Estuve desconectado desde el viernes, y cuando leo anoche acerca del nuevo choque en Once, en el mismo andén, el dolor y la bronca me quitaron el sueño. Decidí no escribir en caliente. No es lo que estoy haciendo, de todos modos.
Hace un tiempo había bocetado un post resumiendo mis posiciones respecto al transporte ferroviario de pasajeros. Lo borré un día, con la esperanza de que no fuera necesario actualizar mis posiciones. Un error. Puedo resumirlas en el excesivo respeto al cumplimiento de contratos y modalidades preexistentes en lo que a las concesiones se refiere por parte del Gobierno nacional. Un gobierno que, en algunas cuestiones, demora en avanzar y lo hace luego, obligado por las circunstancias (el mérito radica en que avanza en la dirección correcta, haciéndose cargo, y no apelando a una profundización del método de entrega y privatización). Sostuve que estaba demostrado que el sistema de concesiones significaba un negocio fabuloso para los concesionarios y que si el Estado era quien la ponía y pagaba los costos políticos, era lógico que terminara con las concesiones (como vino haciendo). También con las tercerizaciones en mantenimiento, etc., vía nacionalizaciones, y que sería provechoso que el transporte, en las provincias, también concesionado, siguiera el camino trazado por el oficialismo nacional. Hemos defendido, cuando Castelar, casi en soledad el trabajo de Randazzo, uno de los pocos ministros con resultados concretos.
Ahora, ahora hay dolor por los accidentados, porque además su sufrimiento no será sólo físico, sino también el componente emocional, psíquico que los marcará. Todos continuarán usando diariamente el tren. Bronca por eso. Y bronca también porque a una semana de las elecciones es muy, muy difícil aceptar casualidades. El episodio Cabandié, apto para las suspicacias, está ahí también, para mostrar de qué son capaces quienes pretenden derrotar a un kirchnerismo que no cejó en sus intentos por marcarles la cancha. Con Menem no chocaban trenes, pero volaban embajadas y todavía anda Zulema Yoma discutiendo que lo de Menem Jr. fuera un accidente. Cabezas. En fin.
Suele ser sentido común que en épocas electorales las obras (sobre todo las municipales, las que más se ven) suelen acelerarse, incrementarse. Los taxistas putean por los cortes de calle y muchos ciudadanos concluyen que sería conveniente tener elecciones todos los años. No suele, en cambio, señalarse como crece el clima de violencia durante los periodos electorales. Lo hago ahora. Inseguridad, casos resonantes, choques de trenes, carpetazos, huelgas, cortes de calle, tomas de facultades, etc., todo recrudece cuando esperan (o saben) que tajadas mayores pueden ser capturadas. El poder se dispersa en el aire, a la espera de su reconfiguración.
Tengo poco más para decir. Sólo recomendar algunos posteos que pude leer. Gerardo Fernández considera que las brujas existen. Abel Fernández tampoco cree en coincidencias y hace un crítica a las trenzas de dinero y privilegio entre funcionarios y un sindicalismo al que también critica. Nando Bonatto hace una crítica social más amplia y Nicolás Rechanik señala que tampoco podemos simplemente responsabilizar al motorman. Aunque, como consigna Abel, fue una de las primeras reacciones de los pasajeros.
Este nuevo episodio impactó e impactará la vida de muchos. Es de esperar que exista algún impacto electoral, que será además potenciado por los medios opositores aunque sus argumentos, en el pasado, luego se probaran prejuicios intencionados frente a las pruebas aportadas y la actuación de la justicia.