
Para situar la nota, Fernández Díaz, podría haber apelado (en lugar de kirchneristas vs. antikirchneristas) a luchas anteriores: saavedristas vs. morenistas, unitarios vs. federales, conservadores vs. radicales, personalistas vs. antipersonalistas o, en definitiva, a ese eslogan sarmientino: civilización vs. barbarie. Porque la dicotomía es, a la manera del peronismo y según Feinmann, una persistencia en nuestra historia, una pelea que no termina nunca entre quienes quieren que Argentina sea para pocos y amoldada a intereses concentrados y quienes tiene una mirada más nacional y desarrollista.
Se olvida de mencionar, además, que esa construcción, el antikirchnerismo, es de autoría mediática; no una decantación de la realidad sino una simplificación buscada por los grandes medios opositores cuando vieron afectados sus intereses. Decir así, entonces, que alguien es antikirchnerista, como si fuera esa una identidad política, es un insulto y una denigración.
La nota de Raquel San Martín, "La Batalla por...", dice en su bajada:
...para algunos, el Gobierno impulsa un intento programáticamente articulado, ya no de imponer su verdad sino de conquistar con ella a la opinión pública, plantándose en la mesa de cada día como el único alimento intelectual que vale la pena. En pleno año electoral, una pregunta clave: ¿podría esa influencia tener efectos sobre las urnas en octubre?
Llega tarde. Y hasta se equivoca cuando coloca a las elecciones de octubre como finalidad de esa influencia. Llega tarde porque la batalla, en gran medida, ya fue ganada por el oficialismo. Coincido en esto con Omix, que es quien viene predicando en favor de deponer lo cultural para avanzar hacia otras cuestiones. Convengamos: la batalla cultural no termina nunca pero llegan momentos en los que, como ahora, los valores llevados adelante por el kirchnerismo han calado de manera importante y en forma transversal dentro de la sociedad. El gobierno lo interpreta así, además: la pelea por colocar representantes en los directorios de las empresas en las que el Estado, y por ende todos nosotros, es y somos socios no es una pelea cultural sino que es un paso adelante en ese debate. Va más allá. Sin la batalla cultural no hubiera sido posible -directamente- discutir la cuestión.
Causal y no casualmente porque la batalla cultural ya fue librada con victorias importantes para el pensamiento nacional y popular es que el Estado puede decir hoy "señores de AEA, allí donde tengamos acciones queremos tener representación", devolviéndole al Estado el status que puede tener cualquier persona jurídica: la capacidad de accionar dentro de la economía. No es sólo octubre el objetivo, a ver si lo entienden, porque arribar al debate y contentarse con describir las dicotomías es, sí, la verdadera estupidez argentina.








