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jueves, 2 de mayo de 2013

La imposibilidad de un Capriles en Argentina

Dejemos de lado la construcción del MUD en Venezuela. Ignoremos las diferentes historias políticas, económicas, entre Argentina y la Bolivariana república (ah, digo República y me invade un halo de bienestar espiritual, casi zen), ignoremos sus distintas composiciones sociales, sus valoraciones geoestratégicas allá en el Departamento de Estado; olvidemos de todo y pensemos si es posible el caprilismo en nuestro país. Concluyamos, antes de argumentar, que hoy es imposible. Sepan disculpar, Mariano, Joaquín, Eduardo, Julio, Beatriz, Jorge, Mauricio, José Manuel, Ernesto, Cleto. Muy probablemente tampoco sea posible para 2015. En realidad, te firmo que no se va a dar, porque sirve la proclamada intención, la de "juntar" a todos los opositores, la de "ponerse de acuerdo en 4 o 5 cositas", bajo un liderazgo unificado, nada más que para polariz... bah, para intentar polarizar una elección. Codazos entre contendientes. La pelea por el segundo lugar. Lo que las PASO2011 no consiguieron para Duhalde o Alfonsín y sí para Binner, líder opositor sin liderazgo alguno.

Retornemos a 2007. Antes, mejor, liberemos al éter de bits cyberespaciales una verdad relativa pero con pretensiones de revelada: Argentina ya tuvo, recientemente, a su Capriles. Se llamó Fernando De la Rúa. Aplauso cerrado. La Alianza fue su MUD, al ligar al partido centenario, ese de un comité en cada pueblito, a la salida por centroizquierda-liberal del menemismo que fue el Frepaso. Menemismo sin Menem y sin peronismo. ¿Cómo no se iban a hacer pis los factores de poder? Un gobierno para banqueros... de banqueros. Un gobierno para el establishment... encarnado por sus legítimos representantes y no por impostores que, incómodos algunos en el corset neoliberal, incomodaban a los dueños de la Argentina con su vulgaridad obscena. ¿Qué tenía que ver Yuyito González con Juliana Awada, haceme el favor? Retornemos ahora sí a 2007. Allí no hubo posibilidad alguna para ningún caprilismo. Cristina tenía el triunfo asegurado y la única estrategia posible fue la del control de daños. 2008 comenzó a escribir una historia diferente y 2009, "por muy poquito", plantó la piedra fundamental para que las oposiciones ("la oposición", una construcción massmediática nunca inocente) se hicieran con el poder en 2011, o antes, o desde el Congreso seguir colocando argamasa para construir la derrota kircherista. Esa certeza, el fin del kirchnerismo, activó y musculizó a las fuerzas centrífugas en la oposición luego de las legislativas de 2009. El caprilismo era imposible cuando la tesis se resumía en la siguiente premisa: ballotage y triunfo del candidato/partido que no fuera Néstor o Cristina. Ya por entonces pensaban que el kirchnerismo era menemismo con DD.HH. Cristina, en 2011 fue también número ganador y eso impidió la formación de un frente opositor único: a las oposiciones les convenía fragmentar el voto apostando a la polarización y, así, conseguir mayor representación luego. Eso a pesar de que el caprilismo, la formación de una nueva Unión Democrática, fue y es la errada aspiración de nuestro establishment en la búsqueda de una representación formal.

Errada porque limita la mirada a la superestructura, pensando que las componendas de cúpula alcanzan, y sin considerar lo principal en cualquier elección democrática: el soberano. Piensan, en su desesperación antikirchnerista, que una foto entre Macri y Binner alcanza para trasladar votos de uno u otro hacia el candidato seleccionado. Jeños. El peronismo hace usufructo de esa miopía, claro, conocedor de que el dueño de los votos no es otro que el votante, a quien hay que comprender, conocer sus necesidades y aspiraciones. Deja poco espacio el peronismo, además, encabronado en ocupar siempre el centro aunque se recueste a la izquierda con los Kirchner o a la derecha con Menem. Eso deja, u obliga, a sus rivales a una estrategia de pinzas, y la respuesta peronista es: si te critican por izquierda y por derecha es que estás haciendo peronismo. Chau, perdiste. Edgardo Mocca retrató recientemente la incoherencia de quienes se pretenden a la izquierda del kirchnerismo [1]: "están a favor de todos los gobiernos transformadores de la región, con la estricta excepción del argentino (...) denuncian la política de austeridad de los gobiernos europeos mientras se alían con fuerzas y dirigentes que claman por medidas análogas en nuestro país". Claro, no debemos olvidar (bah, nosotros no, los que olvidan son los que digitan a las oposiciones), que nuestro país tiene una historia de socialdemocracia (la supuesta centroizquierda republicana) más o menos reciente, y tiene votantes que se consideran socialdemócratas; y un electorado distinto, conservador liberal, alentado tibiamente ya por las expresiones posmodernas de una derecha que sigue pensando que Fukuyama se la pisa. Y que necesita condiciones casi imposibles (o contrafácticas, como señala Lucas Carrasco [2]) para que algo parecido al MUD venezolano se construya en Argentina con eje en esa centroderecha que, a regañadientes todavía, acepta las reglas de juego democráticas. Esa centroderecha, además, se encuentra escindida electoralmente entre el dirigente que mejor rankea del espectro y un neoperonismo neofederal que considera necesitarlo poco [3]. Reversionar UniónPro, ahora, parece una tarea de titanes.

Finalmente, mal que les pese a los pistones de las usinas opositoras, el espectro político, a nivel ciudadanía, no está tan polarizado como pretenden hacernos creer (cada vez que un opositor dice que nos parecemos a Venezuela se muere un gatito, felinicidas hijos de puta). Y la propia dinámica opositora debería ser prueba suficiente. Sí podemos acordar con que el ordenador político continúa siendo kirchnerismo/antikirchnerismo, pero allá arriba, en el cielo de las minorías intensas. Abajo, en la tierra, no existen sectores representativos que piensen, realmente, que su libertad está en juego. Y la impostura se nota. Tampoco existen ciudadanos con la conciencia republicana hipertrofiada al nivel de un Nelson Castro o Marcos Aguinis (Nota: tampoco el 54% es ultracristinista, como dijimos hace tiempo [4]). El sentido del relato de la derecha, entonces, la libertad, y el de la socialdemocracia, las instituciones, terminan siendo así tan sólo argumentos defensivos. Y el caprilismo -explorar sus condiciones de posibilidad es el motivo de este post- es un movimiento ofensivo, que tiene voluntad en la búsqueda del poder y que se presenta como superador, materia largamente pendiente para cualquiera de nuestras oposiciones.

[1] http://www.revistadebate.com.ar/?p=2603

[2] http://lucascarrasco.blogspot.com.ar/2013/05/puede-haber-un-capriles-argentino.html

[3] http://desdegambier.blogspot.com.ar/2013/05/presentandose-en-sociedad.html

[4] http://loshuevosylasideas.blogspot.com.ar/2011/08/anotaciones-mas-alla-de-la-alegria.html

lunes, 15 de abril de 2013

Maduro: 1,59%

Venezuela eligió, “por muy poquito" (NK dixit), a Maduro como su próximo Presidente. El amplio margen que se esperaba luego de la muerte de Hugo Chávez, y que se había recortado al final de la campaña relámpago, terminó siendo de tan sólo 234.935 votos. Si se tratara de una encuesta, y no de una elección, estaríamos hablando de empate técnico.

Titular con el exiguo porcentaje que separó a Maduro de Capriles no significa que no nos alegre el triunfo del PSUV, caro a los intereses de los sectores populares venezolanos y a los intereses de Sudamérica toda (o casi), sino que nos rebela la dilapidación de un capital político que parecía definitivo y, a no dudarlo, la confirmación -como si el fallecimiento de Chávez no hubiera sido suficiente (no lo fue)- de que un nuevo tiempo político se abre en Venezuela: sin su líder y fundador, la Revolución Bolivariana estuvo a punto de sucumbir, acumulando 685.794 votos menos que hace tan sólo seis meses. A pesar de contar con todos los instrumentos institucionales que le aseguren gobernabilidad (merced al triunfo de Hugo Chávez en octubre del año pasado), la legitimidad de Maduro estará en entredicho. Y las operaciones de prensa a la orden del día.

Razones para explicar la victoria pírrica y el casi batacazo de la Derecha venezolana:

1. Maduro, a pesar de ser el heredero legítimo, no es Chávez. No sólo hacia afuera ha quedado mellada su imagen, sino al interior del partido gobernante también. No pocos sindican a Diosdado Cabello para explicar, en parte, la merma del caudal electoral. Se impone un fuerte respaldo del oartido al Presidente electo.
2. Una devaluación mayor al 40%, un mes antes de las elecciones, no es una medida proselitista adecuada. Nunca. La economía venezolana viene golpeada, y en enero decíamos que la principal preocupación del elenco gobernante debía estar puesta en lo que se resume como gestión.
3. En cambio, esto que marcamos, fue desplazado por la épica, cuando no por un misticismo y conspiracionismo preocupantes: un pajarito poseído, las denuncias sobre intentos de asesinatos y cánceres inoculados. La campaña no fue buena, y le permitió inflar el pecho a Capriles, elegido como blanco dando cuenta de la preocupación que despertaba.
4. Una buena estrategia para el día de los comicios del MUD, relatada por Fraschini en twitter [1]: a las 16 hs. el PSUV se consideraba ganador, y la coalición liderada por Capriles metió un importante sprint final.

El escaso margen obtenido obligó a Maduro a ser cauto, e intentar implicar a Capriles en el sostenimiento de la paz social. Capriles, como era de prever, no reconoció su derrota, la supeditó al recuento voto por voto y lanzó una velada amenaza: “en aras de (...) la paz de nuestro pueblo (...) queremos que se haga la auditoría, que se cuente voto por voto" [2]. Capriles, hoy, es más que el Capriles del pasado octubre. De todas maneras se contará cada voto, deberá reconocer el triunfo de Maduro, pero es el “mientras tanto" el que abre interrogantes acerca del clima social, la economía, la seguridad ciudadana y los ríos de tinta que se leerán.

Será responsabilidad de Maduro capear el temporal y recomponer su autoridad. Para ello nada mejor que el respaldo de la Unasur y dar la batalla económica. Como en enero pasado, será importante el respaldo de los líderes sudamericanos, que saben además de la existencia del efecto contagio. Debemos descartar, por supuesto, una solución à la peruana, con un Ollanta Humala que, ante una elección reñida, abrió su gobierno a distintos sectores de la Derecha. En Venezuela no sólo significaría una traición a Chávez, sino el desencanto de tantos chavistas que podría terminar de abrir la posibilidad para que la Derecha Venezolana se alce con un legítimo triunfo en una próxima elección.

[1] https://twitter.com/MJCFraschini

[2] http://www.lanacion.com.ar/1572835-capriles-no-vamos-a-reconocer-el-resultado-hasta-que-no-se-cuente-cada-voto