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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Crónica, certezas y proyecciones de los saqueos en Tucumán

Crónica.

El cansancio transforma el dolor por todo lo ocurrido en una especie de tristeza vaga. El mundo parece algo lejano cuando uno más confrontado por la realidad, contra lo real, se encuentra. Dicen los que saben que lo real es lo imposible de significar. Queda bien citarlo, pero esas eran las sensaciones anoche cuando el sueño me vencía en la vigilia, cerca de las 6 am. En todo el Tucumán periférico –me contaron– se multiplicaba lo que ocurría en mi cuadra: barricadas sitiando cuadras, barrios enteros, fuego, palos, fierros, armas. Molotovs. En mi vida había visto una molotov. Una ambulancia tuvo que hacer malabares para atravesar las barricadas en busca de un herido: no lo consiguió. La derrota del poder público frente a la extorsión de la policía. Por suerte no ocurrió anoche lo que antenoche, cuando decenas de chicos, adultos y señoras, en moto, en carros tirados por caballos, en autos, en camionetas, en combis, saquearon la pollería en la que compro siempre dejando sólo las baldosas y las paredes intactas. Por suerte, porque anoche los esperaban preparados. No hubo que lamentar, entonces, hechos de sangre. Mucho temor, angustia y seriedad que recién se fue despejando hacia las 3 o 4 de la madrugada, cuando parecía que los rumores que llegaban no se materializarían. Recién entonces algunas bromas, pero pocos se retiraron antes del amanecer. La decisión de ganar la calle, de proponer resistencia para amedrentar a los saqueadores, no resulta sencilla. El resto de la crónica, más general, puede ser leída o vista en los medios, también recopilada en el hash twittero #saqueosentucuman.


Certezas.

La derrota del poder público, que debió negociar con las policías no admite otra lectura posible: el poder político debe ser recompuesto. El papel del poder judicial en la posterior investigación será fundamental, pero no suficiente: se impone acumular masa crítica en la opinión pública pero –más importante– entre los actores políticos de todos los sectores, para encarar una reforma de las FFSS que impida en el futuro que se transformen nuevamente en fuerzas extorsivas, utilizando a la sociedad como rehén y moneda de negociación. Recuperar el control político y civil sobre las fuerzas para impedir que condicionen nuevamente la paz social. Sindicalización con limitaciones. Policías municipales. Mecanismos de mayor control sobre las FFSS. Alguna instancia judicial, controlada por el Congreso y en estrecho vínculo con ministerios de Seguridad, que deba obligatoriamente actuar de oficio. Ley de Seguridad interior. Más y mejor formación.


Las Policías provinciales están en el ojo del huracán, sindicadas correctamente como las mayores responsables. La sospecha de que no sólo permitieron sino que promovieron los saqueos está también arraigada. Sobradas muestras de ello anoche, en Plaza Independencia en Tucumán. No será fácil que la ciudadanía lo olvide, y sobre eso debe montarse lo expresado en el párrafo anterior, pero puede amnistiar más rápido de lo que podríamos imaginar si la situación es encauzada.

Contrario a lo que piensa buena parte del kirchnerismo cultural, no considero que la cobertura de los medios haya tenido mayores responsabilidades antes y durante la situación. Lamentablemente los medios oficialistas quedaron en flagrante orsai, siendo TN uno de los que mejor cobertura realizó en todo el país. Reitero además mis impresiones acerca de la inconveniencia política de sostener la celebración en Plaza de Mayo (di mis razones aquí y allí pueden comentar si lo desean). En referencia a la celebración no quiero dejar de señalar que considero también inconveniente el farandulismo rodeando a Cristina: Moria tiene poco que hacer en una celebración de la democracia, con los DD.HH. o con la Justicia Social. Provoca pena.

Proyecciones.

En términos económicos no habrá consecuencias que no sean lamentables. Las provincias ahogadas ven desafiado su presupuesto 2014 aún antes de comenzar su ejercicio. Lo mismo puede decirse del gobierno nacional, que deberá auxiliar a las provincias. No se trata únicamente de los incrementos a las FFSS: pronto se sumarán reclamos de estatales, maestros y personal de salud. El escenario no es halagüeño. Las pérdidas materiales derivadas de los saqueos son seguramente muy importantes y las provincias deberán también enfrentar la situación. Por si todo lo anterior fuera poco, no será poca la presión que los saqueos a comercios y supermercados agregarán a la remarcación de precios ya característica de la época.

Quien suponga que de ahora hasta fin de año la situación será de relativa paz social se equivoca. Sortear la última semana de diciembre será fundamental y para ello, más que nunca, será fundamental la información. Cuestión, esta última, puesta fuertemente en entredicho desde la semana pasada, cuando la situación comenzó a gestarse en la Córdoba de Jose Manuel De la Sota. No son pocos los datos que permiten sospechar causalidades, el último: que los acuerdos con las policías de Santa Fe y Tucumán se firmaran casi superpuestos al discurso de Cristina.

La sedición policial y los actos delictivos generarán consecuencias varias que ya pudieron observarse. Por un lado, la ruptura en jirones del tejido social que desafió la vida de quienes sufrieron la liberación de sus ciudades al rapiñaje. “No los negros de piel, sino los de alma”, “no discrimino, porque tuve compañeros morochos en el Liceo”, “míralo al negro Mandela, lo que hizo”. Textuales escuchadas y leídas de quienes reconocen que los saqueos sacaron lo peor de ellos. Se fortalecen los lazos intragrupo, mientras que se ensancha la grieta que separa a los distintos grupos entre sí. Recomponer los entramados de una sociedad ya de por sí bastante guettizada no será sencillo. Otra consecuencia, muy relacionada, será el mayor espacio que el discurso derechista y xenófobo ocupará en la sociedad. En lo que a seguridad respecta abundarán las menciones al tema armas y sociedad civil (y qué difícil será desarmar a la sociedad, si no se arma aún más), al servicio militar, a la participación de las FFAA en tareas policiales y a la pena de muerte. Esto configurará, junto al desafío ganado al poder político, uno de los triunfos que las jornadas de violencia entregarán (antes que un intento por menoscabar la democracia o intentar imponer un sistema distinto). El relato del kirchnerismo (y el temor que, evidentemente, también embarga al resto de los actores políticos de la sociedad –partidos, grupos económicos y medios–) es un dique de contención por ahora para ello. En 2015, sin embargo, habrá mayor masa crítica para colar estos tópicos en el debate. Y formarán parte, cómo no, de las mayores posibilidades que los espacios políticos opositores tendrán merced a los recientes acontecimientos.


Fotos: propia, @karinaponce2, @Marrritoc.

martes, 24 de abril de 2012

Abraham: la democracia como regalo de Malvinas

...tenemos 28 años de democracia en la que nos fue muy mal. El proyecto posdictadura fue un regalo de las Malvinas porque nunca creímos en la democracia como sociedad. El "que se vayan todos" es algo que viene de los 70, no se inventó en 2001. La violencia revolucionaria, ERP, Montoneros, no creían en la democracia electoral, republicana, de partidos políticos, y los militares tampoco. Recibimos la democracia por una derrota militar, no la buscamos, no hubo conciencia cívica. Y así son los resultados de los últimos 28 años: dos presidentes rajados, un presidente innombrable y una asociación conyugal...
Si no me equivoco, Beatriz Sarlo también ensayó un argumento similar. Patético. Elegir un acontecimiento, que marca simbólicamente el fin del desarrollo de un momento histórico como el de la dictadura (que fue coincidiendo con la caída de las demás dictaduras cívico-militares en nuestro subcontinente, en el que sólo sobreviviría la chilena, casi una década más) para cargar sobre él la responsabilidad de ser punto de inflexión en el curso de esa misma historia no sería siquiera sesgar, sino, directamente, malinterpretar la Historia. Antes de Malvinas hubieron 30.000 desaparecidos y un país viviendo a la sombra del terrorismo de Estado. Es decir, bajo el terror. Un terror que no viví pero que no es necesario experimentar para entender cuán profunda y dolorosa podía ser esa experiencia, esa existencia. Habiendo mencionado eso, ¿vale la pena también agregar la prohibición de toda actividad política so pena de muerte, una muerte que no era muerte sino "desaparición"? Sí, vale la pena. Porque la violencia revolucionaria tampoco lo era todo en los '70. Sí una de las caras visibles de la actividad política prohibida, pero no su suma. Entonces tampoco es legítimo inferir que porque algunos sectores no creyeran en la democracia representativa como hoy la entendemos, no creyeran «en la democracia como sociedad». La democracia, por entonces, podía ser entendida literalmente, como gobierno del pueblo. Un pueblo sometido al terror, valga la redundancia.

Pensar que el «"que se vayan todos" es algo que viene de los '70» es, sí, sesgar toda la historia argentina. Es no incluir el pensamiento anarquista que llegó con la inmigración alentada desde el Estado, es elegir no recordar -o no entender, que no es peor, sólo distinto- la época del "fraude patriótico", los tiempos de dictadura a contramano de la voluntad popular inaugurados, en los papeles, por Uriburu en 1930. El sustrato que permitía los golpes de Estado, el sentido de la historia que autorizaba esas experiencias ilegales e ilegítimas, estaba fundado en la creencia de que era posible "que se fueran todos" para que vinieran los uniformados a "imponer orden" y "ejercer el poder", porque la clase política no había podido, no había querido o no había sabido resolver los problemas y tensiones sociales.

No hubo conciencia cívica, dice Tomás Abraham, sin recordar las plazas que se llenaron en nuestro país desde el '83 a la fecha. Sin entender nuestra idiosincracia, casi.