Decidió disfrutar unos minutos del calor de la cama antes de levantarse; la fría mañana era una cruel invitación para empezar el día. Somnoliento aún, tomó a la gata que dormía a sus pies y la acomodó a su lado, bajo las colchas. El animal entreabrió los ojos e inmediatamente los cerró para acurrucarse y saborear también de la cómoda tibieza junto a él. Una melodía sonaba en su cabeza mientras recorría las ya nada tenues sombras de la habitación: era la que había escuchado en la terminal de ómnibus, adonde había acompañado a su mujer la noche anterior. No sin esfuerzo, se levantó.
Ya en el baño decidió que esa mañana no se ducharía. No vería a nadie ese día y, para el sexo autocomplaciente, no necesitaba oler a jabón y perfume. Él se quería tal y como era -sonrió ante su ocurrencia-. Para no faltar a la verdad, no era ya de mañana, sino bien pasado mediodía. Tomó café con unas tortillas de la tarde anterior mientras ojeaba en el diario las noticias de siempre: Cristina había hablado por cadena nacional, asaltos, accidentes, la sección económica que anunciaba crisis inminentes y, en las páginas de deportes, chimentos futboleros. Miró hacia la cocina para encontrarla un desastre. Decidió lavar todo: la pila de platos, cubiertos y vasos sucios le recordaban la ausencia de su esposa.
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sábado, 14 de julio de 2012
viernes, 16 de diciembre de 2011
Misterios 2
Posteado por
Ricardo
1.
2008. Estanislao Anchorena Unzué abrió el diario para descubrir, con horror, que Luis Majul era ahora columnista de LA NACION. Esa tarde no fue al Club. Lo encontró su mucama, la mañana siguiente, colgando de la rama más baja del árbol más antiguo de su parque. Melcíades, su galgo afgano, dormía bajo su sombra.
2.
- ¿Pasame la mayonesa, Pedro?
- Tomá.
- Che (ñam, ñam), ¿a quién vas a votar mañana?
- A Patricia Bullrich...
- ¡Pfough! (escupe la comida) ¿¿A quién??
- A Patricia Bullrich.
3.
Carlos Reymundo Roberts.
4.
23 de septiembre de 1947.
- Se hace tarde, querida. Vamos, el barco ya está por zarpar. ¡Europa nos espera! Venecia, Madrid, Londres...
- Sí, madre, ya voy. Está terminando de hablar Evita por la radio...
- ¿Quién?
- Eva Perón.
- ... ¿Y qué dice?
- Que a partir de ahora las mujeres vamos a poder votar.
- (...) Mmmm... No se hace falta. Vamos.
5.
Fuentes sindicales nos comentaron -off the record- que Hugo Moyano, en su discurso de ayer, tenía programado referirse a la polémica entre Barragán, Marchetti y Mengolini. Por qué no lo hizo... es un misterio.
6.
Las mismas fuentes sindicales especulan que, de haber incluído Moyano el tema en la agenda, habría sido el fin del kirchnerismo.
jueves, 15 de diciembre de 2011
Misterios (microrelatos)
Posteado por
Ricardo
1.
Ella bajó cuando escuchó el timbre del portero. Bajó sin atenderlo: me esperaba a mí, pero allí no estaba yo. Nunca más alguien volvió a verla.
...
...
Pero... ¿cómo sabés eso si nunca más la viste?
...
2.
La encontró aterida de frío, la espalda apoyada contra el marco de su ventana: era un hada. A su lado descansaba un pequeño dragón alado.
Les ofreció mate. El dragón prefería café.
3.
Había sido, durante toda su carrera, un defensor rústico y aguerrido. El más duro entre los malos. Muchísimos entrenadores lo habían rechazado, argumentando que nunca llegaría a ser jugador profesional. Sólo su mamá había confiado, siempre, en sus condiciones. En una ocasión un club, luego de comprarlo, lo había devuelto luego del partido de presentación en la pretemporada. En todo eso pensaba mientras caía, mientras escuchaba el pitazo del réfer cobrando el penal que le habían cometido a los 92 minutos 24 segundos del partido. Si el 9 lo convertía, ganarían el Mundial.
4.
La anciana cerró los ojos y, cuando los abrió, el monstruo ya no estaba. Ella tampoco estaba en su cuarto. Reconoció el lugar: había vuelto a la habitación de su infancia. El monstruo abrió la puerta.
Imagen.
Ella bajó cuando escuchó el timbre del portero. Bajó sin atenderlo: me esperaba a mí, pero allí no estaba yo. Nunca más alguien volvió a verla.
...
...
Pero... ¿cómo sabés eso si nunca más la viste?
...
2.
La encontró aterida de frío, la espalda apoyada contra el marco de su ventana: era un hada. A su lado descansaba un pequeño dragón alado.
Les ofreció mate. El dragón prefería café.
3.
Había sido, durante toda su carrera, un defensor rústico y aguerrido. El más duro entre los malos. Muchísimos entrenadores lo habían rechazado, argumentando que nunca llegaría a ser jugador profesional. Sólo su mamá había confiado, siempre, en sus condiciones. En una ocasión un club, luego de comprarlo, lo había devuelto luego del partido de presentación en la pretemporada. En todo eso pensaba mientras caía, mientras escuchaba el pitazo del réfer cobrando el penal que le habían cometido a los 92 minutos 24 segundos del partido. Si el 9 lo convertía, ganarían el Mundial.
4.
La anciana cerró los ojos y, cuando los abrió, el monstruo ya no estaba. Ella tampoco estaba en su cuarto. Reconoció el lugar: había vuelto a la habitación de su infancia. El monstruo abrió la puerta.
Imagen.
viernes, 6 de mayo de 2011
¿Cuento?: Felipito, Francisquito y Mauricito jugando en el arenero
Posteado por
Ricardo
Ante el anuncio aparentemente inminente de que Mauricio deja la polít... digo, se baja a pelear nuevamente por la CABA, quiero compartir un posteo que subí a Artepolítica allá por setiembre de 2009, cuando todavía no tenía blog.
El 28J estaba muy fresco todavía y parecía que Solá, De Narváez y Macri se comían la cancha, eran el Barcelona y todos los demás Juventud Antoniana o Atlético Conción (sic). Mi impresión por esos días está relatada en el ¿cuentito?. No les veía uñas de guitarrero y el tiempo me dió la razón: los tres, que pintaban para jugar en la liga más grande, se tienen que conformar con bastante menos que lo que podían esperar hace menos de dos años.
Ahí va:
A veces los chicos son crueles.
Recuerdo tener alrededor de 6 o 7 años y estar jugando con otros chicos de mi edad a los autitos y camiones, construyendo caminos e imaginando que éramos los Dukes de Hazzard. Un nene mas chico, tendría 4 años y no más, se acercó y preguntó si el también podía jugar.
- No. Vos sos muy chico para jugar.
Y se fue llorando, acusándonos con su mamá y pidiéndole que interceda para poder jugar con los chicos grandes.
Ahora están los niños Felipe, Francisco y Mauricio jugando en el arenero. Tienen palitas, baldecitos y todo lo que se necesita para armar castillitos pero ven, unos metros más allá, a unos chicos grandes: Néstor, Eduardo y Carlos Alberto, que están jugando a la pelota. Maravillados saltan del arenero, dejando atrás las palitas y sin sacudirse la arena, para tratar de entrar en el partido:
“No vinimos a esta patriada del 28 de junio para restaurar una nueva derecha en la Argentina, sino un modelo peronista de producción”, dijo el niño Felipe primero. Luego, mirando a Francisco, dijo: Es difícil que éstos chicos grandes lo dejen jugar a Mauricio (“Es difícil que el peronismo lo acepte a Macri”).
Me surge una pregunta, mientras los veo parados al lado de la raya, esperando que los vean los chicos grandes: ¿para qué vamos a votar a Sola para llevar adelante un gobierno que continúe los lineamientos generales del Kirchnerismo en lugar de votar al original (Kirchner)? Es como haber votado a De la Rúa para que fuera el Menem blanco. De la Rúa sabia que así ganaba. Chacho Álvarez también lo sabía. Pero no sólo hay que ganar. Luego hay que mantenerse.

Vuelvo de mis elucubraciones y veo que es Felipe el que está pidiéndole a Néstor, Eduardo y Carlos que lo dejen jugar. Unos pasos más atrás miran haciéndose los distraídos Francisco y Mauricio. Ellos no participan pero Francisco le dice a Felipe que, de su parte, les diga a los chicos grandes: “Quiero saludar a través tuyo a todos los compañeros, dirigentes y militantes de la causa nacional y popular”. “Ratifico en estas líneas la voluntad de convertir a Unión-PRO, junto a vos, Felipe, y a Mauricio, en un proyecto con auténtica vocación de poder para transformar la provincia y el país”. Solá dijo que valoraba “la carta de mi compañero de lista”.
Vuelvo a mis pensamientos:
Francisquito aprovechó el cónclave (peronista) para presentarse como peronista. Es su obsesión últimamente. Piensa que así lo van a dejar jugar. ¿No te dijeron ya Eduardito y Néstor que no sos peronista? ¡Andá a jugar con los chicos de la otra cuadra! Los chicos de esta cuadra jugamos entre nosotros, le dijeron.
¿Y hay que dejar pasar que Panchito hable de la causa nacional y popular? ¡Francisquito De Narva Esteuer nacional y popular! ¡Nos falta escuchar a Mauri, el niño Malcriado, decir que la Justicia Social es su horizonte y la independencia económica su más caro anhelo!
Felipito no quiso valorar la carta del “compañerito Francisco”. No dijo tampoco de “su amigo Francisquito”. Ya hasta Felipe lo corre a Francisco y le dice que no es peronista. Y que no es siquiera su amigo. ¡Quizás si los chicos grandes escuchan que Felipito piensa igual que ellos lo dejen jugar!
Un aparte: fue triste y gracioso leer la nota en la que el hincha que gritó 5 goles en el Monumental (la noche en que Maturana le dio un baile al Coco) espera las preguntas pactadas para poder llevar agua a su molino:
Un nene que juega al fútbol en la canchita de la otra cuadra le preguntó a Francis:
- Pero vos, ¿podés jugar al fútbol con esos chicos grandes?
- Tengo derecho a jugar al fútbol y ser delantero, pero mi prioridad es jugar el partido que se juega en la cancha de la Provincia de Buenos Aires.
Volviendo a Felipillo:
¿Cuánta gente apoyó a Felipe en su pedido de entrar en Primera A? ¿Mucha? ¿Eduardito por lo menos? No, ¡pero miren quienes vinieron a jugar con Felipito!:
Martincito Lousteau: a pesar de que Felipe se enojó con él y abandonó la cancha cuando Martincito firmó la 125.
Apoyaron al niño Felipe los siguientes bebés: las diputadas Zulema Daher (Salta), Lorena Rossi (Río Negro) e Irma García (La Pampa). Adhirieron Enrique Thomas (Mendoza), Beatriz Halak (Córdoba) y Julio Arriaga (Río Negro). Gran parte de los 1500 militantes que poblaron el lugar respondían a los dirigentes Juan Carlos Piriz (La Matanza) y a la senadora provincial Esther Barrionuevo.
No apoyaron al niño: Carlos Brown, Jorge Sarghini, Gerónimo Venegas ni Claudita Rucci.
Pienso: Realmente está Solá, Felipito. Sólo tiene el capital de haber sido el segundo de Francisco que ya no quiere ser. 1500 militantes. Un par de diputados y a meterle duro al bombo para que parezca una fiesta grande.
Finalizó Felipito su pedido alzando las banderas revolucionarias, pidiendo un aplauso en homenaje a “los mártires de Trelew” que “si estuvieran vivos, estarían ayudándonos”.
¡Felipe! ¿¡Revolucionario!? ¿¿Felipe?? Un tipo que fue vice de Ruckauf y dijo: “Sí, Ruckauf es un nazi”. ¿Y los mártires de Trelew militando al lado de “Francisco”, “Mauricio” y “Gabriela”?
Realmente tenía razón Solá: “Hay que hacerse el boludo”. Y también tenía razón Aníbal Fernández: “Por un carguito es capaz de traicionar a la madre”.
Al final, por un segundo, me entretuve mirando otro partido en el que jugaban otros chicos: Elisita, Hermesito y Julito Cleto. Pero Néstor se me acercó y me dijo que Cletito no tenía cara de goleador.
Habrá que ver estos partidos por Canal 7.
El 28J estaba muy fresco todavía y parecía que Solá, De Narváez y Macri se comían la cancha, eran el Barcelona y todos los demás Juventud Antoniana o Atlético Conción (sic). Mi impresión por esos días está relatada en el ¿cuentito?. No les veía uñas de guitarrero y el tiempo me dió la razón: los tres, que pintaban para jugar en la liga más grande, se tienen que conformar con bastante menos que lo que podían esperar hace menos de dos años.
Ahí va:
A veces los chicos son crueles.
Recuerdo tener alrededor de 6 o 7 años y estar jugando con otros chicos de mi edad a los autitos y camiones, construyendo caminos e imaginando que éramos los Dukes de Hazzard. Un nene mas chico, tendría 4 años y no más, se acercó y preguntó si el también podía jugar.
- No. Vos sos muy chico para jugar.
Y se fue llorando, acusándonos con su mamá y pidiéndole que interceda para poder jugar con los chicos grandes.
Ahora están los niños Felipe, Francisco y Mauricio jugando en el arenero. Tienen palitas, baldecitos y todo lo que se necesita para armar castillitos pero ven, unos metros más allá, a unos chicos grandes: Néstor, Eduardo y Carlos Alberto, que están jugando a la pelota. Maravillados saltan del arenero, dejando atrás las palitas y sin sacudirse la arena, para tratar de entrar en el partido:
“No vinimos a esta patriada del 28 de junio para restaurar una nueva derecha en la Argentina, sino un modelo peronista de producción”, dijo el niño Felipe primero. Luego, mirando a Francisco, dijo: Es difícil que éstos chicos grandes lo dejen jugar a Mauricio (“Es difícil que el peronismo lo acepte a Macri”).
Me surge una pregunta, mientras los veo parados al lado de la raya, esperando que los vean los chicos grandes: ¿para qué vamos a votar a Sola para llevar adelante un gobierno que continúe los lineamientos generales del Kirchnerismo en lugar de votar al original (Kirchner)? Es como haber votado a De la Rúa para que fuera el Menem blanco. De la Rúa sabia que así ganaba. Chacho Álvarez también lo sabía. Pero no sólo hay que ganar. Luego hay que mantenerse.

Vuelvo de mis elucubraciones y veo que es Felipe el que está pidiéndole a Néstor, Eduardo y Carlos que lo dejen jugar. Unos pasos más atrás miran haciéndose los distraídos Francisco y Mauricio. Ellos no participan pero Francisco le dice a Felipe que, de su parte, les diga a los chicos grandes: “Quiero saludar a través tuyo a todos los compañeros, dirigentes y militantes de la causa nacional y popular”. “Ratifico en estas líneas la voluntad de convertir a Unión-PRO, junto a vos, Felipe, y a Mauricio, en un proyecto con auténtica vocación de poder para transformar la provincia y el país”. Solá dijo que valoraba “la carta de mi compañero de lista”.
Vuelvo a mis pensamientos:
Francisquito aprovechó el cónclave (peronista) para presentarse como peronista. Es su obsesión últimamente. Piensa que así lo van a dejar jugar. ¿No te dijeron ya Eduardito y Néstor que no sos peronista? ¡Andá a jugar con los chicos de la otra cuadra! Los chicos de esta cuadra jugamos entre nosotros, le dijeron.
¿Y hay que dejar pasar que Panchito hable de la causa nacional y popular? ¡Francisquito De Narva Esteuer nacional y popular! ¡Nos falta escuchar a Mauri, el niño Malcriado, decir que la Justicia Social es su horizonte y la independencia económica su más caro anhelo!
Felipito no quiso valorar la carta del “compañerito Francisco”. No dijo tampoco de “su amigo Francisquito”. Ya hasta Felipe lo corre a Francisco y le dice que no es peronista. Y que no es siquiera su amigo. ¡Quizás si los chicos grandes escuchan que Felipito piensa igual que ellos lo dejen jugar!
Un aparte: fue triste y gracioso leer la nota en la que el hincha que gritó 5 goles en el Monumental (la noche en que Maturana le dio un baile al Coco) espera las preguntas pactadas para poder llevar agua a su molino:
Un nene que juega al fútbol en la canchita de la otra cuadra le preguntó a Francis:
- Pero vos, ¿podés jugar al fútbol con esos chicos grandes?
- Tengo derecho a jugar al fútbol y ser delantero, pero mi prioridad es jugar el partido que se juega en la cancha de la Provincia de Buenos Aires.
Volviendo a Felipillo:
¿Cuánta gente apoyó a Felipe en su pedido de entrar en Primera A? ¿Mucha? ¿Eduardito por lo menos? No, ¡pero miren quienes vinieron a jugar con Felipito!:
Martincito Lousteau: a pesar de que Felipe se enojó con él y abandonó la cancha cuando Martincito firmó la 125.
Apoyaron al niño Felipe los siguientes bebés: las diputadas Zulema Daher (Salta), Lorena Rossi (Río Negro) e Irma García (La Pampa). Adhirieron Enrique Thomas (Mendoza), Beatriz Halak (Córdoba) y Julio Arriaga (Río Negro). Gran parte de los 1500 militantes que poblaron el lugar respondían a los dirigentes Juan Carlos Piriz (La Matanza) y a la senadora provincial Esther Barrionuevo.
No apoyaron al niño: Carlos Brown, Jorge Sarghini, Gerónimo Venegas ni Claudita Rucci.
Pienso: Realmente está Solá, Felipito. Sólo tiene el capital de haber sido el segundo de Francisco que ya no quiere ser. 1500 militantes. Un par de diputados y a meterle duro al bombo para que parezca una fiesta grande.
Finalizó Felipito su pedido alzando las banderas revolucionarias, pidiendo un aplauso en homenaje a “los mártires de Trelew” que “si estuvieran vivos, estarían ayudándonos”.
¡Felipe! ¿¡Revolucionario!? ¿¿Felipe?? Un tipo que fue vice de Ruckauf y dijo: “Sí, Ruckauf es un nazi”. ¿Y los mártires de Trelew militando al lado de “Francisco”, “Mauricio” y “Gabriela”?
Realmente tenía razón Solá: “Hay que hacerse el boludo”. Y también tenía razón Aníbal Fernández: “Por un carguito es capaz de traicionar a la madre”.
Al final, por un segundo, me entretuve mirando otro partido en el que jugaban otros chicos: Elisita, Hermesito y Julito Cleto. Pero Néstor se me acercó y me dijo que Cletito no tenía cara de goleador.
Habrá que ver estos partidos por Canal 7.
sábado, 16 de abril de 2011
Miniposteos pretenciosos (medley)
Posteado por
Ricardo

(1). Escuchado en un bar:
- ¿Sabés? Estuve pensando lo que me decías y llegué a una conclusión: la Historia no es cíclica. Es muy borgeano pero no creo que sea así. Estás equivocado en todo lo que pensás.
- ...
- Es así. A ver cómo te jode.
(2). El amor en tiempos de bloguerismo K:
(También escuchado en un bar, dos amigos):
- No sabés, el otro día me dice mi jermu: "Mi vida, vos, que te la pasás escribiendo cosas en tu blog, ¿no podrías alguna vez escribir algo lindo para mí?".
Te imaginarás que a mi juego me habían llamado y comencé a improvisar: "Este amor proletario es el clivaje de nuestra unión anticlasista..." Y me interrumpe la guacha: "Pará, no. Algo más lindo, más poético".
"Ok, a ver..." -le digo yo, mientras pienso unos segundos, y arranco nuevamente-: "No te amo porque odies, como yo, al neoliberalismo expoliador y al grupo Bilderberg sino por ser fiel representante de tu extracción social y porque portás orgullosa, como la abanderada de los descamisados, en tu rostro las marcas que el tiempo de tu destino trazó".
- Che, es muy lindo eso. ¿Le gustó?
- ¿'Tas loco, vos? Me encajó un bife que me dió vuelta la cara mientras me gritaba que más marcas tendrá mi vieja y que soy un pelotudo...
- Uh... ¿Qué te digo siempre? ¿Quién carajo entiende a las mujeres?
(3). El país de la crispación:
(En el súper):
- ¡No puede ser cómo aumentan las cosas! ¡Me tienen harta!
- No se ponga así, señora. Escuche, le recomiendo un par de blogs donde va a poder entender por q...
- ¿Qué carajo son los blogs y que mierda me importa?
- ¡Gorila! ¡Clarinista! ¡Vos sos de La Ese! ¡Andá a chupársela a Magnetto, que Lapegüe es un gil!
(4). Más sobre la pareja de (2):
(Also in a bar. Dos amigas. Una es la esposa del bloguero ultraK):
- El otro día nos peleamos con Jorge. Quería que me diera una excusa para ponerme melosa y saltarle encima y el estúpido me salió con cualquiera.
- ¿Con cualquiera? ¿Cómo?
- No sé... algo del proletariado y el materialismo dialético... Boludeces. Y resulta que a la noche estábamos en el patio y... como para reconciliarnos un poco me hago la romántica y le digo: "Amor, ¿te pusiste a pensar que en algún lugar del planeta, en este mismo momento, hay alguien que sueña mientras mira las estrellas?".
- ¿Y qué te dijo?
- "Claro. Porque tiene la panza llena. No jodamos, Patricia".
- Mestás cargando...
- Te juro.
- (después de unos segundos) Bueh, supongo que no hubo nada de romance para él esa noche...
- Suponés bien. Conclusión: seguí con la política que vas a ponerla el día que los radicales voten por Perón.
- Bien dicho, amiga.
viernes, 1 de abril de 2011
(Microcuento) El diario que ya no puede hacer llover
Posteado por
Ricardo

Juan Baigorri Velar, "el mago de la lluvia" o "el hombre que hacía llover" fue un ingeniero argentino, inventor de una máquina que -aseguraba- provocaba precipitaciones. Cuentan que en una ocasión hizo llover en Santiago del Estero, luego de 16 años de sequía. Cuentan también que le arruinó la siesta a varios. Cuando años después un norteamericano le ofreció dinero por su invención respondió: (fuck you, yanqui del orto. Goujom!) "Soy argentino… Y mi invento es para beneficiar a la Argentina". Un grande.
Como Baigorri Velar antes, y así de grande, hasta no hace mucho existía en la Argentina un diario que -aseguraban- podía también modificar el clima. Nadie quería contradecirlo porque -decían con recelo y en voz baja- con cuatro o cinco tapas negativas modificaba lo que marcaba el barómetro y el agua podía llegarte hasta el cuello. Ese gran diario no era sólo capaz de hacer llover: también podía hacer que brillara el sol para aquel que quisiera seguir sus dictados. Era tal su potencia que podía modificar hasta el clima electoral, vea oiga lo que le digo.
Por esos años, el saber popular tenía una sentencia para dar cuenta de su poder: "nos mean, y los medios dicen que llueve", decían no sin razón. Había -hay algunos todavía- que con esperanza levantaban su cabeza al cielo para beber de esa lluvia que imaginaban purificadora, incapaces de reconocer el sabor amoniacal del orín.
No tan atrás en el tiempo prestó sus servicios a un candidato bastante aburrido. Lo hizo Presidente y lo apoyó porque cumplía sin chistar los mandatos que el diario bajaba. Lamentablemente, luego, tuvo que soltarle la mano: sus lectores perdieron la paciencia y comprensión que el diario, desde sus páginas, pedía. El aburrido voló. Al mismo tiempo, algunos lectores comenzaron a sospechar que eso que decían algunos mayores era cierto: el diario podía modificar el clima, pero sus métodos y tácticas distaban enormemente de ser deportivas.
Llegó, poco después, uno que se dijo bombero y piloto. El gran diario también fue sustento para él, y recibió grandes beneficios a cambio. ¡Por fin volvía a reinar la armonía! Pero he aquí que el bombero/piloto mutó en policía de gatillo fácil y, aunque el diario quiso responsabilizar por los muertos a la crisis, quien era la cabeza del Poder Ejecutivo tuvo que anunciar su retiro anticipado. Apremiaba construir un candidato que siguiera los lineamientos establecidos: alguno vió algo raro, otro no movilizó; finalmente -cosa rara- un pingüino fue ungido delfín.
Mientras el hombre del sur tuvo el respaldo del gran diario, su popularidad opacaba aún a la de aquel barrilete cósmico. Como todo lo que tiene un principio tiene un fin, llegó el momento de la sucesión. El diario, un simple diario, quería que el patagónico fuera reelegido. Éste contradijo al gran diario y al pingüino le siguió una pingüina, emigrada hacía mucho desde la ciudad de las diagonales.
Duró poco ese amor. Como era su costumbre y como su poder se lo permitía, el diario modificó el clima. Subió la presión atmosférica, cesó el viento helado que llegaba desde el sur y, como en la Biblia, el diluvio duró más de tres meses. Ahora los nuevos héroes nacionales eran hombres de alpargatas, bombacha, pañuelo en cuello y al frente de cuatroporcuatros. Los sensores climáticos registraron una alta carga de potenciales eléctricos. Aunque los truenos, rayos y centellas surcaron la atmósfera, la pingüina no se avenía a claudicar. Como nunca antes nadie, presentó pelea. Los editores del diario se miraron entre ellos, extrañados. ¿Qué hace esta loca? -se preguntaron- ¡Andá a comprarte zapatos y carteras, mamita! -le dijeron. Muchos hicieron los coros de esa canción, que fue el hit del verano/otoño/invierno de 2008. Algún despistado aún la tararea de vez en cuando.
La pingüina, junto al resto del pingüinaje, denunció el accionar del diario controlador del clima. Usó la vía legislativa pero lo más importante, lo fundamental, fue que puso -a quienes soportaban las inclemencias del tiempo- a debatir sobre la necesidad o no de las lluvias provocadas, sobre la conveniencia o no de los rayos y truenos creados por ese gran diario. Convirtió, de esa manera, al clima en una cuestión de interés general.
El diario no se resignó. No sería propio de él hacerlo. Invirtió en otros candidatos. Al principio apostó por uno muy Bobos; luego abrió el abanico, a la espera de que alguno se desmarcara del pelotón. Intentó con el candidato que había visto algo raro, puso de su bolsillo para el bombero/piloto, protegió siempre a los hijos de sus papás, Little Richard y el Bostero, y también a un nieto que -convengamos- viene de una familia muy rara, ya que vivían de la Casa (de su) Tía que era, en realidad, propiedad de su abuelo.
Llegamos así hasta nuestros días. El diario es todavía capaz de provocar chaparrones aislados pero carece de esa potencia de antaño. Se encuentra, además, algo desorientado. Se debate entre seguir apoyando a candidatos perdedores o disparar hacia el interior de la pingüinera que lo emasculó. En mejores tiempos una tapa en blanco hubiera significado la última tapa de alguien. Hoy son muchos los que saben que cuando los medios dicen que nos mean puede tratarse, en realidad, de una llovizna.
El diario, en algún momento del camino, extravió la máquina del mago de Villa Luro. Baigorri Velar vuelve a ser el único capaz de modificar el clima. El gran diario perdió esa habilidad y, lo más triste para él, es que lo sabe.
Esta historia aún continúa...
viernes, 3 de diciembre de 2010
Cuento: Historia en un Café de la ruta
Posteado por
Ricardo
Hay muchas historias para contar pero pocas como ésta. Me la relataron un domingo a la mañana, en un bar sobre la ruta a las afueras de un pueblito polvoriento, adonde me senté a tomar un café.
Yo volvía desde Rosario. Había viajado para dar una charla sobre la labor que realizaba en una pequeña localidad al sur de Santiago del Estero en cuanto a involucrar a la comunidad en prevención primaria de enfermedades prevalentes. A pesar de mi deseo de llegar cuanto antes a casa para poder ver a River esa tarde, haciendo caso al cansancio del cuerpo decidí detenerme para recargar energías con un desayuno.
Mordía la primera tortilla cuando me sorprendió un señor canoso, flaco, con una barba de días y cara de haber visto mucho, que corría la silla frente a mí y se sentaba a mi mesa.
Lo miré perplejo. Me dijo no se asuste, amigo. Le quiero contar una historia, si puedo robarle cinco minutos de su tiempo.
Logré procesar la información, salir de mi extrañeza y asentir con un movimiento de cabeza.
Le agradezco, caballero –me dijo– y se presentó como Manuel Caseros para servirme a mí. Lo que voy a contarle tal vez le parezca sin importancia –continuó– pero a lo mejor le interese y, creyendo esto último, es que siempre que encuentro a alguien como usted, que no es del pueblo y tiene cara de buen “escuchador” –me dijo haciendo las comillas con sus manos– la cuento.
Caseros le hizo señas al mozo por un cortado, encendió una pipa que sacó de su saco y comenzó su relato:
–Hace muchos años, cuando todavía pasaba el tren y la gente trabajaba en el ferrocarril, éste era un pueblo pujante, laburador. Muchas familias jóvenes venían a vivir aquí con la esperanza de un futuro mejor para ellos y sus hijos. ¡Era de lindo, viera usted, ver a los chicos corriendo por la plaza! Daba gusto.
Yo nací acá y acá me quedé. Aquí tengo todo: mi familia, mis amigos, mis lugares. Pero no le quiero robar toda la mañana, don; vamos a la historia.
Resulta que hace una pilada de años se acercaban las elecciones para intendente y eran varios los candidatos. Gente de lo más educada y rufianes, que los hay y en todos lados. En ese momento no era como ahora y a una elección se le daba el valor que tiene. ¡Imagínese usted! Los momentos más importantes del pueblo eran las fiestas de fin de año, el carnaval y las elecciones, cuando tocaban.
Algunos candidatos recorrían las calles en camionetas y, adonde veían mucha gente reunida, paraban y discurseaban lindo. Otros imprimían volantes y los repartían. Uno puso un pasacalles con su nombre seguido de la palabra Intendente y pensó que sería suficiente. Cada cuál con sus ideas, ¿no? Casi que se trataba de remedar el folclore político de ciudades más grandes, porque acá nos conocemos todos, vea.
En fin, faltaba poco para la votación y a la gente de la radio local se le ocurre una idea: armar un debate entre todos los candidatos. Todos confirmaron su presencia gustosos.
El domingo siguiente, en la cancha de básquet del club local, que mire, queda acá a dos cuadras nomás, armaron un escenario y pusieron muchas sillas . A mediodía eso estaba lleno. ¡Pero lleno! Hasta los chicos habían ido... ¡A corretear y jugar, claro, no creerá que a escuchar a los candidatos!
Primero habló un amigo mío, candidato del radicalismo, que prometía y prometía. Que una escuela, un canal, que la plaza esto, que lo otro, ¡viera usted! –el viejo hizo una pausa y sonrió para sí–. Mire, me acuerdo que escuché a una señora, ¡como si hubiera sido ayer!, que le decía a otra por lo bajo: “¿Vio? Como todos los hombres: promete, promete, hasta que te la mete... una vez metido, nada prometido”. ¡Cómo me reí! –rememoró entre carcajadas llenas de humo–.
Luego subió el candidato que trabajaba en el sindicato de obreros de la construcción, recuerdo. Habló poco. Más que nada de mejorar las condiciones de sus representados. Fue muy aplaudido por sus compañeros. No faltó el bombo que acompañara esos aplausos.
Así pasaron dos candidatos más y todos recibieron sus aplausos y sus felicitaciones al bajar del escenario. Gente muy respetuosa era la de este pueblo. Ya son los menos.
Subió el último candidato –dijo, e hizo una pausa–. Se tomó un minuto para mirar cada una de las caras de los que esperaban su discurso. Caras de vecinos, de compañeros de trabajo, de conocidos, ¡en fin!, de tanta gente ahí.
Y luego habló.
Habló con el corazón abierto, vea. Habló con pasión y dijo su verdad. Esa verdad a la que honraba porque su padre le había enseñado que era preferible decirla aunque a veces causara dolor. Contó de sus planes y de lo poco que iba a hacer en comparación a lo que habían dicho sus rivales. Les explicó que no prometía escuelas, puentes y barrios porque no iba a poder realizarlos. Que iba a intentar hacer algunas pocas cosas como alumbrado, cloacas y agua potable para los barrios más humildes, pero que todo iba a llevar su tiempo.
Les dijo que él creía en prometer sólo lo posible.
Habló de levantar un par de aulas por año en la escuela. Habló de reparar los techos del Mercado de Abasto, de mantener las plazas y de darle una mano a la gente más necesitada.
Terminó diciendo, recuerdo las palabras textuales: “¡No es en un día en que se puede cambiar lo que lleva años realizar!”. Agradeció la presencia, la paciencia y esperó su aplauso, como los anteriores oradores.
Nadie lo aplaudió, ¿sabe? ¡Nadie! Creo que hasta los chicos dejaron de corretear y miraron hacia el escenario, extrañados de que no se escuchara ningún aplauso ni gritos de viva al callarse quien hablaba por el micrófono.
El candidato no supo que hacer. ¡Se quedó como estatua ahí parado, pobre! No sabía si seguir hablando para buscar algunos aplausos, si levantar las manos para arengar al público; en fin, tartamudeó un gracias más, se bajó y se sentó al lado de sus contrincantes. Su amigo, el candidato radical, lo palmeó en la espalda.
Luego de pagar por el café y despedirme de este hombre subí a mi auto y tomé nuevamente la ruta.
Recién al salir del pueblo y mirar el paisaje de campos que se extendían hasta el horizonte retumbaron en mi cabeza las últimas palabras de Manuel Caseros:
–¡En esas elecciones no saqué ni un voto! ¡Ni uno! ¿Puede creerlo? ¡Debe ser un caso único en el mundo! –decía y se reía–. Mi familia me había adelantado que no votarían por mí así podría saber cuánta gente me apoyaba en verdad. Yo, por pudor, no pude votar por mí mismo y voté a mi amigo, el radical. ¡Cero voto saqué en esa! ¿Puede creerlo? –repitió–. Es el día de hoy que no puedo creerlo todavía.
Luego me contó que en las elecciones siguientes prometió hasta un estadio de fútbol y ganó.
* Escrito el 17 de junio de 2009
Yo volvía desde Rosario. Había viajado para dar una charla sobre la labor que realizaba en una pequeña localidad al sur de Santiago del Estero en cuanto a involucrar a la comunidad en prevención primaria de enfermedades prevalentes. A pesar de mi deseo de llegar cuanto antes a casa para poder ver a River esa tarde, haciendo caso al cansancio del cuerpo decidí detenerme para recargar energías con un desayuno.
Mordía la primera tortilla cuando me sorprendió un señor canoso, flaco, con una barba de días y cara de haber visto mucho, que corría la silla frente a mí y se sentaba a mi mesa.
Lo miré perplejo. Me dijo no se asuste, amigo. Le quiero contar una historia, si puedo robarle cinco minutos de su tiempo.
Logré procesar la información, salir de mi extrañeza y asentir con un movimiento de cabeza.
Le agradezco, caballero –me dijo– y se presentó como Manuel Caseros para servirme a mí. Lo que voy a contarle tal vez le parezca sin importancia –continuó– pero a lo mejor le interese y, creyendo esto último, es que siempre que encuentro a alguien como usted, que no es del pueblo y tiene cara de buen “escuchador” –me dijo haciendo las comillas con sus manos– la cuento.
Caseros le hizo señas al mozo por un cortado, encendió una pipa que sacó de su saco y comenzó su relato:
–Hace muchos años, cuando todavía pasaba el tren y la gente trabajaba en el ferrocarril, éste era un pueblo pujante, laburador. Muchas familias jóvenes venían a vivir aquí con la esperanza de un futuro mejor para ellos y sus hijos. ¡Era de lindo, viera usted, ver a los chicos corriendo por la plaza! Daba gusto.
Yo nací acá y acá me quedé. Aquí tengo todo: mi familia, mis amigos, mis lugares. Pero no le quiero robar toda la mañana, don; vamos a la historia.
Resulta que hace una pilada de años se acercaban las elecciones para intendente y eran varios los candidatos. Gente de lo más educada y rufianes, que los hay y en todos lados. En ese momento no era como ahora y a una elección se le daba el valor que tiene. ¡Imagínese usted! Los momentos más importantes del pueblo eran las fiestas de fin de año, el carnaval y las elecciones, cuando tocaban.
Algunos candidatos recorrían las calles en camionetas y, adonde veían mucha gente reunida, paraban y discurseaban lindo. Otros imprimían volantes y los repartían. Uno puso un pasacalles con su nombre seguido de la palabra Intendente y pensó que sería suficiente. Cada cuál con sus ideas, ¿no? Casi que se trataba de remedar el folclore político de ciudades más grandes, porque acá nos conocemos todos, vea.
En fin, faltaba poco para la votación y a la gente de la radio local se le ocurre una idea: armar un debate entre todos los candidatos. Todos confirmaron su presencia gustosos.
El domingo siguiente, en la cancha de básquet del club local, que mire, queda acá a dos cuadras nomás, armaron un escenario y pusieron muchas sillas . A mediodía eso estaba lleno. ¡Pero lleno! Hasta los chicos habían ido... ¡A corretear y jugar, claro, no creerá que a escuchar a los candidatos!
Primero habló un amigo mío, candidato del radicalismo, que prometía y prometía. Que una escuela, un canal, que la plaza esto, que lo otro, ¡viera usted! –el viejo hizo una pausa y sonrió para sí–. Mire, me acuerdo que escuché a una señora, ¡como si hubiera sido ayer!, que le decía a otra por lo bajo: “¿Vio? Como todos los hombres: promete, promete, hasta que te la mete... una vez metido, nada prometido”. ¡Cómo me reí! –rememoró entre carcajadas llenas de humo–.
Luego subió el candidato que trabajaba en el sindicato de obreros de la construcción, recuerdo. Habló poco. Más que nada de mejorar las condiciones de sus representados. Fue muy aplaudido por sus compañeros. No faltó el bombo que acompañara esos aplausos.
Así pasaron dos candidatos más y todos recibieron sus aplausos y sus felicitaciones al bajar del escenario. Gente muy respetuosa era la de este pueblo. Ya son los menos.
Subió el último candidato –dijo, e hizo una pausa–. Se tomó un minuto para mirar cada una de las caras de los que esperaban su discurso. Caras de vecinos, de compañeros de trabajo, de conocidos, ¡en fin!, de tanta gente ahí.
Y luego habló.
Habló con el corazón abierto, vea. Habló con pasión y dijo su verdad. Esa verdad a la que honraba porque su padre le había enseñado que era preferible decirla aunque a veces causara dolor. Contó de sus planes y de lo poco que iba a hacer en comparación a lo que habían dicho sus rivales. Les explicó que no prometía escuelas, puentes y barrios porque no iba a poder realizarlos. Que iba a intentar hacer algunas pocas cosas como alumbrado, cloacas y agua potable para los barrios más humildes, pero que todo iba a llevar su tiempo.
Les dijo que él creía en prometer sólo lo posible.
Habló de levantar un par de aulas por año en la escuela. Habló de reparar los techos del Mercado de Abasto, de mantener las plazas y de darle una mano a la gente más necesitada.
Terminó diciendo, recuerdo las palabras textuales: “¡No es en un día en que se puede cambiar lo que lleva años realizar!”. Agradeció la presencia, la paciencia y esperó su aplauso, como los anteriores oradores.
Nadie lo aplaudió, ¿sabe? ¡Nadie! Creo que hasta los chicos dejaron de corretear y miraron hacia el escenario, extrañados de que no se escuchara ningún aplauso ni gritos de viva al callarse quien hablaba por el micrófono.
El candidato no supo que hacer. ¡Se quedó como estatua ahí parado, pobre! No sabía si seguir hablando para buscar algunos aplausos, si levantar las manos para arengar al público; en fin, tartamudeó un gracias más, se bajó y se sentó al lado de sus contrincantes. Su amigo, el candidato radical, lo palmeó en la espalda.
Luego de pagar por el café y despedirme de este hombre subí a mi auto y tomé nuevamente la ruta.
Recién al salir del pueblo y mirar el paisaje de campos que se extendían hasta el horizonte retumbaron en mi cabeza las últimas palabras de Manuel Caseros:
–¡En esas elecciones no saqué ni un voto! ¡Ni uno! ¿Puede creerlo? ¡Debe ser un caso único en el mundo! –decía y se reía–. Mi familia me había adelantado que no votarían por mí así podría saber cuánta gente me apoyaba en verdad. Yo, por pudor, no pude votar por mí mismo y voté a mi amigo, el radical. ¡Cero voto saqué en esa! ¿Puede creerlo? –repitió–. Es el día de hoy que no puedo creerlo todavía.
Luego me contó que en las elecciones siguientes prometió hasta un estadio de fútbol y ganó.
* Escrito el 17 de junio de 2009
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