se desempeñaban. Si así fuera, se entendería que el periodismo se sintiera un poco Charlie Hebdo. Pero no todos lo son y menos aún si buscan circunscribir el asunto a un debate simplista: “me matan por opinar distinto”. O la culpa es del Islamismo, como señalan en Revista Paco, clausurando cualquier complejidad o el reconocimiento del quilombo cultural y religioso que se inscrusta en la vieja Europa, constituída también por ciudadanos, hijos de inmigrantes cuya historia de vida fue atravesada por el sometimiento a una nación que ahora cobija a su descendencia.

Como bien apuntaron muchos, un atentado terrorista tiene por principal objetivo lo que su nombre indica: sembrar terror. Y conseguir difusión para una causa, la que fuera. Vaya si la consiguieron. ¿Es la libertad de expresión o la publicidad, entonces?

Ahorremos teorías conspirativas, nain ileven y la mar en coche: cuando atacaron el World Trade Center no buscaban destruir las finanzas internacionales ni Pearl Harbour significó algo más que una mojada de oreja al territorio continental norteamericano. Claro, fueron luego excusas perfectas para Hiroshima y el retorno a ocupar Medio Oriente. Pero idiotas útiles hay en todas las familias. Los encargados de pedir helado, por ejemplo. Pero, ¿por qué decimos que ser o no ser Charlie Hebdo no es la cuestión? Porque ninguna de ambas posturas apunta hacia una posible solución. La primera porque al negar complejidades, matrices de la historia, sólo puede dirigirse a destruir al Otro. Si el Islam es el malo, ¿cuál es la única solución posible? Hay mucho de inhibir cualquier debate que ponga en entredicho los valores occidentales y cristianos allí, qué decir del accionar occidental entonces. Los segundos, en cambio, los que se sumerjen en las complejidades o niegan ser Charlie Hebdo porque implica negarlas, corren el riesgo de agotarse en el trajín del laberinto de lo inmodificable. Y servir mientras tanto a los propósitos de quienes quieran plantear soluciones inmediatas.

Francia es atravesada desde hace mucho por un discurso xenófobo que elección a elección fue ganando adhesión. Marine Le Pen consiguió aggiornar y moderar a su partido con el objetivo de convertirlo en una real opción de poder. Este atentado seguramente le granjeará mayores simpatías y abrirá el campo político para estas expresiones. Dicha apertura, claro, implicará la posibilidad de su disputa, y puede ser la excusa perfecta, también, para que el resto de los partidos políticos franceses incorporen ese rasgo xenófobo que late en algunos sectores de la sociedad y que, en aras del triunfo de la civilización y el iluminismo y la Republiqué, ha sido negado consistentemente.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Elecciones legislativas en EE.UU.: Obama lame duck (o lame black swan)

Los demócratas siempre me impresionaron como nuestros boinas blancas, timoratos y tan citadinos; los republicanos, en cambio, ostentan ese ansia de poder que los emparenta a nuestro peronismo. También en los modos el paralelismo garpa, aunque el bipartidismo yanqui tiene mucho del gerenciamiento de la política que Horowicz llamó democracia de la derrota. ¿Se pueden trazar más paralelos? El GOP tiene algo de peronismo en la base de su composición social... si EE.UU. no fuera un país de inmigración, ya que latinos y afroameri... y negros, bah, suelen optar por los demócratas (auque las últimas elecciones vienen mostrando que ese postulado puede ser puesto en duda). Es más complicado, claro, pero los demócratas hacen pie en las grandes urbes y los republicanos son más fuertes en los estados conservadores, sobre todo los del cinturón bíblico. En términos económicos ambos son liberales, aunque los demócratas tendrían un poquitín más de sensibilidad social y menos cariño por las reaganomics. Pero todo esto es una descripción superficial introductoria a dos notas que explican bastante acabadamente la paliza que los republicanos le propinaron al partido Demócrata en las legislativas nacionales/ejecutivas estaduales de ayer. El primero es un análisis previo que por su nivel de aciertos bien podría haber sido escrito con los resultados puestos. El segundo es del NYT y tiene un dejo de nostalgia por los tiempos de Obama que podrían haber sido y no fueron. Ahora que lo pienso, un poco como todo el mundo, hasta los muchachos que votan los Nobeles. No es el caso de este blog, claro, que hubiera votado (!) por Hillary en la interna, ante la presunción de que podría ser una presidenta más fuerte que el hawaiiano musulmán y marxista. ¿Debido al origen sureño de la carrera política de los Clinton en Arkansas? ¿A causa de la pelea que sostuvieron cuando el impeachment? ¿O sería que Barack impresionaba como una copia de presidente hollywoodense interpretado por Morgan Freeman, bueno hasta el hartazgo? En fin, basta de divague.

El análisis previo nos presenta un mapa de situación que debería haber jugado en favor de los demócratas: “…Hace seis años, cuando Obama ganó la presidencia y el partido ganó el control de las dos cámaras del Congreso, la tasa de paro rozaba el 11%, el déficit federal iba camino del 10% del PIB, el sistema financiero se hundía, la economía se contraía a un 8% anual (…). Seis años después el paro está por debajo del 6%, el déficit por debajo del 3%, los bancos son estables y tienen un sistema regulatorio completamente nuevo, la economía crece por encima del 3% (y lleva años de expansión continua) (…) el partido aprobó la mayor expansión del estado de bienestar americano desde los años sesenta (la reforma de la sanidad) y los salarios finalmente están empezando a repuntar (…) los resultados de los últimos seis años dan para estar orgullosos… pero los demócratas van a perder estas elecciones horriblemente de todos modos…

…la campaña de Obama y el partido demócrata ha sido bastante vergonzosa. El presidente es bastante impopular, en no poca medida porque ha sido incapaz de vender sus éxitos, y el su partido en vez de plantarse y decir que las cosas van bien se ha pasado los últimos meses haciendo lo que saben hacer mejor, esconderse para que los republicanos no les peguen. La campaña del GOP, mientras tanto, ha sido peculiar: quejarse que Washington no funciona (en no poca medida por su culpa), decir que la Casa Blanca está llena de inútiles que no han conseguido detener la epidemia de ébola en Estados Unidos (que no existe), decir que ISIS va a dominar el mundo de forma inminente (no) y prometer que van a bajar impuestos (eso siempre)…”
.

Bueno, he ahí un link más entre los demócratas y nuestra UCR en el poder (y –ay– con el kirchnerismo en modelo 2012/2013): los problemas de comunicación. What we´ve got here is failure to comunicate. Some men we just can reach… En fin, debe ser más profundo, y quizás se encuentre ligado a un problema de autoridad o a la incapacidad para liderar en un momento determinado. Nothing is for ever, cantaba Rudolph Páez. Un exceso de consensualismo, de diálogo, ejecutado conscientemente por Obama desde el inicio de su primer mandato. El análisis de Roger Senserrich continúa y volveremos a él para cerrar. Vamos con el análisis post electoral de Ross Douthat, bloguero (!) del NYT. Pinta el panorama para el Great Ol' Party luego de los comicios: “..Control del Senado, victorias fáciles en estados en los que se corrían carreras empatadas y victorias aún más fáciles en estados republicanos, un final para comerse las uñas en Virgina y una victoria inesperada en Carolina del Norte (…) baste decir que lo que esta noche vimos aparecer no encaja fácilmente en los modelos que vienen siendo aplicados para analizar la política norteamericana –modelos que permitieron prever una buena performance republicana pero no una tan buena, esta barrida tan geográficamente extendida. Bajo esta luz, estos resultados refutan implícitamente la escuela de análisis y estrategia “el pasado es prólogo” que observa tendencias existentes y asume que éstas pueden sólo continuar, que estudia estrategias ganadoras y asume que pueden repetirse a perpetuidad...

…En este caso, lo que fue sobrestimado y juzgado erróneamente fue la efectividad del plano (blueprint en el original) demócrata de 2012, con su atractivo de cuestiones sociales y selección de votantes target ligados a la tecnología que se suponía funcionaban en tándem con tendencias demográficas para cementar una nueva coalición socialmente liberal y multicultural que hiciera insostenible la posición del GOP, obligándolo a un reboot ideológico (…) Por el contrario, los políticos republicanos y su partido se las arreglaron para adaptarse, y –como suele suceder– cuestiones que resonaban en un contexto político determinado aparecen como menos importantes que los fundamentals en otro contexto…”
. Douthat parece demasiado pesimista, pero termina al estilo de los panfletos de izquierda, en los que cualquier situación es en realidad una oportunidad para el advenimiento de la revolución del proletariado. Dice: “…es una elección, es una legislativa, la estructura de las fuerzas sociales todavía pintan bien para los demócratas y su coalición presidencial puede ser reensamblada por Ella (¿Hillary?) en 2016…”.

Debo advertir aquí que no considero equivocado el razonamiento: esta derrota no implica per se un triunfo republicano en 2016. Lo que sí, no creo que todo pueda atribuirse a la (mala) imagen poco ejecutiva que actualmente presenta Obama. Recapitulemos: elecciones ejecutivas 2008 ganadas por los demócratas, legislativas 2010 por los republicanos, ejecutivas de 2012 para los demócratas y las elecciones de medio término de ayer nuevamente para los republicanos. Obama fue lame duck (pato rengo) o lame black swan (cisne negro rengo) desde 2010 por mérito republicano y desde 2008 por responsabilidad propia debido a su espíritu pactista/conciliador. Su aporte más reformista fue la Health Care y pasó lavadísima por el tamiz del GOP. Aun así pudo revalidar su primer mandato. Pero adelantamos que volveríamos con Senserrich para finalizar. Coincidimos ampliamente cuando el analista sostiene: “…el mejor predictor de voto en las presidenciales es cómo va la economía, en las legislativas sin embargo es la popularidad del presidente (…) la valoración del jefe del ejecutivo tiene poco que ver con los resultados económicos (…) y mucho con cosas más generales como imagen de competencia, el nivel de rencor partidista en Washington, crisis fuera del control del gobierno pero que son vistas como su responsabilidad igual (…). Los medios leerán grandes mensajes en los resultados del martes, pero la realidad seguirá siendo la misma: Estados Unidos va (bastante bien), Washington seguirá bloqueado, el presidente está ya bastante de vuelta de todo…”.

viernes, 3 de octubre de 2014

Evo de Bolivia


No es arriesgado pronosticar que Morales será el Presidente democrático de mayor permanencia en la Historia boliviana. Claro que hay razones para que ello ya sea así: históricas, pero también coyunturales. Desde el eternamente postergado indigenismo hasta un manejo bastante ortodoxo en algunos aspectos de la economía (niveles récords de reservas internacionales), el cese de la pasada y continua intervención norteamericana en el país (intercambiaba ayuda económica por sumisión a sus políticas, la anti-cocalera como bandera) y una muñeca política que lo llevó a lidiar tanto con intentos destituyentes (los liderados por la Medialuna rica oriental durante su primer gobierno) como con facciones de izquierda que lo desafiaban (la histórica COB, con la que recientemente “arregló”). Describir a Evo, a esta altura, sería para jardín de infantes. Quizás no tanto así describir a la Bolivia pre-Morales. Neoliberal, postergada, de exclusión como en casi todo el resto del continente… pero aún más. Perdió guerras con Chile, con Paraguay, fue saqueada por algunas familias que se enriquecieron en base al estaño y demás minerales. Esplendorosa en sus bellezas naturales: desde las selvas preamazónicas del norteoriental hasta la cordillera árida de su occidente. El Titicaca, el Salar de Uyuni, la Universidad de Chuquisaca. Hasta nos legó a Cornelio Saavedra. La Bolivia que conocí en los ’90 era profundamente desigual. Hoy continúa siéndolo, pero en mucho menor medida.

Pero basta de dibujar. Vamos a los bifes. Bolivia enfrentará elecciones nacionales en poco más de una semana, el 12 de octubre. Nadie espera que Evo Morales necesite una segunda vuelta para confirmar su triunfo electoral. Las encuestas, como es usual, no se ponen de acuerdo si Morales ganará por una diferencia mayor o –ligeramente– menor al 40% a quien resulte su inmediato perseguidor (aparentemente, Samuel Doria Medina). Citamos a El Deber, el diario de mayor tirada de Santa Cruz: “…en el estudio, realizado entre el 18 y el 29 de septiembre, la opción por el aspirante a la reelección por el MAS creció cinco puntos porcentuales a escala nacional, con 59% en intenciones de voto, desde el 54% que registró en la anterior encuesta, publicada el 15 de septiembre (…) Samuel Doria Medina, que sube a 18%, frente al 14% que anotaba en la encuesta anterior. Jorge Quiroga (…) se mantiene en el 9% registrado en la anterior...”.

Debo confesar algo antes de continuar: lo que me impulsó a este posteo fue la noticia de que aún en Santa Cruz, algo así como el summum de la legitimidad segmentada carriotista de Evo, Morales registra una intención de voto del 50%, frente a un 28% de Doria Medina y un 11% de Tuto Quiroga. Una caricia al alma, casi. Como esas pelotas “tomá y hacelo” en el área chica, Evo puede meter un gol de aquellos en escasos nueve días. Pero va más allá: Santa Cruz no tiene un representante compitiendo: Doria Medina es un empresario paceño, hombre del FMI y el Banco Mundial en los primeros ’90 y Jorge Tuto Quiroga un cochabambino a quien su tiempo de ser la esperanza blanca boliviana nunca le llegó. Fue, Tuto, vicepresidente de Hugo Bánzer Suárez –una suerte de Bussi más exitoso: militar y presidente de facto en su juventud, presidente democráticamente electo en sus últimos años– y presidente luego de la renuncia del anciano Bánzer. Durante los años dorados neocon bolivianos. Tan dorados que luego reasumiría Gonzalo Sáchez de Losada, el Goni, un boliviano agringado que ni siquiera podía quitarse el acento norteamericano de su castellano balbuceado. Luego comenzaría el estallido social que puso a su vice, Carlos Mesa, como interino y luego sí, Evo Morales. Mesa fue algo así como el Duhalde de Evo (no en términos partidarios, pero sí en referencia a lo político, con la convocatoria a una asamblea constituyente y el referéndum que recuperó la propiedad de los hidrocarburos para el Estado Boliviano).

Si Hugo Chávez hizo del chavismo el peronismo venezolano, Evo Morales es, directamente, el peronismo boliviano: vio a los excluídos del sistema y los incluyó.


Apeló a gestos políticos fuertes (corrió a cuanto embajador norteamericano le pusieran adelante) y a cierto pragmatismo en el manejo de lo público (a pesar del poco expertise de los ejecutantes de sus políticas). Tantos años al frente del poder ejecutivo y los números que hoy ostenta deberían ser prueba suficiente para soportar cualquier tesis que lo avale. Aunque ya advirtió que no buscará, luego de su seguro triunfo, reformar la Constitución para buscar un nuevo mandato (y los futurólogos piensan en Álvaro García Linera, su vicepresidente y mano derecha desde siempre, como su “natural” sucesor), podemos decir que hay y habrá Evo Morales para rato en Bolivia.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Escocia: carta del Indio Solari a Rod Stewart

A pesar de que Rod nació en Londres, es como Natalia Oreiro (!), que nadie cree que sea verdaderamente uruguaya (pero Escocia ni siquiera tiene a Catherine Zeta-Jones). Y como perdieron los secesionistas, copipasteamos nuestras agudas reflexiones tuiteras:

— ¡El que no salta es un inglés! ¡El que no salta es un inglés! *no salta el 54% de los escoceses*

— ¿Y la mesa de Necocheland?

— Los secesionistas celebraban su victoria en Pericoburgh.

— Escoceses putos, no se ponen los pantalones largos.

— La carta del Indio Solari a Sean Connery.

— Otra carta de Solari a Ian Anderson. Termina con un “vo' seguí soplando la flauta traversa nomá'".

— Soplar la gaita = soplar la quena.

— Calma, radicales escoceses, que faltan cargar las mesas de The Slaughtering (La Matanza)

— Slaughterinburgh, en el Conurbano británico, evidentemente no está gobernada por Barones.

— Pierden un plebiscito. Toman whisky.

— Lo que dice Alex Salmond. Y cómo lo dice.

— Que Escocia pretenda separarse de Gran Bretaña es como que Mendoza planteara independizarse de Chile *lo multa el INADI, la Conmebol, Vila, Manzano...*

— La guerra de secesión en tiempos gay-friendly *lo denuncia Alex Freyre*

—The number of Braveheart's jokes is too damn high.

— La secuela de Braveheart: Babeheart.

—Escocés secesionista / qué amargado se te ve / vos sos hincha de Mel Gibson / y lo míras por TV #IsSong

— #IsSong2: Escocés secesionista / qué amargado se te ve / proyectaste una de piñas / te salió El Paciente Inglés

— Olé olé / olé olá / vamo' todo' junto' / a granbretañear / si so' de Escocia, ¡puto! / te queré' matá'... #Song3

— Finalmente, CAMERON tuvo un buen DÍAZ:

jueves, 11 de septiembre de 2014

Brasil: empate técnico entre Dilma y Marina para la segunda vuelta

Mientras en nuestro país se debate la ley de pago soberano (es un modo de decir, los argumentos opositores se reducen a no votar una ley del oficialismo), y el debate mediático está motorizado por las declaraciones oportunistas e irresponsables de Ivo Cutzarida o VHMorales, pasan cosas más importantes en nuestro subcontinente: las elecciones en el hermano país vapuleado por Alemania y Holanda.

Un digresión antes: considero importante la ley de pago soberano, pero no implica modificación efectiva alguna en el litigio que mantenemos con los fondos buitres prohijado por Griesa. Sí representa(ba) una oportunidad para demostrar que la defensa de la soberanía y las arcas estatales son una cuestión de Estado, pero es evidente que se privilegia la disputa electoral. Imagino a Paul Singer contento con el accionar de nuestra oposición vernácula, que adelanta una posición más amistosa hacia sus intereses en caso de resultar elegidos en 2015. Cerramos y retornamos a Brasil.

Sorprende la escasa repercusión que en nuestro país recibe el proceso eleccionario brasileño. Sostenemos, casi en soledad, que “una derrota del PT, antes que el triunfo mismo de Marina Silva, podría tener consecuencias más que importantes para el subcontinente". Marcelo Falak lo confirma en Ámbito: «...creció con fuerza la posibilidad de una derrota del Partido de los Trabajadores, único garante de un bloque fuerte. Las restricciones argentinas a las exportaciones, las polémicas comerciales recurrentes y los controles cambiarios que complican la repatriación de dividendos de las empresas extranjeras son un permanente motivo de irritación política en los socios regionales del país. Esto se tradujo en una intensa presión empresarial para que Brasil pueda negociar en soledad acuerdos de libre comercio con otros países y bloques , lo que convertiría al Mercosur en un bonsái y, a través de la llegada masiva a su mercado de nuevos y más eficientes competidores, condicionaría las posibilidades de desarrollo industrial de la Argentina (...) El plan es, entonces, promover acuerdos comerciales de "dos velocidades" para los distintos miembros del bloque , algo que ni siquiera debe ser negociado entre la Argentina y Brasil ya que, explica la plataforma, ello es compatible con el Tratado de Asunción. En pocas palabras: con Marina presidenta, Brasil se cortaría en soledad en las negociaciones internacionales . El objetivo estratégico es, explica, avanzar en la integración con la UE, con la Alianza del Pacífico y con los propios Estados Unidos...». No sería distinto con Aecio Neves, y la propia nota de Ámbito da cuenta de ello. Los mentideros brasileños cuentan que el propio FHCardoso, líder del PSDB que postula a Neves estaría inclinándose por dar soporte a Marina y el PSB. Podríamos incluir ese dato en aquel posteo en el que trazábamos paralelos entre el proceso electoral brasileño y el que enfrentaremos en nuestro país el año próximo: aquí también cualquier opción opositora funcionaría a modo de colectora para la opción republicana que acceda al segundo turno electoral.

A escasas tres semanas de la primera vuelta, no ha habido en Brasil algún vuelco en el electorado, pero continúa la tendencia evidenciada en las últimas semanas, que avanza hacia un escenario de polarización y empate entre la presidenta Dilma y Marina Silva. Decíamos que muestran un leve descenso de Marina de la semana anterior a esta (de 50 a 48% para el ballotage) y un leve incremento de Dilma (de 34 a 35% para la primera vuelta y de 40 a 41% para el ballotage". Ahora Datafolha, la consultora estrella a la que vienen y venimos siguiendo, entrega números más alentadores: “...en relación al primer turno, la presidenta osciló un punto para arriba, y Marina un punto hacia abajo, aumentando la diferencia entre ellas a tres puntos, también dentro del margen de error: 36% para Dilma y 33% para Marina..." —Aecio conserva una intención del 15%— “...Para el segundo turno cayó a cuatro puntos la diferencia entre ellas, lo que resulta en empate técnico (47% para Marina y 43% para Dilma). La semana pasada Marina estaba al frente con 48% de las intenciones de voto contra 41% de Dilma...".

Como podemos ver, luego de la irrupción del fenómeno Marina posterior a la muerte de Eduardo Campos, la tendencia hacia la convergencia se ha acentuado. Esto incrementa las chances de continuidad, lo que redituaría en beneficios políticos y económicos para el bloque regional y la Argentina. Es preocupante, en cambio, observar que hay dirigentes en nuestra oposición que observan la posibilidad de Marina Silva con esperanza, a la espera de que una alternancia en Brasil propicie un efecto contagio en nuestro país.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Marina Silva, la esperanza negra de los mais blancos do mundo

Un golpe de vista al esbozo de programa de gobierno elaborado por (o para) el PSB y Marina Silva permite —en un plano referencial— inferir que un gobierno de esta coalición se encontraría a la derecha, en términos económicos y sociales, del Partido de los Trabajadores de Lula y Dilma. Como dijimos, al tiempo que forzábamos algunos paralelos entre el desarrollo electoral brasileño y el de nuestro país, “una derrota del PT, antes que el triunfo mismo de Marina Silva, podría tener consecuencias más que importantes para el subcontinente". No es necesario ser un genio para sostenerlo, aunque no invalida la caracterización y este bloguero la agradece: voçe e amablinho, muito obrigado. Veamos.

En primer término, podemos jauretchearla y decir que si tengo alguna duda, sólo debo leer que Silva entusiasma al Wall Street Journal para rápidamente comprender qué posición tomar. También The Guardian saluda sus posibilidades: Marina es vista como la esperanza negra de los mais blancos do mundo. Tiene fortalezas como candidata: parece más brasileña que Dilma. Más pobre también. Es ecologista, la primera “green" con posibilidades de comandar uno de los pulmones del planeta. El sueño de toda Camila Speziale, claro. En este frente podemos plantar nuestra segunda bandera de alerta: ¿una agenda de sustentabilidad ecológica es lo que necesita un país con los bolsones de pobreza endémica que tiene Brasil? Recuerdo las palabras de Chico Buarque al ser consultado sobre la internacionalización de la Amazonia: ¡internacionalizame ésta! (bueh, no lo dijo así, sino que si vamos a ser sucios comunistas incluyamos también al petróleo y a las finanzas de los países ricos).

Podríamos además ponernos en moralistas y preguntar quién financia a Marina, pero la que tiene discurso carriotista es ella. Sí sabemos quiénes se alegran con su crecimiento. Retornando al primer párrafo, su programa económico implica fernandohenriquecardosismo al palo: “...apertura comercial, ajuste fiscal, cambio libre sin intervención estatal y empresas del Estado que probablemente serán desguazadas y parcial o totalmente privatizadas (...) se compromete a mantener los planes de vivienda popular. Sólo que con una condición: que sean financiados por los bancos privados (...) Este tipo de “perlasprogramáticas constituye junto con la independencia del Banco Central, una conquista de los mercados financieros, la explicación del entusiasmo demostrado por los operadores de la Bolsa de San Pablo, que pega saltos significativos cada vez que aumenta la popularidad de Marina Silva...". ¿Pero por qué sería antes una derrota del PT que una victoria de Marina la que tendría consecuencias sobre el subcontinente? Porque como en Argentina, como en Bolivia, Venezuela o en Paraguay previo al golpe a Lugo, las facciones opositoras se entregan para —o pretenden— un cambio de orientación que les permita dejar atrás esta década pos neoliberal, en la que los Estados fueron fagocitando márgenes a los actores económicos dominantes. Aún dentro de economías latinoamericanas más dependientes de los flujos externos como Perú podemos observar este fenómeno, y las críticas reales al gobierno de Humala se relacionan mucho con la postergación de algunas transnacionales debido al ingreso de la brasileña Odebretch al mercado.

No debería ser necesario remarcar la importancia de nuestra sociedad comercial con Brasil. Este mapa muestra de dónde proviene el grueso de nuestras importaciones y Pagni nos recordó recientemente que cada vez que el PBI brasileño cae un punto, las exportaciones argentinas a ese mercado se reducen entre 2,3 y 3,1%". Pero podríamos suponer que un gobierno de Silva haría crecer a Brasil 10, 20 o 50 pp al año, ¿por qué no? (bueno, no; y sabemos lo que significa en términos de sufrimiento humano un programa neoliberal), pero supongamos. Deberíamos entonces pensar en la cuestión política, que debería ser en un mundo ideal la que prefigurara lo económico. Y en ocasiones hasta ocurre así y todo. Los deseos de la fauna opositora nuestra (y de otras latitudes) por triunfos de Capriles antes o Silva ahora serían incomprensibles sin considerar la sinergia operada entre el PT y el kirchnerismo en nuestro país, y con el resto de los populismos latinoamericanos que no adhirieron al Consenso de Washington. De algún modo estos regímenes se prohijaron entre sí, pero comprendiendo el peso simbólico y efectivo de Brasil. ¿Evo sin Lula y Kirchner? ¿La caída del ALCA? ¿El pago de contado al FMI? Que Dilma deba defender esa política exterior habla de lo que podemos esperar de cualquier opositor en materia de integración regional.

El desafío Marina obligó a Dilma y al PT a una estrategia de polarización más abierta, algo que el kirchnerismo supo aprovechar en momento de la resistencia cuando habló de visibilizaciones e invisibilizaciones. Desangelar, en último sentido. Los primeros números parecen avalarlos, ya que muestran un leve descenso de Marina de la semana anterior a esta (de 50 a 48% para el ballotage) y un leve incremento de Dilma (de 34 a 35% para la primera vuelta y de 40 a 41% para el ballotage). Marina Silva y canta melodías de antaño, pero nada está escrito en piedra aún, y elegimos repetir el concepto con el que cerramos el posteo anterior: en 2015 seremos nosotros quienes enfrentemos una disyuntiva similar. Igual: brasileiro, voçe se morfó sietinho.

sábado, 30 de agosto de 2014

Dilma o Marina Silva: ¿tercera vía en Brasil? ¿Y en Argentina?

A un mes de la primera vuelta presidencial en el país del 1-7 –previstas para el 5 de octubre–, la muerte accidental de Eduardo Campos puso el mapa político brasileño cabeza arriba: si con el fallecido candidato Dilma marchaba primera y sin obstáculos a su reelección en segundo turno, la emergencia de la candidata a vice de Campos, Marina Silva, no sólo puso en cuestión ese escenario sino que la última encuesta de Datafhola pronostica que la ambientalista Silva se alzaría con el triunfo en ballotage. ¿Cualquier parecido con nuestro país es mera casualidad? Por suerte, queda un buen trecho a recorrer en Argentina.

En Brasil, en cambio, comenzó una nueva carrera. No se trata de una maratón, ciertamente, sino de un sprint de 100 metros al que Dilma llega cansada para enfrentar a una candidata de piernas frescas. No es casualidad que un intelectual brasileño como Emir Sader haya tomado las armas de la 2.0: "Votar na Marina e' entregar o Brasil pros EUA", "Votar na Marina e' entregar o pais pro Itau. (Requiao)", lanzó en Twitter, demostrando su preocupación. También Dilma, quien en referencia al desafío que representa Silva para el PT y su adversario "natural", el PSDB de Aécio Neves, deslizó que quien pretenda "gobernar sin los partidos políticos coquetea con el autoritarismo". ¿Podemos encontrar allí otro link al escenario argentino hacia 2015?

La evolución de los guarismos brasileños nos muestra que en noviembre/2013 Dilma vencía en primera vuelta con el 47% frente a Neves (19%) y Campos (11%). En julio de este año Dilma (36%) debía enfrentar ya una segunda vuelta contra Neves (20%) mientras Campos descendía a un 8%. Luego de la muerte de Campos, el 18 de agosto –y cuando aún no había sido seleccionada en su reemplazo–, Silva se colocaba ya segunda (21%) detrás de Dilma, todavía con 36% y por delante de Neves (20%). Como señala Renato Meirelles, de Data Popular, el crecimiento de la ex ministra de Medio Ambiente de Lula se da entonces a partir de quienes antes anularían el voto o se encontraban engordando el ítem Indecisos: "Dilma tiene el electorado de la clase D y E, no tendría clases A y B, y decidió dar prioridad a la clase C. El de Aecio es lo contrario: él tiene el voto de la clase A y B, no tendría el D y E y prioriza clase C. Marina no tiene este voto de clase C. Cuenta con el voto de la clase media enojada, joven y educada, que votaría nulo hasta entonces, tiene el más básico, evangélico, los menos educados, y no tiene el voto de la clase C. Y puede que no lo necesite. ¿Qué ocurrió ahora? (Silva) creció sin tomar el voto de nadie: captura el nulo e indeciso. Ella creció porque no había perspectiva política. ¿Cuál es el nuevo componente? Era una campaña sin emoción. No había candidatos que se movilizaran, que apasionaran...". Nuevamente, una pregunta para finalizar el párrafo: ¿se relaciona esto con lo que ocurre en nuestro país?

Intentemos ahora responder las preguntas planteadas en relación a la Argentina: la primera se relaciona con la del título y con algo que venimos sosteniendo desde las pasadas legislativas. Flota un cierto tufillo a cansancio con el sistema político imperante. No es descabellado: gobierna desde 2003 y puede remontarse a 2002. ¿Abre eso las posibilidades del radicalismo/socialismo santafesino? Sí, aún a pesar del recuerdo de la Alianza. Pero explica más y mejor los números encuestológicos de Mauricio Macri y Sergio Massa, premiado electoralmente en 2013 por esa ruptura con el sistema de poder peronista/kirchnerista (aunque fuera sólo en apariencia). La posibilidad más que cierta de un ballotage, por primera vez en nuestra historia, no puede sino ser sintomático. Marina Silva, como Massa en nuestro país, representa también algo parecido a una cuña del propio palo y –como explica Mereilles en el artículo antes linkeado– plantea una dificultad al PT para rebatir su candidatura: formó parte del gobierno pero aún así es una figura nueva, con la consecuente carga de esperanza que ello incorpora a la ecuación. Intenta además desbordar los límites de lo estrictamente partidario. En su propuesta de mayor participación de los movimientos sociales y lo generado alrededor de las nuevas tecnologías (¿las protestas brasileñas por servicios públicos al modo de nuestros cacerolazos?) hay algo del plebeyismo al que apeló Massa cuando se propuso un proyecto para un nuevo Código Penal.

Lo acotado del tiempo electoral de cara a la primera vuelta beneficia a Silva, quien se monta también en la empatía despertada por el trágico accidente de Campos. Apelar a un sprint electoral antes que a una carrera de fondo formó también parte de la estrategia de Massa en las pasadas legislativas. Será una ventaja con la que no contará en 2015, y las encuestas que lo muestran amesetado –y sus declaraciones de oportunismo intentando fijar agenda– evidencian que aquella ventaja ya no es tal.

En Brasil nada está sentenciado aún, pero los brasileños tienen un compromiso con las urnas en poco más de un mes mientras que Argentina tiene todavía un año (y un verano) por recorrer. Luego de dos periodos consecutivos de Lula y uno de Dilma (aún cuando el intervencionismo estatal brasileño no intentara la profundidad del que aquí implementaron Néstor y Cristina Kirchner), los números de Marina Silva parecen indicar que en la ecuación continuidad/ruptura los brasileños estarían privilegiando esta última. El escenario económico –como aquí– del integrante latinoamericano de los BRICS parece también disponer las fichas en tal sentido. La propuesta de Marina Silva ("la situación de las finanzas públicas y la rigidez del presupuesto tornan imperativo que dejamos a un lado la arrogancia y el dirigismo para crear las condiciones necesarias para atraer al capital privado") tampoco suena disonante respecto a la de los principales contendientes argentinos a la presidencia, aún de quien se perfila como el más probable candidato del oficialismo, Daniel Scioli,

No hace mucho, Maduro, en Venezuela, fue capaz de sortear el desafío electoral de Capriles y la MUD. En Colombia, recientemente, Santos sufrió más de la cuenta para evitar un retorno del uribismo. En octubre (y noviembre) será el turno de Dilma. Una derrota del PT, antes que el triunfo mismo de Marina Silva, podría tener consecuencias más que importantes para el subcontinente. Y en 2015 será el turno de nuestro país.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Colombia, y la alternancia en la Alianza del Pacífico

A propósito del triunfo en primera vuelta del uribista Zuluaga sobre Juan Manuel Santos, actual Presidente de Colombia (resta aún el ballotage entre ambos), Nicolás Tereschuk (@escriba) marcaba en Twitter como la exitosa —irónicamente— Alianza del Pacífico encontraba a casi todos los partidos oficialistas perdiendo frente a sus oposiciones: el PAN de Fox y Calderón, en México, a manos de Peña Nieto (PRI); el APRA de Alan García frente a Gana Perú de Ollanta Humala y aún frente al fujimorismo (el APRA no presentó candidato siquiera, quedándose con apenas 4 bancas de un Congreso de 130); el partido de Sebastián Piñera en Chile, perdedor frente a la Nueva Mayoría (Concertación, bah) de Michelle Bachelet, quien ya antes había debido sufrir la derrota de su partido, por primera vez desde el retorno de la democracia en 1990.

No dilatemos el núcleo de la reflexión que pretendemos: es muy de populista intentar medir el éxito de un proceso tomando como referencia su continuidad. Por el contrario, la alternancia misma es la que en los países mencionados hace a la continuidad del proyecto político/económico de la Alianza del Pacífico. Es, entonces, un triunfo de quienes promueven esa forma de integración desde el Norte.

Hay razones para ello. El principal es que la alternancia es funcional a la constitución de gobiernos débiles, que deben necesariamente pactar con el resto de los actores económicos y políticos. La legitimidad de origen puede ser puesta en entredicho en un corto periodo de tiempo por la legitimidad de ejercicio, en la que intervienen múltiples factores y no sólo la voluntad, imaginación y capacidad de gestionar de un gobierno. Tenemos a mano el ejemplo de nuestras elecciones de 2007 y la inmediata crisis con los agroexportadores —y divorcio con Clarín— a principios de 2008. La alternancia, además, no favorece la constitución de partidos fuertes, al promover los personalismos.

El factor tiempo es importante también en la ecuación. Un periodo de gobierno es siempre insuficiente para encarar reformas y, más importante aún, para concretarlas. Por el contrario, el arribo de un nuevo gobierno funge a modo de impugnación de los caracteres controversiales del gobierno anterior. Es lo que ocurre actualmente en Colombia. No está puesta en entredicho la pertenencia al bloque del Pacífico, no se cuestiona el modelo liberal ni la distribución de la riqueza: en Colombia es más importante el proceso de negociación que está llevando adelante Santos con las FARC y el FLN, en oposición al uribismo, que pretende un retroceso amparado en una excusa: Zuluaga ya adelantó que si resulta electo congelará de inmediato las conversaciones por un lapso de ocho días, para que en ese tiempo las FARC determinen un cese unilateral del fuego y pongan fin al reclutamiento de menores, entre otras condiciones. Y en caso de no acceder a sus exigencias, daría por terminadas las negociaciones". En términos prácticos significaría retrotraer la cuestión al día mismo en que Álvaro Uribe abandonó la presidencia. Ese y no otro es el principal parteaguas de estos comicios.

El porcentaje de participación es también un factor a considerar. En Colombia, el de abstención rondó el 60%. Es lo que Manolo designa “votar con los pies". Deberíamos desagregar ese dato por regiones y estrato social, pero de buenas a primeras habla del escaso entusiasmo que la escuálida expectativa de cambio genera.

Para favorecer aún más la alternancia es que se debate en Colombia la existencia misma de la posibilidad de reelección. En Perú ésta directamente no existe. En Chile no hacía falta: el fantasma del pinochetismo bastaba para mantener a raya las pocas pretensiones de cambio de la Concertación. En México se quebró una hegemonía récord —la del PRI, 71 años— con el triunfo en el 2000 de Vicente Fox, principal aliado de Bush en la región, y quien junto a él presionaba a favor del ALCA en la Cumbre de Mar del Plata 2005. En Brasil, Venezuela, Ecuador y Argentina, la continuidad de los procesos posneoliberales dependen, en cambio, directamente de la continuidad política, y su éxito puede medirse también en esos términos. Como dijimos antes, en los países de la Alianza del Pacífico la continuidad del proyecto político/económico está mejor asegurado con la alternancia política.

lunes, 31 de marzo de 2014

En el Norte empiezan a entender que la distribución del ingreso es un debate sobre el poder

Un interesante artículo, en inglés (no tengo tiempo de traducírselos, sepan disculpar; hay muchos traductores online), que a partir de un reciente libro de Thomas Pikkety, analiza los desafíos que plantea la desigualdad para ser superada. Copio y, al final, un muy breve comentario:

«Six years after the Wall Street Crash, a book was published that revolutionised economic thinking and set the tone for policy for decades to come.  That book was, of course, The General Theory written by John Maynard Keynes.  Has history just repeated itself?

Thomas Pikkety’s book Capital in the Twenty-first Century* has beaten Keynes’s record appearing five years and six months after the 2008 Crash. Nevertheless, it does look set to create just as much debate.  Whether it will recast policy in the same way is less certain but, if there is any justice, it should although maybe not in the way Pikkety himself suggests.

Pikkety’s central claim is that material inequality persists because the wealthy earn their income in a different way to everyone else. The rich get rich because of the return they make on their investments in capital which for Pikkety encompasses land, housing, shares, machinery, intellectual property amongst other elements.  The rest of us poor schlubs have to rely on income from selling our labour.

Nothing that original there but Pikkety’s key contention, based on a vast study of historical data, is that the return on capital always outstrips economic growth which is what determines any rise in income from labour.  So the rich will keep getting richer while everyone else increasingly lags behind. The only exception to this is an anomolous period in the middle of the twentieth century when, due to a strange coincidence of factors, growth outstripped the return on capital meaning inequality consequently fell.

This insight has the power to influence public debate about the economy hugely. Instead of the current obsession with relative levels of pay, tax and benefits, it could force a much more profound discourse about ownership.  Pikkety points out that the source of inequality is not ownership as such but a complex interplay of legal, historical, political, social and cultural factors which allow ownership to be incredibly concentrated meaning that the financial benefits of that ownership flow to the few.  Fiddling about with fiscal, regulatory and labour market policy (a not too inaccurate characterisation of current political debate) will never make a significant difference to such profound forces.

This plays in to the divide I outlined in my last post. Those in the Conservative and Labour parties who believe we need a broader distribution of power away from the unholy alliance of big state and big business are closer to offering a solution to Pikkety’s contradiction than those who think growth driven by corporations or by government is the answer. In fact, Pikkety’s analysis has the potential to give major empirical weight and provide an economic focus for the ‘Littleendians’ that is currently lacking.

But that raises the more disappointing aspect of Pikkety’s analysis.  His one hit solution is the introduction of a punitive global tax on wealth. Leaving aside the fact that the idea is, in many ways, a total non-starter it surely repeats the mistake socialists and social democrats have made for decades namely that the solution to the concentration of economic power is a countervailing concentration of political power.

As a recent detailed empirical study of public spending across the world showed, it is an approach that becomes less effective – both in terms of improving social outcomes and generating economic growth – the more it is relied upon. It also, of course, generates all sorts of constraints on freedom of choice which extend well beyond the immediate impact on the yacht-buying classes to affect the whole of society.

Far better surely to explore how capital ownership could be spread much more evenly without the need for the intervention of an over-bearing state. Could we not, for example, imagine a world where intellectual property is far more widely shared as a result of the unfolding empowerment through new technologies, a much stronger focus in school on creativity and a liberalisation of patent and copyright law?...».

El artículo continúa (completo aquí) pero allí está lo central. Seamos buenos entre nosotros —en honor al payaso mediático— y traduzcamos un par de ideas:

1. La desigualdad persiste porque los ricos ganan sus ingresos de manera distinta al resto de los mortales: sus retornos por inversiones siempre le ganan al crecimiento económico, que es lo que determina el incremento de lo que perciben los asalariados por su trabajo. Entonces los ricos se hacen más ricos mientras el resto se retrasa cada vez más.

2. Esta perspectiva tiene el poder de influenciar el debate público, obsesionado respecto a salarios, impuestos y beneficios y forzar una discusión sobre propiedad.

Todo muy comunista, podemos ver.

3. La propiedad está concentrada por motivos históricos, legales, políticos, sociales y culturales. Y el debate actual por mejorar la distribución del ingreso no toma en cuenta este factor.

4. Los que creen que necesitamos una mayor distribución del poder, lejos de la diabólica alianza entre grandes propietarios y grandes negocios, están más cerca de ofrecer una solución a la contradicción de Pikkety que aquellos que piensan en el crecimiento liderado por corporaciones o los gobiernos.

Mi breve impresión, ahora sí: el diagnóstico es acertado. El debate por la distribución del ingreso, por una mayor equidad, es una discusión acerca del poder y no sobre cómo se direcciona el dinero únicamente. No es algo que acá desconozcamos, por supuesto, pero que las proclamas en EE.UU. contra el 1% más rico sea encauzada ahora también en el plano teórico es algo, levemente, esperanzador. Imposible de pensar sin la crisis de las sub prime. Cuestionar el american way of life es sintomático, no puede negarse. Pikkety propone un impuesto a la riqueza que sea global. El autor de la nota —Adam Lent—, desde una visión demasiado liberal como para permitir una verdadera redistribución, propone flexibilizar los derechos de autor, las patentes, para estimular la creatividad. Ufff, muy Benjamin Franklin todo.

Un diagnóstico acertado y dos propuestas que no modifican en lo más mínimo el problema planteado: la concentración del poder (y por ende del dinero, o al revés, que si el resultado es el mismo, se'igual). Así no se puede, malditos comunistas new age (!). Sigan ocupando Wall Street, chicos.